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Es Sorraumbulante, soy Daniel Alarcón. Mil novecientos noventa, Ciudad de México. Claudia Gaona era estudiante en una universidad al norte de la ciudad cuando, en el quinto semestre, su grupo fue transferido al turno de la tarde. Tenía veinte años y estaba nerviosa. Se sentó en la parte de atrás del salón y estaba hablando con una amiga cuando vio entrar a un chico.

Alto, delgado, unas pilernotas de futbolista.

El cabello un poco ondulado, vestido a la moda de la época, con pantalones de pliegues y una camiseta de cuello redondo.

Camino con mucha seguridad en frente del salón, así como luciéndose como artista, muy coqueto, muy galán, y saludó a todas así, ah, bueno, corazón, hola, amor. Y yo dije, ¿y este tipo qué se cree, no?

Se llamaba Jorge Moreno. De inmediato, Claudio se dio cuenta de su popularidad. Saludaba a todos, repartía abrazos con algunas compañeras, se le veía contento, él también lo recuerda así, siempre le gustaba esos primeros días de clase. Aquí, Jorge.

Cada que había un ingreso en semesio, pues estabas con esa tentación de conocer qué muchachas guapas llegaba, ¿no?

Al verla, Jorge reconoció a Claudia.

Yo ya la había visto y no un desayuno, que hicieron tanto matutino matutino como vespertino, y se me hizo una chava muy guapa, pero hasta

ahí. Después de esa primera clase, él y algunos de sus compañeros se reunieron afuera del salón para fumar. Claudia y su amiga se acercaron y le pidieron un cigarrillo. Jorge, el único de su grupo que no fumaba, les consiguió uno con un amigo, y ahí comenzaron a conversar. Primero de cosas de la universidad.

Oye, vamos a sacar copias, ¿no? Vamos a hacer esto, pásame tus apuntes.

Pero también se fueron dando cuenta que tenían intereses y gustos en común, en particular la música y bailar. En aquella época, en la radio sonaba caifanes, timbiriche y baladas en español. Jorge le cantaba canciones de su artista favorito, Emmanuel.

No importa,

Además de llevarse bastante bien, la atracción física entre los dos era muy fuerte.

Físicamente me gusta mucho su cara. Tenía ese toque de entre inocencia, mirada a inocentes, si cuando platicabas con ella, pero también muy alegre pero también muy divertida pero también muy inteligente y eso me gustaba, me gustaba de repente cómo se cómo se vestía, llevaba faldas cortas, de repente ya mi falda y de repente llevaba una falda larga.

Su cuerpo de deportista, su estatura, dizque cuando me abrazaba yo me sentía protegida. Él de pie le llegó como a la altura del pecho, entonces él con abrazarme, o sea, me pierdo.

Casi tres meses después de conocerse, llegó el primer beso y poco después se hicieron novios. Se volvieron inseparables. Estudiaban juntos, Claudia lo acompañaba a sus partidos de fútbol, iban a muchas fiestas y eran la sensación en la pista de baile.

Éramos muy fiesteros de todo lo que nos pusieran, bailamos. A me gustaba mucho bailar salsa, cumbia, disco, pop.

Tenían una relación y una vida sexual plena. Desde el inicio pusieron reglas muy claras.

Es que hicimos como los diez mandamientos, no los escribimos, pero mencionamos, a ver, ¿qué se vale y qué no se vale?

No quiero que nos engañemos. Si ya no estás a gusto conmigo, sea sexo, sea la forma en cómo te trato, sea la forma en cómo vivimos, sea lo que quieras, antes de hacer algo, platiquémoslo, busquemos la solución porque al final de cuentas va a ser pareja para toda la vida.

Nos vamos a hablar sinceramente, si ya no nos gusta algo, nos molesta o algo, ¿lo vamos a decir? Sí. Y si no hay solución y cada quien toma su camino, también se vale.

Tres años después se casaron y a los pocos meses nació su primer hijo. David parecía sonreírles. Al casarse, Jorge y Claudia se mudaron a la casa de los papás de él, a un espacio amplio con un terreno baldío que, con el tiempo, habían acondicionado como una cancha de fútbol, quedaba al lado de una fábrica de muros altos de más de siete metros. Un día de mil novecientos noventa y siete, Jorge se estaba alistando para una fiesta familiar y un empleado de la fábrica le pidió ayuda. Quería que Jorge se subiera para recoger un balón de fútbol que había terminado allí después de uno de los partidos.

Jorge Dudeau, hace unos días lo había hecho.

Y había jurado que nunca me iba a volver a subir, porque me dio mucho miedo, mucho miedo, se sentía mucho aire a una altura de siete, ocho metros más o menos.

Pero aún así se subió.

Que con el balón en mano, en el techo de la fábrica se rompió la lámina y ahí caí de siete metros de altura.

Todo pasó muy rápido, pero tiene un recuerdo muy claro de ese instante. El hombre de la fábrica gritando.

Panchito comenzaba a gritar como loco, una ambulancia, una

ambulancia. Jorge perdió la conciencia. Claro, estaba en la casa con su hijo cuando escuchó los gritos.

Yo no sabía quién gritaba, pero yo sabía que había sido él que se había caído. Me salí corriendo como loca a tratar de meterme a la a la fábrica, ni me acordé de que dejé a mi hijo sentado con temperatura en la cama. Me metí corriendo y lo encontré en el suelo en un charco de sangre, y, como en la película de Buzzt, igual cuando está él así y lo agarré y le dije, no te mueras, aguanta, o sea, no.

No tiene claro en qué momento llamó a la ambulancia ni cómo llegó al hospital. Lo siguiente que recuerda es estar en urgencias, con el estómago revuelto y el corazón a mil por hora.

De repente mis manos empezaron a como a deformar, como a engarrotarse, como a los dedos se me iban para todos lados Yo me espanté mucho más porque dije, ¿qué me está pasando?

En su cabeza solo se repetía una frase.

Que no se muera, que no se muera, que no se muera.

Pasó un tiempo, pudo ser una, dos, tres horas, hasta que Claudia se acercó a un par de residentes muy jóvenes. Quería saber si le podían dar un diagnóstico inicial.

Pero estaban muy sonrientes, con carcajadas y llegaron y le dijeron que si les das el diagnóstico de su paciente y recuerdo bien y dije, a ver, dile tú. No, mejor dile tú. No, bueno tú. Yo decía, bueno, ya quien sea, pero que me diga, y se para uno y me dice enfrente, dice, bueno, le voy a decir las cosas cómo están. Su esposo tiene lesión medular T seis, T siete, se perforó el pulmón, se fracturó el cráneo, no va a volver a caminar.

Cuando se cuenta que no puede caminar, se va a querer suicidar y si Superman no pudo con todo su dinero, pues menos usted.

En un instante, la vida de una pareja feliz se transformó por completo. La historia de hoy, la que nos van a contar Claudia y Jorge, es sobre la intimidad y lo que pasa cuando la forma en que dos cuerpos se relacionan cambia radicalmente. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en RAW ambulante. Nuestra asistente de producción, Selene Masson, produjo esta historia.

Aquí Selene.

Al escuchar lo que le dijo el residente, la audio se quedó muda por un segundo y luego, llena de rabia pero con un tono controlado, le contestó.

Pues, ¿sabe qué? Usted no es dios para decirme qué va a pasar y qué no va a pasar. Mejor dígame lo que usted puede hacer o no puede hacer.

Si le respondieron o no, Claudia no lo recuerda. Solo sabe que volvió a la sala de espera y los maldijo en su mente. Jorge estaba conectado a un respirador, totalmente sedado. Claudia le había pedido a sus papás que cuidaran a su hijo durante el día para estar en el hospital con él. Llegaba muy temprano por la mañana y se iba muy tarde, ansiosa por recibir noticias.

Fumaba una cajetilla de cigarros todos los días, rezaba todo el tiempo. Los reportes médicos diarios solo aumentaban su angustia.

En ocasiones entrabas en la mañana a la visita y te decía, no está muy grave, ya va ya buscando un servicio funerario porque no pasa de este día. Y luego ya entrabas en la tarde y te decía, pues ya va a estar mejorando, pero no puedes respirar por solo. Entonces, la verdad, yo lo único que pedí era que no se muriera.

Diez días después del accidente, Jorge abrió los ojos. No entendía nada. Apenas recordaba la caída y no sentía una parte de su cuerpo. No le decían su diagnóstico, quizá para no abrumarlo o quizá porque en momentos así lo más importante era saber que había despertado. Solo le decían algunas cosas aisladas, que se había caído, que había pasado por varias cirugías, que lo estaban atendiendo, que no se desanimara.

Vas a estar bien, vas a estar bien. En cuanto se pueda, te vamos a mandar al Hospital Colonia para tu rehabilitación.

Y así fue. Algunos días después lo transfirieron. Para darle la bienvenida, un doctor lo visitó acompañado de varios médicos jóvenes.

Y todos estaban alrededor de examinándome y el doctor les decía, miren, y me pasaron cepillo por las piernas, yo no sentía. Me hacían muchas pruebas, me pegaban con un martillo en las rodillas, yo no sentía.

Después de unos minutos, el doctor le dijo,

usted ya no va a volver a caminar, así muy muy muy seco, muy duro. Aquí usted va a aprender a ser independiente.

Jorge no quería creerle. En la noche lo fue a visitar la doctora encargada de elaborar el reporte médico. Le preguntó a qué se dedicaba, cómo se sentía. Jorge aprovechó para hablar de lo sucedido en la mañana. Iría a una segunda opinión.

Yo le dije, oye, yo quiero ver al director general porque el que me dijo que ya no voy a volver a caminar está loco y me dice, él es el director general. Sentí horrible.

La doctora le explicó su diagnóstico, una lesión medular completa T seis, T siete. En otras palabras, con la caída se le había roto la médula espinal a la altura del pecho, la responsable de enviar mensajes del cerebro al resto del cuerpo. A partir de ahora, no podría mover ni tendría sensibilidad de la altura de los pezones hasta los pies, solo tendría algunos movimientos involuntarios. Me explicó que hasta ese momento no existía ningún procedimiento médico que lo ayudara a volver a

caminar. Y entonces, me puse a llorar. Él me preguntó que qué era lo que más me había dolido bien la vida antes de la lesión y le comenté que la muerte de mi papá, que había sucedido unos años anterior cuando yo tenía veintiún años.

Su papá no había alcanzado a conocer ni a Claudia ni a su nieto. Después de escucharlo, la doctora le preguntó si hubiera preferido morir y ser un padre ausente en la vida de su hijo o si más bien quería enfocarse en su rehabilitación y seguir adelante por su familia. Jorge no dijo nada. Fue una noche larga. La doctora lo acompañó un rato, pero él casi no pudo dormir.

No dejaba de pensar en lo que sería su vida en una silla de ruedas, en su hijo, en Claudia, en cómo lo sacaría adelante a partir de ahora. Durante las primeras semanas en el hospital de rehabilitación, Jorge se dedicó a familiarizarse con su nueva corporalidad. Se sentía como un niño que debía aprender muchas cosas. La primera, muy importante, mantener el equilibrio de su tronco.

¿El cuerpo se te iba para para todos lados? ¿Querías mover tus brazos y, de repente, te ganaba el peso y te ibas así como sin sin tener el control?

Tenía muchas dificultades para

mantenerse erguido debido a la falta de sensibilidad de su pecho hacia abajo. Para estabilizar

la columna vertebral, la de sensibilidad de su pecho hacia abajo. Para estabilizar la columna vertebral, le habían puesto una barra en la espalda y tenía que ejercitarse. Para eso, le pedían levantar las manos.

Ponerlas a un costado y ir agarrando el equilibrio. Había otros aparatos como un tipo caballitos en los que con la fuerza de tus brazos tenías que comenzar a a levantarte, ir agarrando de nuevo fortaleza.

También tenía que aprender tareas muy básicas e indispensables, desde cómo trasladarse en silla de ruedas hasta controlar sus esfínteres.

Pasa como como dos niños, si cuando eres niño te gana en cualquier lugar, y por eso tienes que utilizar la peñada, cualquier lugar y a cualquier hora.

Para evitar eso, tenía que aprender a programar sus evacuaciones mediante masajes y rutinas. También le habían colocado una sonda en la vejiga para drenar la orina. A partir de ese momento, tendría que cambiarla periódicamente para evitar cualquier tipo de infección.

En ese momento pierdes tú, como persona con discapacidad, pierdes mucho pudor, que te vean desnudo las enfermeras, los doctores, tu esposa. Incluso, hay veces que te tocaba y que tu familia te tenía que ayudar, a lo mejor tu hermana, a lo mejor mi mamá, a lo mejor mi hermano, ¿no? Porque en ese momento no había alguna enfermera que te apoyara y y ni modo, este, te tienes que aguantar, ¿no? A a que te hicieran higiene.

Jorge decidió que la mejor forma de vivir los cambios de su vida de ahora en adelante sería aceptándolos, incluso a veces tomándolos con humor.

Yo siempre he sido muy valioso, a siempre me ha gustado mucho mi cara, los ojos. Los ojos me recuerdan mucho a los ojos de mi papá, el mismo color que tenía él, un color biel, y, entonces, yo era tono de broma, les decía, lo bueno es que no me pasó nadie en mi cara, ¿no?

Recibía visitas constantemente de amigos y familiares, y se sentía afortunado por eso. Además, en el hospital se corrió la voz de que tenía una cancha de fútbol y comenzaron a alquilarla para algunos partidos. Ese ingreso extra le daba ánimos. Los doctores y las enfermeras del hospital ya conocían a Jorge y a Claudia. A veces, cuando iban a ver a Jorge, se quedaban platicando un rato con él y fue ahí que empezó a escuchar sobre algo que pasaba muy seguido en el hospital.

¿Qué crees que al chico que está en el cuarto de allá lo dejaron ya? ¿Qué crees que la persona que está en el primer piso lo sacó su pareja?

La discapacidad para algunas parejas llegaba a ser demasiado abrumadora y aunque él estaba convencido de la solidez de su relación con Claudia, no podía evitar dudar, así que un día se armó de valor y le dijo.

Yo te amo, te quiero, es una mujer inteligente, muy fuerte, con muchos valores, mujer guapa. Que si yo me hubiera ido, yo estoy convencido que te hubieras encontrado también una muy buena pareja. Y si en un determinado momento quisieras, pues, de nuevo, ¿no? Lo voy a entender.

Claudia todo lo recuerda en cámara lenta, como una película sin sonido, pero ella tenía clara su respuesta.

Yo estoy contigo por lo que eres, por cómo me tratas, por cómo nos llevamos, no por si caminas o no caminas. Yo no me casé por ti, por tus piernas. Yo le dije, yo estoy contigo en las buenas y en las malas y y vamos a salir adelante como sea, estás vivo.

Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta, Selene Mason nos sigue contando.

Tres meses después del accidente, a principios de mayo de mil novecientos noventa y siete, Jorge salió del hospital con la instrucción de que continuara haciendo sus ejercicios de rehabilitación. Los siguientes meses fueron de adecuar la casa. En el patio y los pasillos se construyeron rampas. En su habitación pusieron una cadena en el techo similar a un columpio para que Jorge pudiera agarrarse, impulsarse y sentarse solo. Compraron barras y colchonetas para los ejercicios.

Claudia aprendió a bañarlo, a identificar si su cuerpo tenía llagas o golpes, a realizarle curaciones diarias, a cambiarle la sonda, pero pese a su optimismo inicial, comenzó a sentir un peso enorme. Prácticamente, la vida y la salud de Jorge estaba en sus manos. Tenía miedo de equivocarse, de no saber qué hacer.

Ahí tenía miedo. Ahí decía, ¿qué hago? Hay veces que yo decía, me gustaría correr y correr y correr y correr y correr y correr y olvidarme por un minuto de las cosas.

Su manera de lidiar con todo esto era concentrarse en el día a día, en los avances que veía en Jorge. Por su parte, él trataba de mantener una actitud positiva. Le ponía empeño a sus ejercicios y hacer ciertas tareas por su cuenta, como bañarse o pasarse de la cama a la silla para evitar recargar mucho a Claudia. Pero no era fácil, claro. Su silla de ruedas, conocida como clínica, era grande, pesada, con unas llantas pequeñas y unos descansabrazos a los costados.

Se frustraba con algunas cosas prácticas, como no alcanzar algo de la alacena o cuando no cabía por algún lugar. Tal vez, lo que más le afectaba era no poder jugar fútbol con su hijo como antes.

Cuando empecé a jugar de nuevo fútbol con mi hijo, pues sentía ese dolor, porque a lo mejor mi hijo esperaba que yo le regresara el el balón con el pie y, pues no podía.

También le incomodaba ir a fiestas.

Él no quería ir a fiestas, porque me decía, es que yo antes en las fiestas no me sentaba, estaba parado todo el tiempo bailando. Hasta luego, sus propios hermanos le pedían permiso a Jorge para bailar conmigo y yo me sentía como que incómoda. O sea, me me llevo súper bien con ellos y demás, hay toda la confianza del mundo, pero yo me sentía, pues, mal, ¿no? Yo decía, no, es que no no me sacan a bailar, ¿no me sacan a bailar? O sea, no, no hay ningún problema.

Dejamos de ir algunas fiestas justamente por lo mismo, que decíamos, bueno, qué aburrido ir a una fiesta y están mamás viendo gente y comiendo mientras todos están divirtiendo.

Una vez que se adaptaron un poco mejor a su nueva cotidianidad, las citas médicas, los cambios de sonda, la higiene, la programación de evacuaciones, Jorge fue encontrando la forma de hacer o modificar algunas de las actividades que le gustaban antes del accidente, como ir al cine, jugar con su hijo futbol, ya no pateando la pelota, pero como portero en la cama o arbitrando algunos partidos. Y entre esas cosas hubo una que volvió a surgir tímidamente, primero quizá con un abrazo.

A lo mejor ya la abrazas y ya le pones la mano en el pecho como antes.

Después, tal vez, un beso diferente.

Voy a comenzar a volver a dar esos besos apasionados, no nada más ahora de gracias a dios, que estás bien, aquí está el beso.

Un contacto físico distinto, más allá de solo el cuidado. Cuando les propuse que tuviéramos una conversación abierta sobre su vida sexual, Jorge y Claudia aceptaron, principalmente, porque saben que alrededor de las personas con discapacidad hay muchas preguntas, ideas equivocadas y mitos.

La persona con discapacidad es así, no tienen sexo o transexuales, no disfrutan, no viven.

Es esta idea de que las personas con discapacidad son asexuales, apagan su deseo sexual o sencillamente no lo tienen. Leí en un estudio una pregunta que me dio curiosidad. ¿Qué tanto cambia la experiencia sexual de las personas después de adquirir una discapacidad? Para Claudia y Jorge, no fue un proceso fácil ni rápido. Pasó un tiempo para que los dos se adaptaran a los cambios y retomaran su vida sexual después del accidente, no por falta de interés, sino porque al principio el día a día los obligó a enfocarse en tareas más prácticas, pero también porque para Jorge no era fácil perder el pudor del todo.

A nadie le gusta que te tenga que cambiar todavía el pañal. Es incómodo porque imagínate, tu pareja te cambia la mañana tu pañal y de repente acabas de cambiar el pañal y ahora vamos a tener sexo.

Le pregunta Claudia si esto era algo que le molestaba.

Pues yo no sentí que me haya afectado mucho. Cuando tienes un bebé, este, igual vomita, igual se ensucia, igual cierra el baño, igual hace destiempo, igual hay que cambiarlo, igual y te cambia los planes y, o sea, exactamente, yo ya lo había pasado con mi hijo, quieres a la persona y dices no no no lo vas a dejar de querer por eso. Oye, pero ¿quién se ensució la ropa? Pues sí, igual que como ahorita se mete ahí la cerveza y me ensucio y la tengo que lavar, pues igual pasa si se ensucia, o sea, no lo veía yo como que, ay, dios mío, qué cruz estoy cargando, o sea, no.

Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta, Selene nos sigue contando.

El cuerpo de Jorge era un territorio nuevo. Fue un proceso de pasos pequeños. Primero reconociéndolo y explorándolo, y con el tiempo, recuperando el

deseo. Como cuando empezamos la relación de que vas conociendo poco a poco, vas viendo, ah, esto me gusta, esto no me gusta, esto se puede, esto no se puede. En este momento se puede, en este momento no se puede.

A raíz del accidente, Claudia y Jorge fortalecieron la comunicación que habían establecido recién comenzaron su relación, esos diez mandamientos de los que Claudia habló al inicio de este episodio. Los obligó a ir más allá, a vulnerarse, a explorar, nombrar. A lo

mejor muchas veces dejas que nada más vayan surgiendo las cosas y ya, pero no dices nada. Entonces, ya el irlo haciendo esa necesidad de que tenemos que ir aprendiendo día a día y adaptándonos a las condiciones de los dos.

Por ejemplo, acomodarse de cierta forma para evitar que la sonda de Jorge se tire o atore y eso le provoque dolor. Pero también otras a nivel fisiológico. Por su lesión, Jorge no tiene sensibilidad en la zona genital, tampoco su excitación se traduce en erecciones ni en eyoculaciones. Por eso, le llamó la atención que apenas él y Claudia comenzaron a explorarse más, algunas partes de su cuerpo que estaban dormidas fueron despertando poco a poco.

Y vas descubriendo otras zonas erógenas del cuerpo, ¿no? En la que puedes descubrir tu hacer. Si no se va dando igual de manera en la correa, ¿no? De repente un día te va besando y dices, ¿qué rico sentí? A ver, síguele ahí, síguele ahí.

Me gusta mucho cuando me da pequeñas morenditas aquí, en en la parte del antebrazo, me provoca costillas y me gusta. Yo no recuerdo que tuviera la misma excitación que orar me provoquen, bueno, de repente, me besa.

Esto me parece importante porque habla de lo poco que conocemos nuestro propio cuerpo, de las muchas veces que crecimos asociando el placer a determinadas partes de él, como si lo demás no existiera. Esto también le pasó a Claudia, por eso les pedí que me hicieran una lista de esas otras formas que han descubierto que les producen placer.

Un abrazo muy rico. A veces nos ves en el cuello.

Morder la oreja.

Verse en el pecho.

Morder los brazos. Morder el el el el aquí la parte baja del del cuello, en la espalda, el hombro.

Jugar, experimentar, imaginar y por eso a veces hacen juegos de roles.

De repente para romper con esa monotonía, ¿no? Güey, hoy eres la enfermera. Y y como parte de ese show, o sea, tampoco es nada más de enfermera, me arresté sexy y ya llegué y ya es no.

Con todo un guion y toda la cosa y y no me preguntes así, Claudia, no me llamo Claudia, me llamo de tal manera. Entonces, o sea, nadie, ¿no? Por eso cuento.

Haz de cuenta que hasta podemos hacer una novela que no es ignoro aquí.

¿Hay veces? Sí. ¿Qué qué nos pasa? Que se alargan y seguimos actuando y después espérame, o sea.

A ver, es que ahí vamos. Sí. Es que que es que como te lo juro que de repente

Es que es tan largo la historia y metemos otros personajes y otras, es que me platicaste y fuiste y cómo vivís.

Bromean con que prácticamente han recreado novelas como María Mercedes, un clásico de los noventa con la cantante y actriz Thalía.

Pero es parte de lo que nos ha crecido en la relación, de repente que hasta a veces eso te da risa, ¿no? Que estás acá bien entrado en toda tu trama y de que ahora yo soy el vecino que fui a arreglarte, este, la cama porque rechinaba y ya llegué y y con los profesores que de repente estábamos en voz, oye, ¿en qué momento yo llegué

Tuvieron que intentar cosas nuevas o, en todo caso, reinterpretarlas para su nuevo contexto, y eso incluye vivir los orgasmos de formas distintas.

Que si lo quieres comparar como era el orgasmo antes, ¿no? Pero comparado a como ahora sientes, ya hay momentos que sí. Hay veces en los que sientes muy rico las veces, sientes rico las carencias, y hay veces que sí, llegas a sentir mucho más rico que que ya sabes que ya no aguantas, ¿no? No si eso sea un un orgasmo, un orgasmo.

Yo se los he llegado a sentir, pero también si no lo tengo, no me hace falta. O sea, no no hay no hay tema, o sea, se abre el momento en que se ve.

Al final, eso no es lo más importante, sino el proceso, el acompañamiento, la exploración, porque además no es solo el cuerpo de Jorge el que cambió, el de Claudia también.

No somos los mismos ni en cuerpo ni en mente ni en fuerzas ni en ganas ni en todo de hace treinta años. Entonces, todas las todas las relaciones van madurando, van cambiando. Ajá, a lo mejor te digo, antes yo podía hacer cualquier posición y ahorita el agua y me da un calambre y olvídate, ya no hacemos nada. Entonces, cambian las cosas. Y te digo, y no necesariamente es porque tenga una discapacidad, sino porque el cuerpo, en las personas, el tiempo, todo va cambiando.

Hay que entender quienes vivimos una discapacidad que la sexualidad no se muere cuando te llega la discapacidad y que no lo deben de hacer todas nuevas relaciones partes, ¿sí? Pero hay que alimentar todas las demás partes para que también esa parte de la sexualidad sea sea buena, sea de calidad.

Mucha gente me decía, es que yo no aguantaría, es que yo no podría, yo no, o sea, y hasta la fecha, te lo juro que me dicen, es que te admiro. ¿Por qué me admiras? Si estoy con la persona que quiero, si yo te, ¿por qué te voy a admirar si estás con alguien que quieres? O sea, no le estoy haciendo un favor, no estoy porque quiero estar con él y él quiere estar conmigo, y porque lo amo, o sea, no no estoy haciendo, este, mi obra de de caridad.

Un día de febrero de dos mil veinticuatro me evitaron una reunión en su casa para celebrar el día del amor y la amistad con algunos amigos y conocidos. El encuentro era en la cancha de fútbol. En la carpa había dos cantantes que ponían música y animaba la fiesta. Jorge y Claudia parecían contentos, saludaban y platicaban con todos. Jorge se movía ágilmente de un lado a otro.

Me contó que, desde hace unos años, cambió su silla clínica, aquella grande y pesada de los primeros años después del accidente, por una conocida como activa. No tiene descansa brazos y el respaldo solo va hasta la mitad de la espalda. Me dijo que le cambió la vida, ahora tiene mayor autonomía para moverse y más velocidad. Pasó un tiempo para que Jorge volviera a animarse a bailar y, aunque no hubo una fecha exacta, el proceso se fue dando de forma natural. En la fiesta comenzó a sonar la cita de Gali Galeano, una salsa clásica.

Jorge le extiende la mano a Claudia y los dos pasan a la pista. Jorge mueve su silla ágilmente. Claudia sabe en qué momento dar o soltar la mano de Jorge. Dan vueltas, algunas con mucha fluidez, otras más complicadas. Se ven radiantes, guapos, son el alma de su propia fiesta, como lo eran hace treinta años.

Muchas cosas cambian, pero no todo.

Selene Masson es asistente de producción de Ramblante y vive en Ciudad de México. Esta Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Celsa hizo el fact checking, el diseño de sonidos de Andrés Aspiry con música original de Ana Turián. Un agradecimiento especial a Roxana Pacheco y a Karla De La Rosa por su apoyo con esta historia. El resto del equipo de Rambulante incluye a Paola Aleán, Lissette Arévalo, Pablo Argüelles, Adriana Bernal, Aneris Casaszú, Diego Corzo, Emilia Arbeta, Camilo Jiménez Santofimio, Remy Lozano, Juan David Naranjo, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, Barber Sohail, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Desirée Yépez.

Carolina Guerrero es la CEO. Ramblante es un podcast de Ramblante Studios, se produce se mezcla en el programa Heindelberg Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita round ambulante punto org slash donar y ayúdanos a seguir narrando la región. Rawrant te cuenta las historias de América Latina.

Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Podcast: Radio Ambulante
Episode: Anatomía de un reencuentro