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Episodio número ciento ochenta y seis, la gran crisis española de mi generación. Es junio del año dos mil seis y este verano Álvaro tiene que tomar una decisión importante sobre su futuro. Acaba de hacer selectividad, el examen de acceso a la universidad, pero no tiene claro si ese es el camino que va a seguir. Ve que su hermana Clara, seis años mayor y una estudiante sobresaliente, excelente, igual que él, se licenció hace un par de años y desde entonces lo único que ha conseguido ha sido hacer prácticas en un par de empresas sin apenas remuneración económica. Como becaria, personal en prácticas, lo único que le dan es algo de dinero que le da para pagarse el abono de transporte desde la zona tres donde vive al centro de la ciudad, un par de libros o un par de CDs y poco más.

Por cierto, estudiante, antes de continuar con la historia, si quieres la transcripción o las flashcards de vocabulario de este episodio, solo tienes que ir a la página web, Spanish Launch Coach.com, y obtenerlas de forma gratuita. Álvaro conoce bien la realidad de los recién licenciados en España porque vive con una, Clara, sigue viviendo en casa de sus padres. ¿Cómo se iba a independizar? Si su pequeña remuneración de becaria no le da ni para pipas. Las semillas, las pipas de girasol, son muy baratas, si decimos que no nos da ni para pipas es que tenemos muy poco dinero.

Además, a Álvaro le da rabia, le molesta ver que ella se siente afortunada porque al menos, como dice ella, está trabajando de lo suyo, de lo que ha estudiado. Álvaro está haciendo la maleta para seguir con esa tradición que dicta que después de hacer selectividad, ese examen de acceso del que hemos hablado, los jóvenes se van a pasar unos días a la costa, aunque esto está empezando a cambiar un poco. En el grupo de Álvaro son tres los que se van de viaje, pero solo él ha hecho el examen. Pepe ha estudiado hasta los dieciocho, pero ha decidido ya que no va a continuar estudiando, va a irse a trabajar con su padre, que es fontanero o plomero en algunos países de Hispanoamérica. El otro amigo, Rafa, dejó de estudiar hace un par de años ya.

La edad obligatoria hasta la que se estudia en España son los dieciséis, y él tenía claro que se iba a trabajar a la obra igual que su hermano mayor. Trabajar en la obra es trabajar construyendo casas, edificios. En la obra se trabaja de albañil principalmente, pero también trabajan electricistas, fontaneros y otros profesionales manuales. Rafa dejó el instituto porque no era un buen estudiante y además veía que su hermano mayor ganaba mucho dinero. Con veinticinco años, el banco ya le había dado la hipoteca para un pisazo, un apartamento increíble, y tenía un BMW y una moto muy chula.

A su hermano, trabajar en la hora le había permitido tener un sueldo mayor que el de su padre, que trabajaba de panadero, y dos o tres veces mayor que el de algunos licenciados universitarios. Volviendo a los chicos, Álvaro, nuestro nuestro protagonista, estaba entusiasmado con su viaje a Salou, en la Costa Blanca. Había estado ahorrando algo de su paga mensual, con la que sus padres le ayudaban, y Pepe había hecho alguna chapuza, algún trabajillo con su padre como fontanero y había ganado algo de dinero para el viaje y también estaba muy ilusionado. Era el primer viaje sin sus padres. Sin embargo, a Rafa le fastidio un poco tener que ir de vacaciones a Salou.

A él le apetecía mucho más viajar a las Canarias y tomar un avión. Nunca había viajado en avión y quería vivir la experiencia. Se había criado en un ambiente muy humilde, pero él tenía ambición, iba a tener mucho dinero. Estaba a punto de cumplir los dieciocho años y ya sabía qué BMW se iba a comprar cuando tuviera la edad legal para conducir dentro de unos meses. En España la edad legal para conducir es de dieciocho años.

O sea, que tenemos de camino a Pepe decidido a dejar de estudiar, a Rafa, que llevaba ya un par de años trabajando en la construcción, y a Álvaro, que tenía que tomar la decisión. Pasaron unos meses y esas navidades, la familia de Álvaro se reunió como todos los años para disfrutar de las fiestas. Bueno, disfrutar entre comillas porque a veces las reuniones familiares no son tan agradables como deberían. El padre de Álvaro puso al día a todos explicándoles orgulloso que su hijo finalmente había empezado la carrera de derecho porque quería ser abogado. Como era de esperar, el tío de Álvaro dio su opinión.

Consideraba que eso de seguir estudiando era una pérdida de tiempo. Álvaro tenía que ponerse a trabajar ya. ¿Qué era eso de estar viviendo a la sopa boba en casa de sus padres cuatro años más? Por cierto, vivir a la sopa boba es vivir sin trabajar o a expensas, a costa, de otra persona. Y es que el tío de Álvaro siempre había sido un fanfarrón, y desde que había dejado el taller mecánico, hacía unos tres años para ponerse a trabajar en la obra, en la construcción, porque se ganaba más dinero, ya no había quien lo aguantara, era insoportable.

Con su nuevo y flamante sueldo se había comprado un Mercedes para él, le había regalado un cuatro por cuatro a su mujer y además acababa de firmar la escritura de un apartamento en la playa, porque con el salario de su mujer y el suyo podía hacer frente a la hipoteca del piso donde vivían y a la del apartamento de la playa. Estas cosas hicieron pensar a Álvaro. Él estaba contento en sus primeros meses de universidad, pero ver la opulencia de su tío y la de sus amigos le hacían pensar que su decisión no era la mejor desde el punto de vista económico y no podía evitar sentirse un poco frustrado. Sabía que la obra se ganaba bien, pero le sorprendía que tan bien. La verdad es que el sueldo de un albañil era mayor que el de un economista o profesor de instituto, pero él siempre había sido un buen estudiante y no quería desaprovechar la oportunidad de seguir estudiando.

El tiempo pasó, Álvaro acababa de celebrar el pase de Ecuador de derecho, el pase de Ecuador es una fiesta que se hace a mitad de la carrera universitaria, y aunque seguía teniendo trato con sus amigos, Peppi y Rafa, su vida de estudiante, que trabajaba los fines de semana para tener dinero para sus gastos no le permitía tener mucho tiempo y su relación no era tan cercana. Una tarde de octubre quedaron y le sorprendió ver que sus amigos ya estaban dando la entrada, el depósito para comprar un piso. El banco les había concedido una hipoteca a treinta y cinco años e iban a ser vecinos de la misma urbanización a tres cuartos de hora de la ciudad. Iba a tener de todo, piscina, pista de pádel y dos plazas de garaje cada uno. Mientras tanto, Álvaro seguía viviendo con sus padres en su pequeña habitación.

¿Sería verdad que estaba haciendo el tonto estudiando? Hola estudiante, la historia de Álvaro podría haber sido la situación de cualquier joven de su edad durante los primeros años de este milenio en España. Para resumirte un poco el contexto te explicaré que hubo unas tramas de corrupción política en España que llevaron a que se construyera muchísimo, principalmente casas, pero también otro tipo de infraestructuras y obra pública. Había mucho trabajo para albañiles, fontaneros, electricistas y otros profesionales manuales, y ganaban mucho dinero. Se creó una burbuja inmobiliaria y una burbuja de los salarios de las personas que trabajaban en la industria de la construcción.

Todo esto llevó a que jóvenes como Peppi y Rafa, y no tan jóvenes como el tío de Álvaro, planearan su futuro basándose en una burbuja que duró varios años y enriqueció a muchos pero que acabó explotando, como todas las burbujas. Esto, como comprenderás, tuvo consecuencias negativas, pero lo cierto es que también, también dio lugar a situaciones sorprendentes. Te voy a explicar algunas que son para echarse las manos a la cabeza. Por ejemplo, se construyeron aeropuertos en los que no despegaban ni aterrizaban aviones. España tiene cincuenta y dos provincias y casi el mismo número de aeropuertos.

Tiene sentido que ciudades muy pobladas o con mucho movimiento tengan el suyo, pero en España, por sus dimensiones, moverse en tren es más eficiente y barato. Te voy a contar concretamente los casos de los aeropuertos de Castellón y Huesca. En dos mil once, durante la inauguración del aeropuerto de Castellón, el responsable político Carlos Fabra dijo lo siguiente. Dicen que estamos locos por inaugurar un aeropuerto sin aviones, pero no han entendido nada. Este es un aeropuerto para las personas, y concluyó diciendo, caminar por las pistas de aterrizaje es algo que evidentemente no podría hacerse si fueran a despegar o aterrizar aviones.

¿Es o no para echarse las manos a la cabeza estudiante? Por cierto, a este aeropuerto se le llama también el aeropuerto del abuelo, porque durante esa misma inauguración Carlos Fabra, el político de las declaraciones anteriores, era un un señor mayor, le preguntó a su nieto, ¿te gusta el aeropuerto del abuelo? El aeropuerto del abuelo pagado con dinero público, menudo caradura. Está bastante claro que construir ese aeropuerto respondía más a una ambición personal que a cualquier otra cosa. Además, el político encargó una escultura gigante para la entrada del aeropuerto, el hombre avión, que está inspirada en mismo, el aeropuerto para las personas y la escultura, fenomenal.

El New York Times consideró en un artículo de dos mil doce a este aeropuerto como el paradigma de la corrupción política y la burbuja inmobiliaria. que te tengo que aclarar que la situación del aeropuerto ha cambiado y ese aeropuerto que recibe aviones hoy en día, aunque se trata de un volumen muy modesto de viajeros. Pero todavía es más modesto el número de viajeros que recibe el aeropuerto de Huesca, el otro del que vamos a hablar. Se inauguró en dos mil siete y en la actualidad recibe menos de doscientos viajeros al año. Este aeropuerto forma parte de la red pública, o sea, que se costea con los impuestos, pero en la actualidad solo recibe unos pocos vuelos privados, tal vez de personas que van a esquiar a los Pirineos.

Así que un aeropuerto para pasear y otro para quince viajeros al mes. Pero el despilfarro, el malgastar el dinero, no paró solo con la construcción de aeropuertos innecesarios y poco útiles, sino también se construyeron viviendas como churros, como churros quiere decir en gran cantidad, casi sin límite. De los aeropuertos sin aviones pasamos a las ciudades sin gente, las ciudades fantasma. Si te hablo de una ciudad fantasma, ¿qué te viene a la cabeza? ¿Tal vez una ciudad del lejano oeste habitada antes y que ha sido abandonada?

¿Tal vez cerraron las minas y los habitantes se mudaron a otros lugares más prósperos? Pues las ciudades fantasma que surgieron de la burbuja inmobiliaria no son exactamente lo mismo. Son macro urbanizaciones nuevas, nuevas ciudades, creadas de la nada en las que apenas viva gente, miles de nuevos pisos vacíos y cientos a medio construir. Son famosas las de Valdeluz o Seseña. Pero, ¿por qué se construyeron tantas viviendas en lugares en los que nadie quería vivir?

Pues no ocurrió de la noche a la mañana, ya en mil novecientos noventa y ocho se aprobó una ley, la ley del suelo, que facilitó la transformación del suelo no urbanizable, zonas en las que no se podía construir, en suelo urbanizable, en el que se podía construir. Ese suelo en las zonas periféricas de las ciudades era abundante y barato, y fue la clave del negocio para construir megaproyectos a las afueras de ciudades como Madrid o Valencia. Esos proyectos, lo cierto, es que no respondían a la necesidad real, sino a la avaricia de los constructores y las instituciones que facilitaron su construcción. ¿Y por qué las instituciones públicas lo facilitaban? Bueno, pues porque muchos representantes políticos recibían sobres con dinero por debajo de la mesa o grandes regalos para ellos y sus familias.

Curiosamente, la corrupción política no entiende de partidos ni de ideología, derecha o izquierda, políticos y políticas de los dos principales partidos cometieron delitos de este tipo. En esto no hay polarización en España. El tipo de viviendas que ofrecían resultaba atractivo a una parte de la población. Valdeluz o Seseña se sitúan más o menos a una hora de Madrid, en zonas con fácil comunicación con Madrid y prometían grandes viviendas de alta calidad en una zona tranquila a precios más bajos que la gran ciudad. Unos y otros hicieron que pareciera una buena idea crear ciudades desde cero.

Fue un trabajo en cadena, los constructores, que hacían negocio vendiendo los nuevos pisos, los ayuntamientos, que también hacían negocio vendiendo el suelo, los compradores entusiasmados, como Rafa o Pepe, por tener un pisazo no muy lejos de Madrid, y los bancos, porque para comprar una vivienda hace falta dinero. Recuerdas a Pepe o Rafa ¿no? Los amigos de Álvaro que estaban ya comprando su primer piso, pues pudieron conseguir un crédito hipotecario, una hipoteca, para tener un piso allí, en una urbanización con piscina y pista de pádel. Esto es otro de los factores que contribuyó a una falsa sensación de prosperidad. Personas como el tío de Álvaro o Peppi y Rafa, sus amigos, que no tenían ahorros pero buenos salarios, como albañiles o fontaneros, conseguían créditos de muchos cientos de miles de euros.

Aunque eran hipotecas de alto riesgo, los bancos las concedían y no solo daban la hipoteca para el apartamento en la playa o un piso, sino para los muebles y para un coche nuevo, y todo en una sola visita a la sucursal bancaria. Pero todo saltó por los aires con la crisis de dos mil ocho, la burbuja estalló, las nuevas viviendas construidas no se vendían y eso hacía que se construyera menos e incluso que algunas se quedaran a medio construir. El trabajo en la obra había llegado a su fin. Pepe, Rafa y el tío se quedaron en paro, estaban desempleados, no había trabajo en la construcción y muchas familias vivían de este sector. Pepe y Rafa tenían derecho al paro, al subsidio de desempleo durante dos años, pero claro, era mucho menor que su sueldo, así que cada uno tuvo que volver a casa de sus padres porque o pagaban la hipoteca o comían, así que se quedaron sin sueños de independencia, con un piso y dos plazas de garaje, con una gran deuda y sin educación superior, porque lo habían dejado todo para trabajar en la construcción.

El caso del tío fue una pesadilla con dos hipotecas, tuvo que vender el Mercedes y el cuatro por cuatro y volver a trabajar en el taller mecánico por un tercio del salario de la obra. No le daba para pagar la hipoteca del apartamento, de la playa y se lo embargaron, pero durante los primeros años tuvo que seguir pagando la hipoteca. Esto fue muy común durante los primeros años post crisis. Los bancos embargaban, se quedaban con los pisos de aquellos dueños que no podían hacer frente a las hipotecas, pero estas personas tenían que seguir pagando las deudas. Imagínate esas familias que se quedaban sin piso porque no podían pagar la hipoteca, sin dinero y sin casa.

Esto hizo que muchas familias dependieran de los abuelos. La situación se volvió insostenible y esto hizo que con los años se aprobara para algunos casos la dación en pago, es decir, que una vez que el banco se quedaba con la vivienda, la deuda se cancelaba. Y tal vez te preguntarás, ¿qué fue de Álvaro? Pues no lo porque solo es una historia inventada para ilustrar lo que pasó, pero quizás un buen final sería que él fue uno de los abogados que luchó por conseguir la dación en pago para tantos miles de familias hipotecadas afectadas por la crisis. La gran crisis española de mi generación no solo fue un fenómeno económico, sino también una burbuja de expectativas e ilusiones.

Durante esos años, muchas decisiones individuales se vieron condicionadas por una ilusión colectiva de prosperidad sin fin, ilimitada. Todos nos olvidamos de que lo que fácil viene, fácil se va. La promesa de éxito rápido y acceso a bienes materiales, como coches de lujo y viviendas, se convirtió en una narrativa social que impulsó a muchas personas a tomar decisiones con mucho riesgo, basadas más en la presión social y en la percepción de quedarse atrás que en una verdadera planificación financiera. Una narrativa construida por la avaricia de constructores, políticos corruptos y bancos irresponsables. Espero que hayas podido aprender un poquito más de la historia reciente de España con este episodio estudiante.

Si ha sido así, hazme el pequeño favor de seguir el podcast y valorarlo con unas estrellas o un comentario si no lo has hecho todavía. Mil gracias, te espero en el próximo episodio, un abrazo grande.

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Episode: E186 La gran CRISIS española (de mi generación) - Intermediate Spanish Podcast