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Esto es Raúl Gulantes, soy Daniel Alarcón. Era un día cualquiera de dos mil siete. Valentina Festa tenía cinco años y estaba de compras con su mamá en Santa Rosa, Argentina. Pasaron por una tienda y en la vitrina Valentina vio una camiseta rosada que le encantó.

Yo siempre fui fanática de usar colores y era muy fanática del rosa cuando era chica. Por esto de Barbie me encantaba vestir mentira de rosa. Si podía comprarme algo, me lo compraba en rosa.

Entraron al lugar y comenzaron a curiosear lo que había. Su mamá Maribel se acercó a la dueña de la tienda y le pidió que la ayudara con una talla para su hija. Esa es Maribel.

Entonces me dice, lo que pasa es que tu hija es muy gorda. Nunca me imaginé escuchar eso. Me sentí tan mal que me di la vuelta y me fui, me fui con ella pura parte. ¿Qué le iba a decir? Con ella de la mano.

No le iba a atiné a decir nada porque yo quería que no lo hubiera escuchado.

Pero Valentina la oyó y fue ese día, con tan solo cinco años, que por primera vez cayó en cuenta que era gorda.

Andaba jugar con las muñecas, andaba vestir muñecas y era lo único con lo que pensaba. Y de repente el hecho de que alguien me diga que esa remera rosa que había visto en la vidriera no me entraba, que no era para porque yo era gorda, y fue como un baldazo de agua fría de decir che, sí, o sea, soy gorda, no entro acá, este no es mi espacio y de repente como, bueno, no tengo ningún espacio propio, porque miro las películas y de repente los únicos personajes que se parecen a son malos. Miro mis muñecas, ninguna se parece a mí, mis compañeras no se parecen a mí.

Y fue así que comenzó a darse cuenta que el mundo no estaba hecho para personas como ella. Su mamá haría todo lo posible para que encajara, pero Valentina encontraría su propia forma. Una breve pausa y volvemos. Estamos de vuelta en RAW ambulante. Nuestra productora senior, Lissette Arévalo, nos cuenta esta historia.

El comentario que recibió Maribel sobre el cuerpo de su hija en esa tienda de ropa no fue el primero. Cuando Valentín era bebé, los pediatras la medían, la pesaban y le decían cosas como

Mamá, la nena como que no cumple ni con la altura ni con el peso que corresponde a la edad de ella. Siempre fue más alta y más bonita de lo que correspondía a su

edad. Era algo que preocupaba un poco a Maribel, pero tampoco es que le pusiera tanta atención. Cuando el resto de gente veía a su hija, le decían que era una gordita linda, una bebé tierna con rollitos, nada más. Además, era y su familia lo veían como algo temporal.

Pero, bueno, también uno decía, bueno, pero ahora son chicos y, bueno, se estilizan, después hacen actividades y se estilizan. Siempre pensamos eso, como que iba a cambiar tu contextura y que iba a hacer una una placa después.

Pero los años pasaban y Valentina no adelgazaba. Lo que se hacía cada vez más pequeño eran los espacios en que encajaba. Como a Valentina le encantaba bailar, a los cinco años su mamá la llevó a un estudio de danza para que tomara clases con otras niñas de su edad. Las dos estaban emocionadas, pero pronto la profesora le dijo a Maribel que no la llevara más porque esas clases no eran para Valentina. Y sí, lo decía porque era gorda.

Yo me sentí mal, realmente me sentimos mal porque podía hacerlo igual, aunque no no fuera nada. Se la quita, un paño y todo.

Prefirió dejar de llevarla a esas clases. Quería protegerla. Era algo que le tocaba enfrentar sola, pues desde el inicio el papá de Valentina no estuvo muy presente en la vida de su hija. Ya en la escuela, Valentina sufrió el mismo rechazo. Cuando tenía unos seis años, sus compañeras no querían jugar con ella.

Las nenas me decían, vos no, porque no no te queremos ni un grupo porque, bueno, vos sos gorda y no no queremos.

Esos comentarios venían especialmente del grupo de las niñas más populares de la escuela. Había otras con las que se llevaba bien, pero eso no quitaba que la molestaran por su cuerpo. En la clase de educación física, por ejemplo, siempre la escogían de última y sus compañeras le dejaban claro que si perdían era culpa de ella, por no poder correr como las demás. Obviamente, a Valentina se le quitaban las ganas de jugar o buscaba la forma de que la sacaran del juego, no quería estorbar. Ella no le decía nada de esto a su mamá porque, de cierta manera, sentía que no tenía nada que contar.

Sus compañeras estaban diciendo una realidad, ella era gorda.

Yo pensaba también adentro mío que ellos tenían razón.

O sea, ¿por qué iban

a querer jugar conmigo? Si yo era gorda. Si el mundo me enseñaba que yo tenía que adelgazar, porque así me iban a querer, entonces, tenías razón en no quererme, tenían razón en no querer jugar conmigo, Tenían razón en lo que decían. Me estaban diciendo gorda, tenían razón.

Medía un metro treinta y tres y pesaba cuarenta y un kilos y medio, más que el promedio, según la tabla sanitaria de Argentina. Así pasó primero y segundo de primaria, odiando ir a la escuela donde no paraban de molestarla. Cuando cumplió siete, se mudó con su mamá y el novio de ella a otro pueblo en la provincia de La Pampa, Macachín, un lugar de no más de cinco mil habitantes. Al principio, fue un buen cambio porque, por fin, estaba lejos de las niñas que la molestaban. Pero en ese pueblo pequeño, Valentina resaltaba aún más.

El bullying no paró en su nueva escuela. La golpeaban, la insultaban, la escupían, la jalaban el pelo y, según recuerda, nunca había otra niña que tuviera su mismo cuerpo, ni en el colegio, ni en los parques, ni cuando paseaba por la plaza. Era algo que su mamá también había notado y había empezado a verlo como un problema desde hace un tiempo. Cuando iban a comprar ropa, la única que le quedaba a Valentina era varias tallas más grandes que la que correspondía a su edad. A veces eran prendas para adolescentes, nada que ver para una niña tan pequeña.

También se volvió inevitable que su mamá la comparara con otras niñas de su edad y se diera cuenta que ninguna se veía como su hija. Cada vez le preocupaba más.

Tenía que ayudarla de alguna forma, pero no sabía cómo. Mi miedo era todo lo que ella después pudiera padecer por ser bolita, era eso.

Padecer no solo por ser diferente, porque la molestara, sino también por su salud. Los médicos le decían que el peso de su hija sería un problema futuro, diabetes, colesterol alto, triglicéridos, dolor de rodillas, claro que la angustiaba. Lo menos que quería era que su hija se enfermara. Decidió, entonces, llevarla a una nutricionista. Pensaba que si Valentina aprendería a comer saludable y, en el futuro, adelgazar.

Ni Maribel ni Valentina se han olvidado de esa primera visita a la nutricionista. Mi consultorio quedaba en una clínica estética. Todo el lugar era blanco, tenía una camilla, un escritorio de madera marrón y un título universitario colgado en la pared. Valentina tenía tan solo ocho años.

Y me acuerdo que tenía un espejo, y abajo del espejo estaba la balanza y, bueno, vos te pesabas y te mirabas al espejo.

La nutricionista anotó su peso en una libreta, y sin hacerle ni una pregunta, le dijo que lo que tenía que hacer era claro, bajar de peso. Comenzó dándole un par de indicaciones, qué snacks podía comer, cómo deberían ser sus cenas, cómo dividir sus platos.

Helado, no. Chocolates, no, salvo los que eran sin azúcar. Gacciosas, nunca. Cosas de cumpleaños, como palitos, chisitos, papitas, nunca. Torta, tampoco, nunca.

Paca, una vez por semana. Banana, tampoco, porque era una es una fruta, pero es una fruta muy pesada y engorda, supuestamente.

Me dijo que debía tomar muchísima agua y que, de vez en cuando, podía tomar leche chocolatada, pero solo si era chocolate negro y amargo. Que podía comer alfajores, pero solo unos de una marca específica que eran de arroz y sin azúcar, que de snack podía comer un pedazo de queso, pero no podía ser más grande que el tamaño de un cassette, y que antes de comer un plato de pasta tenía que comer una ensalada para que estuviera un poco llena. Además, le dijo que tenía que anotar todo lo que comiera.

Si agarraba un paquete de galletitas y me comía diez galletitas, tenía que anotar que me comía diez galletitas, así que cada galletita la tenía que contar para saber cuánto estaba metiendo en mi cuerpo.

No podía dejar nada afuera, ni cuántos vasos de agua se tomaba. La nutricionista le aconsejó que comprara un cuaderno que le gustara para que le dieran ganas de usarlo y la motivara a bajar de peso. Con todas esas indicaciones, Maribel y Valentina salieron del consultorio. Muy rápido, Valentina pasó de pensar en muñecas y dibujitos animados a contabilizar todo lo que se comía en un día. Su mamá le ayudaba a detallar todo y controlar su dieta, pero no era nada fácil.

Era muy chiquita aún y ni siquiera el cuaderno bonito que le habían comprado la motivaba a hacer ese inventario, en especial cuando lo invitaban a alguna fiesta de las compañeras de la escuela.

Pasa un cumpleaños, por ejemplo, y vos no vas a estar con tu cuadernito contando cuántas papitas te comés, porque es vergonzoso, porque todos compañeros que están viendo cómo la gorda cuenta cuántas papas se come, o esto de, no sé, invitar a tus compañeritas a tomar la merienda y de repente, bueno, contar cuántas galletas te comes. Y anotar, por ejemplo, no sé, si a la galletita le ponés mermelada o le ponés manteca o le ponés algo, también tenía que anotarlo.

Para evitar esto, Valentina trataba de memorizar cada cosa que comía cuando estaba con sus compañeros para luego anotarlo en su cuaderno. Era muy agobiante y su mamá lo notaba. Además que, dentro de todo, ella tampoco disfrutaba tener que estar todo el tiempo atrás de Valentina monitoreando todo lo que hacía. Le costaba muchísimo tener que prohibirle ciertos alimentos.

¿Cómo le decís? No, no comés esto, no esto, no agarres eso, no, vamos a unas fiestas y no, no podés comer un pedazo de torta, no, o podés comer mitad de una galletita. A mí, la verdad que para fue muy, muy difícil.

Se le partía el alma, pero pensaba que presionarla para que siguiera la dieta era lo único que podía hacer para ayudarla.

Y yo creí que era desde ese lado, desde, bueno, ayer, para que no si sintiera distinta, para que mi hijo se sintiera mal después, qué yo, uno piensa eso.

Para acompañarla en ese proceso tortuoso, Maribel y su pareja hacían la misma dieta que Valentina. Todo en su vida giraba en torno a que adelgazara, hasta su familia extendida opinaba sobre su cuerpo. Su tía, por ejemplo, le decía que no se vistiera de colores, sino con solo prendas negras, porque así se vería más flaca.

Y hubo una época que tenía desde los siete, desde los siete hasta los, no sé, doce años, que me vestí solamente de negro o gris, y fue tristísimo, porque yo amaba los colores.

Los programas de televisión que veía reforzaban esa idea. Ciertas experiencias no eran aptas para las gordas como era. Desde conseguir un novio hasta tener ciertas profesiones, como ser bailarina, actriz o modelo. Además, siempre rondaba la idea de que personas como ellas necesitaban que otra gente las salvara de su gordura, pero sobre todo que tenía que cambiar para merecer y recibir amor. De hecho, en Argentina había un programa de televisión dedicado a esa idea, transformar a las personas gordas.

Se llamaba Cuestión de peso. Al programa iban unas doce personas que querían adelgazar. En vivo les decían pararse en una balanza y les ponían una camiseta con el peso inicial. Trescientos kilos, ciento ochenta, ciento cuarenta, ochenta y tres. Era un reality.

Hacían dietas, los dividían en diferentes categorías y, si no adelgazaban lo suficiente, los eliminaban. Con un momento, hasta llevaron a una niña de doce años al programa. Valentina lo veía mientras comía en su casa y se acuerda de una cena en especial que le impactó muchísimo.

Me acuerdo patente de, de momento traen una una carretilla y me acuerdo que traen eso lleno de grasa, grasa, grasa, o sea, grasa sacada de un animal, tope de grasa. Y lo ponen al lado de la persona gorda y le dicen, esto es lo que vos

sos. Era casi imposible no pensar qué tan lleno estaría la carretera si se tratara de ella. Su familia extendida también veía el programa y no perdía la oportunidad de decirle que si no se cuidaba podía llegar a ser una de esas personas. Le decían que no comiera como chancho, que si seguía así se iba a reventar. La comparaban con sus primas más flacas, y a sus primos más pequeños les decían que no comieran tanto, porque si no, iban a terminar como Valentina.

Su cuerpo se convirtió en territorio de todos.

Y vos crecés viendo eso, como todos tienen miedo a engordar. Bueno, ¿qué pasa conmigo que ya soy gorda? Entonces, el miedo más grande de todas las personas es ser como yo. Mi familia tiene miedo a ser como yo, porque mi familia tiene miedo a ser gorda y yo soy gorda. Entonces, es como bastante chocante y cuesta bastante asimilar eso, de que la gente tiene miedo a ser como vos.

Había algo más que la hacía sufrir. Como Valentina veía cuánto se esforzaba su mamá en su dieta y cuánto quería que adelgazara, comenzó a sentir que cada kilo que bajara le daría un poco más de amor de su mamá, y también que bajar de peso era sinónimo de ser una buena hija.

Porque era

lo que se esperaba de mí. Se nos dice que ser buena hija es hacer caso, ¿no? Entonces, si yo no estaba adelgazando, no era buena hija, y con todo lo que había hecho él nada por mí, ¿por qué yo era mala hija y no quería adelgazar? Era como un montón y era una presión enorme para una nena de ocho años, o sea, como botón.

Que Valentina bajara de peso era una prioridad para Maribel. Primero, porque ella tenía muy naturalizada la idea de que, para estar sana, una persona debía ser delgada. Era lo que había aprendido desde pequeña en todas partes. Y segundo, porque todo el mundo le hacía sentir que para ser una buena mamá tenía que ayudar a su hija a bajar de peso, así que cuando no se cumplía sentía que fracasaba.

Yo cuando iba a la nutricionista, me sentía culpable yo, porque decía, pero no, pero tenía que tomar tal cosa, tenía que escribir tal cosa y dice, ¿cómo lo hago? Si es una nena chica y no no no va a ir con el cuadernito a todos lados, escribiendo qué comí y a qué hora comía. Era como que yo me sentía mal porque decía, mirá qué irresponsable la madre que no le hace hacer lo que lo que yo le indico.

Le pasaba con todos los médicos.

Entendía que que el médico me hacía entender que yo estaba haciendo las cosas mal, y me hacía sentir como que no la cuidaba de alguna forma, porque la nena era gorda, pues no la estaba cuidando.

En general, los doctores siempre se limitaban a atribuir cualquier dolencia a su peso. A veces ni siquiera le hacían exámenes ni consideraban ver otras variables.

Por ejemplo, tenía un problema en las rodillas, el traumatólogo te decía, lo que pasa es que está excedida de peso, tiene que adelgazar porque después, mirá cómo tiene las rodillas, que no se va a tener que operar. Todo eso nos pasaba y nada, ya era un tema de salud.

Eso que le pasaba a Maribel con Valentina cada vez que iba al médico es muy común. Los prejuicios sobre las personas gordas hacen que muchas veces enfermedades importantes no sean diagnosticadas, a pesar de que los pacientes pueden tener todos los síntomas, y esos diagnósticos apresurados, a su vez, pueden terminar causando o exacerbando trastornos alimenticios que muchas veces terminan convirtiéndose en crónicos. Y eso es justamente lo que le pasa a Valentina. Buena

pausa

y

volvemos.

Estamos de vuelta en reambulante, Lissette Arévalo nos sigue contando.

Cuando Valentina tenía diez, once años, su mamá decidió dejar de llevarla a la nutricionista. En parte porque veía lo tortuoso que era, pero también porque no veía resultados. Valentina se mantenía en el mismo peso, pero si algo había aprendido eran esos dos años con la nutricionista, era que la comida era su peor enemiga. Así que, sin ningún tipo de acompañamiento, siguió haciendo todo tipo de dietas. Pesaba setenta y siete kilos y medía un metro sesenta y tres.

Para una nena de diez años, empezar a controlar, no comer, o sea, como, bueno, de repente hoy no como o hoy como solamente manzana, es como un montón. Fue bastante complejo crecer ahí.

A veces, simplemente, se saltaba comidas enteras. En medio de eso, se dio cuenta de que lo que había aprendido de la nutricionista, el anotar todo lo que comía, realmente era muy útil. Podía controlar cuánta comida ingería al día. En lugar de anotarlo en un cuaderno, lo escribía su celular para que nadie se diera cuenta. También adoptó una rutina, se subía a la balanza todas las mañanas y todas las noches mientras se miraba al espejo.

Observaba cada rincón de su cuerpo.

Yo me miraba al espejo y me agarraba el brazo, me agarraba la panza, me me daba asco, no no me quería ver, no me gustaba, no nada, no me sentía cómoda mi cuerpo, no entendía por qué me habían castigado con este cuerpo. Mi pensamiento era ese, doy lo que sea por ser otra persona.

Anotaba cada gramo que bajaba o que subía. Si no veía cambios o si eran muy pequeños, se sentía un fracaso y los comentarios de su familia seguían sin ayudar. Había días que pasaba sin comer nada y, aún así, su mamá le decía que había engordado. La frustración y la irritabilidad cada vez eran peores y empezó a discutir con su mamá con frecuencia. Se sentía muy sola y, para llenar esa soledad, por ahí a sus once o doce años se refugió en las redes sociales, en especial en Twitter.

Pasaba mucho tiempo ahí y comenzó a ver cuentas en las que vendían productos para adelgazar o que daban consejos para bajar de peso.

Y aparecieron un montón de de gente dando consejos de cómo no comían, de cómo mentían para no comer, de cómo, no sé, o sea, cuánto tiempo tenías que pasar con la comida antes de vomitar para que tu cuerpo no la digiriera.

Y esas cuentas eran de adolescentes que mencionaban con frecuencia a las princesas Ana y Mía, apodos para la anorexia y la bulimia, que promovían esos trastornos alimenticios. Daban sugerencias de todo tipo que no pienso repetir. Valentina recuerda que eran perfiles de adolescentes como era, en los que a veces compartían fotos de sus cuerpos para mostrar los cambios que habían tenido. Usaban nombres

por ejemplo, era como, bueno, la meta era pesar treinta kilos y llevo bajados veinte. Y como, bueno, y así. Y, entonces, todos, alrededor tuyo, sabían cuánto pesabas, cuánto querías bajar y cuál era tu meta, y todos te apoyaban para que cumplas tu meta. Es muy loco.

Se apoyaban, entre comillas, porque, a fin de cuentas, lo que estaban haciendo era matándose poco a poco. Pero era un grupo de personas que justo le daban a Valentina lo que necesitaba en esos momentos, un aval de que lo que estaba haciendo era viable y técnicas para lograrlo. Ahí, por ejemplo, Valentina encontró una aplicación de celular que le calculaba cuántas calorías debía comer al día para alcanzar el peso que quería.

Vos ponías cuántos kilos querías bajar y en cuánto tiempo, y la aplicación te decía por día cuántas calorías tenías que comer. Y me acuerdo que mis calorías, las calorías que yo tenía en comer, para lo que yo quería adelgazar y en el tiempo que yo quería adelgazar, eran las de una ensalada de lechuga y tomate por día. O sea, era lo único que podía comer por día si quería adelgazar lo que yo quería.

Valentina estaba dispuesta a eso y mucho más para llegar a su meta, perder la mitad de su peso. En ese momento, no le importaba que fuera peligroso. Estaba completamente convencida de que lo único tenía que hacer era adelgazar, y que solo cuando estuviera flaca podría disfrutar como el resto de las demás personas. Mientras tanto, la vida que debía disfrutar a

sus doce años se le escapaba. Los únicos recuerdos que tengo es eso, de estar acostada en mi cama, de llorar todo

el tiempo, estar todo el tiempo enojada, todo el tiempo pasarla mal. Mientras tanto, la relación con su mamá iba cada vez peor. Valentina, de trece años, sentía que ella nunca podría entenderla del todo porque era flaca, Y aunque sabía que Maribel intentaba apoyarla y acompañarla desde su lugar, para Valentina a veces sus esfuerzos solo complicaban las cosas. Le molestaba, por ejemplo, que hiciera dietas para acompañarla y que la quisiera llevar a hacer ejercicio, o ver que su mamá se miraba al espejo y se agarraba a los gorditos mientras decía que se veía gorda. Toda su ira la enfocaba en su mamá, pero nunca se lo decía de frente.

A eso se le sumaba que cada vez que salían a hacer planes de madres e hijas era un tormento.

No podíamos porque yo me enojaba, porque ella encontraba ropa y yo no, no podíamos salir a merendar porque entonces era, bueno, esta torta no la comas, comí esta otra que tenés que hacer dieta. Entonces había un montón de experiencias compartidas que yo no las tenía con papá y yo creía que en parte era mi culpa, que yo no estaba haciendo lo suficiente para tener eso. Entonces estaba enojada, muy enojada

conmigo, conmigo misma y eso lo

trasladaba un poco a mi mamá, pero era como una suma de cosas que era

sostenible. Maribel también recuerda muy bien esa época.

Yo lo interpreté como una rebeldía, como una niña rebelde adolescente y que tenía que ver cómo podía sobrellevarlo y en ese momento todo era chocar, todo era chocada, todo lo que yo decía era malo, yo la sufrí me echó con ella porque era muy fincil y no era no sabía cómo ayudarla.

Maribel no se imaginaba que detrás de todo eso había algo más. Nunca se le pasó por la cabeza que Valentín estaba pasando por una mezcla de varios trastornos alimenticios, atracones, anorexia y bulimia, porque además no era, de cierta manera, algo evidente.

Y como no estaba en los huesos, literalmente, nadie me veía enferma. Entonces, nunca recibí ayuda porque yo estaba adelgazando y era lo que se suponía que tenía que pasar. Yo no era una persona que tenía un trastorno alimenticio, era una persona gorda que se había puesto las pilas, que se había decidido adelgazar.

Sin saber cuánto daño se estaba haciendo, su mamá y sus familiares la felicitaban cuando notaban que había bajado de peso. Para Valentina, el amor que recibía era directamente proporcional a la cantidad de gramos que bajaba. ¿Cómo no iba a pensar eso, si la manera en la que la trataban mejoraba tanto? Valentina llegó a bajar unos trece kilos, pesando, entonces, sesenta y cuatro, y así comenzó a tener nuevas experiencias. De repente, empezó a llamar la atención de los chicos de su escuela.

Podía salir a comprar ropa en el mismo lugar que su mamá y que sus amigas, podía usar una talla de pantalón en la que nunca había entrado, estaba consiguiendo lo que siempre quiso.

Yo estaba en mi mejor momento. Para mí, no tener hambre o no comer era un logro, era como, todos ustedes son unos tontos que tienen hambre, que comen, y yo no, yo lo estoy logrando.

No es

que no tuviera hambre, se refiere a ciertos momentos en que, por ejemplo, se llenaba el estómago de agua o té, porque,

en

realidad, siempre tenía hambre. No podía pensar en otra cosa que no fuera la comida, pero privarse de

ella le daba un tipo de euforia. Era esta felicidad de, ¿por qué voy a, o sea, por qué voy a tirar todo eso cuando me está dando esta felicidad? O sea, me estoy haciendo mierda, pero me está dando la felicidad de ver a toda mi familia orgullosa de que estoy adelgazando. Y es que

había otro factor más. Como tantas personas que pasan por un trastorno de conducta alimenticia, Valentina tenía dismorfia corporal. En su cabeza seguía estando gorda. Seguía mirándome

al espejo y llorando porque estaba gorda, y es muy loco ver ahora las fotos y no reconocerme. Yo no me reconozco en las fotos desde los diez años hasta los dieciséis. O sea, yo en mi cabeza siento que miedo es porque no lo viví, no lo vi y lo loco es que había llegado al cuerpo que toda mi vida había querido tener y nunca lo disfruté porque nunca lo vi. Así estuvo ella hasta

que cumplió unos dieciséis años. Algo que la ayudó en esa época fue su novio de ese entonces. Como él se dio cuenta de que Valentina no comía, le incentivaba salir a comer con él y disfrutar de ese momento. Poco a poco, ella dejó de limitarse tanto, pero en su lugar empezó a hacer mucho ejercicio para compensar, entre comillas, todas las calorías que se comía. También aprendió a maquillarse, y esto, poco a poco, se fue convirtiendo en lo que más ocupaba su mente y su tiempo.

Encontraba paz en el proceso y era bueno haciéndolo. Comenzó a subir fotos a su cuenta de Instagram de cómo se pintaba los ojos con diferentes tonos y brillos. Era dos mil dieciocho por ahí, y ese año dejó de pensar tanto en su alimentación y en controlar cada caloría. Obviamente, engordó, y aunque su relación con la comida había mejorado, cuando sentía que había subido un poco de peso, volvía a su antiguo hábito de dejar de comer durante unos días. Un año más tarde, a los diecisiete, Valentina estaba viendo sus redes sociales cuando se encontró con unas publicaciones de activistas gordas.

Por supuesto, le llamó la atención.

No hacían tanto lo que era activismo como activismo político o político, como heavy, sino era de repente ver a una piba gorda que se vestía cuando yo me quería vestir, que se ponía la espalda que yo me quería poner, que se ponía los colores que yo quería usar y nadie le decía nada, y ella era feliz usando eso.

Y ese acto, que podría parecer sencillo, fue lo que Valentina necesitaba.

Una breve pausa y volvemos. Estamos de vuelta en reambulante. Lissette Arévalo nos sigue contando.

Valentina nunca había visto a otra mujer gorda mostrarse tan orgullosa de su cuerpo. Eran activistas que publicaban mensajes como estos. Esto es normal, tener panza es normal, tener rollos es normal, no está mal tener estrías y celulitis, sos humana, es natural, salí, disfrutá del sol, disfrutá del verano, disfrutá de tu

cuerpo. Las prendas se deberían acomodar a nuestros cuerpos, no al revés, o sea, ¿cómo vas a modificar tu cuerpo para entrar en una prenda? En este vídeo os voy a traer mis seis crop tocks favoritos. Una prenda que, en teoría, para las gordas no es, pero es una prenda que disfruto muchísimo, me gusta mucho usar.

Ahí fue que conoció un término que cambiaría su vida.

¿Querés saber lo que es la gordofobia? La gordofobia es uno de los modos de discriminación más extendidos de nuestra sociedad porque se piensa que es algo voluntario, pero sobre todo porque se cree algo indeseable y que en nombre de la salud todas las personas deberían dejar atrás.

La gordofobia, el odio, rechazo y violencia a las personas gordas por el hecho de serlo. Un odio que se le vaforjando por siglos. Según distintos estudios de activistas, este prejuicio empezó a formarse desde la época de la colonia, cuando se construyó la idea de cómo debe verse un cuerpo femenino para ser considerado bello y saludable. Por ejemplo, las las mujeres inglesas de clase alta de Inglaterra buscaban diferenciarse de las esclavos africanas, y en esa intención de separarse de ellas del cuerpo más grande aparece la delgadez como un ideal de belleza. Es un problema de racismo y clasismo histórico y sistemático.

Para entender mejor cómo esta discriminación histórica se infiltró en el sector médico, hablé con

ella.

Bueno, mi nombre es Paola Sabogal, tengo formación como nutricionista, también tengo un doctorado en psicología y soy consejera certificada en alimentación intuitiva.

Se enfocó en esta área de la salud porque vivió la gordofobia en su casa desde que era muy chiquita. Era siempre fue delgada, pero su hermana no, y lo que su entorno opinaba sobre sus cuerpos terminó por causarle su propio trastorno alimenticio. Anorexia con infrapeso. Quise hablar con Era porque forma parte de salud en todas las tallas, un movimiento internacional que lucha contra el estigma de peso en el sistema de salud.

Todas las ideas que constituyen la gordofobia desde el área de la salud estaban muy arraigadas incluso en el en el aprendizaje que yo tuve en mi formación, que si es una persona gorda, entonces está comiendo comidas rápidas, es sedentaria. El caso clínico que te plantean ya está ya está teniendo unos prejuicios alrededor de cómo es una persona gorda, ¿no?

El origen del vínculo entre la gordofobia y la salud viene en parte de una ecuación de la que seguramente han escuchado. El índice de masa corporal o IMC.

El índice de masa corporal jamás se crea con un objetivo de determinar la salud, esto se crea en el siglo diecinueve, por un hombre que es astrónomo, hace una prueba con hombres belgas, él estaba buscando en realidad como más una estimación proporción.

Era un belga que se llamaba Adolf Kettelet. Además de astrónomo, era matemático y estadista. Es considerado como uno de los fundadores de las ciencias sociales, y lo que él quería era definir las características del, entre comillas, hombre normal y que esa distribución fuese la regla. Para lograrlo, decidió que la medida se calcularía dividiendo el peso por el cuadrado de la altura de una persona. El problema es que en ese proceso solo incluyó a hombres, ni las mujeres ni las personas muy altas, o que él consideraba que visualmente se salían del canon, entraron en esta fórmula.

Y por eso se considera que es un patrón también muy racista, ¿no? Primero, porque se hace solamente con hombres belgas de una clase específica que eran trabajadores para la época, y segundo, porque está atravesado por la perspectiva de lo que Ketélet consideraba que era la apariencia adecuada para la época, ¿no? Un hombre belga del siglo diecinueve.

El IMC fue retomado a inicios de los setentas en Estados Unidos por el fisiólogo Ansel Keys, que propuso que esa misma ecuación, dividir el peso por la altura al cuadrado, se convirtiera en un cálculo de la grasa corporal, y así en una herramienta de detección de la obesidad. Por ejemplo, si el resultado es entre veinticinco y treinta puntos, se califica como sobrepeso, y si es más de treinta, obesidad. Solo hasta junio de dos mil veintitrés, la Asociación Americana de Medicina reconoció que el IMC es una medida imperfecta, principalmente, porque no toma en cuenta todas las variables de salud de una persona. Sin embargo, los médicos lo siguen utilizando, es fácil de calcular y, además, sale más barato, pues no implica hacer más exámenes metabólicos de fondo. Estos números no son cifras insignificantes, pues se incluyen en la historia médica y terminan jugando un papel muy importante a nivel mundial, en la cobertura de los seguros de vida y los de salud, por ejemplo.

Hay otros métodos que se utilizan para medir la composición corporal, como el índice cintura cadera, la circunferencia de la cintura, grosor de los pliegues de la piel, índice cintura y altura. No existe un consenso médico sobre cuál es la mejor manera de medir la composición corporal, pero donde hay consenso es que la obesidad puede traer problemas de salud. La Asociación Médica Estadounidense, la Organización Mundial de la Salud y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades han catalogado la obesidad como una enfermedad. Se define como una condición en la que un exceso de acumulación de grasa pone en riesgo la salud de una persona. Las hace más propensas a sufrir con movilidades como tensión alta, diabetes, ciertos tipos de cáncer y ataques al corazón.

Pero para Paola, lo que es problemático es que el campo médico solo se enfoque en una variable, como la grasa o el peso, para determinar el estado de salud de una persona.

Para no no pueden haber indicadores aislados, sino, en este momento de la vida de esta persona, cuáles son los botones que podemos mover para que su calidad de vida mejore, para que su bienestar mejore, su estado de salud mejore dentro del contexto que está viviendo. Porque en el mundo ideal yo ni siquiera empezaría por la comida y por el ejercicio, empezaría por preguntarme por hábitos de sueño, por jornadas laborales, por equidad social, porque posibilidades tienen las personas de verdad reales de adquirir la salud, ¿no? De pagar por salud, de acceder a agua potable, o sea, en realidad, de tener tiempo para poder realizar actividad física, ¿no? Condiciones de seguridad para esa actividad física.

Es decir, hay muchos factores más que pueden influir en que una persona tenga enfermedades metabólicas.

Se puede ser gordo y sano, se puede ser gordo y enfermo, se puede ser delgado y sano, y se puede ser delgado y enfermo, ¿no?

Y esto es algo que ningún nutricionista o médico le había dicho a Valentina en toda su vida. Así que cuando encontró a todas esas activistas en sus redes sociales, Valentina comenzó a mirar el mundo de otra manera.

Es muy loco cuando vos abrís la puertita esta y te empezás a En todos lados, quieras o no, hay gordofobia. En el mundo en el que vivimos hay gordofobia, en cosas incluso que ni siquiera pensamos, porque el mundo no está pensado para las personas gordas.

Es un problema sistemático que se ve reflejado en decenas de aspectos cotidianos. Desde que los asientos del transporte público son muy pequeños hasta no poder acceder a exámenes médicos especializados, porque las máquinas no están diseñadas para personas que se salgan de la norma. Es la idea generalizada de que las personas gordas no tienen voluntad, son perezosas, no hacen ejercicio y están enfermas, entre otras cosas. Es gordo porque quiere, es muchas veces la consigna. Valentina comenzó a hacer pequeños cambios en su vida.

Empezó a dejar de lado el negro y el gris para vestirse de distintos colores, como siempre había querido. Hasta se compró un bikini, algo que antes le parecía impensable, pero no se lo puso inmediatamente. Todavía no se sentía cien por ciento cómoda y seguía restringiéndose en ciertas comidas. Cuando cumplió dieciocho, se fue a vivir a Buenos Aires para estudiar. Ahí empezó a ir a terapia y la psicóloga le ayudó a entender que estaba pasando por un trastorno alimenticio.

Por primera vez en su vida, se sintió respaldada por una profesional de salud y dimensionó más que nunca cuánto le había robado la gordofobia.

Algo que a me parece increíble es cuánto tiempo de tu vida dedicaste a pensar en adelgazar. ¿Cuánto tiempo de tu vida dedicaste de una balanza, a fundar calorías, a medir tu comida? ¿Cuánto tiempo de tu vida, en general, en el día a día, dedicaste a querer adelgazar? ¿Qué hubieras hecho con todo ese tiempo que estuviste solamente pensando en adelgazar?

Así que decidió que no perdería más tiempo. Había logrado hacer las paces con su cuerpo, pero ahora le faltaba hacerlas con el resto de las personas que le habían hecho tanto daño, como su mamá. Su primera etapa en Buenos Aires duró solo cuatro meses. Pronto llegó la pandemia y, en junio de dos mil veinte, Valentina tuvo que volver a vivir con su mamá. En la casa de su infancia volvieron los recuerdos de lo que era vivir en ese pueblo, un lugar donde nunca encajó.

Pero un día se le ocurrió que era momento de hablar públicamente sobre todo lo que tuvo que vivir e hizo algo inesperado. Se puso un bikini dorado y comenzó a maquillarse. Se pintó toda la cara de blanco con manchas negras, como una vaca, y se tomó tres fotos en primer plano. No se ve su cuerpo entero, solo se ven los tirantes del bikini y su cara pintada. En su oreja tiene un aro naranja, parecido al que le ponen a las vacas para identificarlas.

El texto de la publicación de Instagram tenía el título, las vacas no usan bikini, Y comenzaba así.

Cuando era más chica, si eras gorda, te insultaban diciéndote que eras o parecías una vaca. Durante muchísimo tiempo me lo dijeron cada día de escuela. Y después de muchísimo tiempo más, me aprendí como una regla que repetía antes de cada verano. Las vacas no usan bikini. Me lo grabé, me lo tatué, me lo quemé, me dolió, me hizo llorar, me marcó.

Las vacas como vos no usan bikini, tampoco remeras cortitas ni pantalones.

Hablaba sobre todo lo que aprendió a hacer de pequeña para tratar de pasar desapercibida, pero también de todo lo que había leído hasta ese momento y la forma en que estaba cambiando, cómo se veía a misma. Había otro fragmento que decía,

lo que les voy a

decir es que hoy me borré la regla que repito cada año antes del verano y decidí mostrarlo, una vaca usando una bikini dorada, y soy yo. Esa vaca soy yo, y la palabra vaca ya no me duele, y pude usar una bikini y me gustó. Terminaba invitando a

las personas como ella a que usaran colores y se animaran a mostrar más piel. Fue un momento liberador para Valentina, y muchísimas personas que la seguían en Instagram se emocionaron con lo que había escrito. La felicitaban y la apoyaban. Esa publicación fue el inicio de su activismo gordo, y así se convirtió en modelo de ropa. Publicaba sus fotos de cuerpo entero con bikini y lencería en su cuenta.

Con esto también vinieron comentarios de odio, pero estos mensajes no le afectaban como antes. Se sentía más fuerte y quería responder. Para la Navidad de dos mil veintiuno se hizo exámenes médicos y los publicó en su cuenta para demostrar que no estaba enferma, como todo mundo le decía. No tenía el colesterol alto, ni diabetes, ni triglicéridos altos. Había dejado de hacer dietas, parado de controlar su peso.

Ya no se subía a una balanza y no le hacía falta, estaba bien.

Y eso a también a darme cuenta de que me gustaba mi cuerpo y que me estaba gustando, de que me estaba sintiendo cómoda.

Pero le costaba hacer las paces con todo lo que había pasado con su mamá. Cuando comenzaron a vivir juntas otra vez, Maribel siguió diciéndole que debía bajar de peso por su salud. Valentina frenaba sus comentarios contestándole que no opinara sobre su cuerpo, sobre su ropa y lo que se servía en su plato.

Empezaban a surgir cosas nuevas, cosas en las que mi mamá creía, en las que yo ya no, y eso generaba, obviamente, un conflicto.

Con el tiempo, su mamá comenzó a ver cómo Valentina cambiaba, no solo de actitud, sino de estado de ánimo.

Me di cuenta que que ella estaba feliz así, que no, a ella no le no le afectaba en nada, que era una sana y que podía lograr todo lo que quisiera, igual estando así gorrita y que no le no le complicaba en nada ella.

Pero para Maribel no era siempre fácil. Me dijo que a veces le daba vergüenza salir con Valentina cuando usaba ropa, que en teoría era muy pequeña para ella o no apta para su cuerpo. Pero Valentina estaba ahí, dispuesta a conversar y a que su mamá la escuchara. No quería, como le ha pasado a muchas activistas gordas, romper la relación con su mamá, ya sea porque no pudieron perdonarlas por todo lo que les hicieron pasar o porque sus mamás simplemente no estaban dispuestas a cambiar la forma de ver la gordura.

O sea, yo realmente quería tener relación con mi mamá, quería poder acomodar eso, quería que ella me pudiera apoyar y quería que me pudiera acompañar.

Afortunadamente, Maribel comenzó a oírla con atención.

Y la verdad que es muy difícil, porque yo por ahí ahora me estoy dando

más cuenta de las cosas en porque, bueno, con ella estoy creciendo de a poco, aprendiendo, no creciendo, sino aprendiendo de lo que ella me enseña día a día y de cómo va viviendo día a día ella, y con eso voy aprendiendo. Y, bueno, también ayudando, acompañando.

Y, quizá, lo que más le sorprendió fue darse cuenta de que todo ese sufrimiento era, en parte, su responsabilidad.

Ella estaba bien con su cuerpo, era yo la equivocada, y desde ahí es como que, bueno, nada, no no opiné nada, sino opino, lo que estás haciendo está bien y su cuerpo está bien, y lo que se ponga está bien y lo se lo pone ella y lo disfruta y se ve bien así.

Maribel le pidió perdón a Valentina por todo lo que le había hecho pasar, y Valentina también le pidió disculpas a través de una carta que publicó en su Instagram. Así llegué a ellas. Empezaba así.

Una vez me dijeron, mamá fue la primera persona que me hizo sentir que mi cuerpo estaba mal, y desde ahí no puedo contar la cantidad de veces que la palabra mamá apareció al hablar de problemas con nuestros cuerpos. Mamá nos enseñó a adelgazar, a que veamos que nos quedaba bien y nos traspasó lo que ella aprendió, para que nos vaya bien, para que no nos hagan bullying, para cuidarnos, para intentar darnos lo mejor. A mamá le enseñaron adelgazar para entrar en su cuerpo.

Hablaba de que, a la final, las madres también son el resultado de una sociedad que siempre les dijo que si no eran delgadas, no eran suficientes, que no la descusaba, pero que entiende de dónde vienen, y seguía.

Mi mamá pidió perdón por intentar cuidarme con métodos que no eran los ideales, pero hizo lo que pudo con lo que tuvo. Pidió perdón y aprendió, porque le mostró al mundo que ella nunca vio. Te perdono, mamá, y te pido perdón. Y con eso, Maribel logró

ver a su hija, verla de verdad.

Lissette Arévalo, periodista, vive en Quito, Ecuador. Esta historia fue editada por Camila Segura, Natalia Sánchez Loaiza y por mí. Bruno Celsa hizo el fact checking, el diseño de sonidos de Andrés Aspiri, con música original de Ana Tuirán. El resto del equipo de Rambulante incluye a Paola Aleán, Pablo Argüelles, Lucía Auberbach, Adriana Bernal, Adrienis Casasus, Diego Corzo, Emiliar Bézar, Camilo Jiménez Santofimio, Remy Lozano, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, Barba Sahail, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Desiré Yépez. Carolina Guerrero es la CEO.

Rawmland es un podcast de Rawmland Studios, se produce y se mezcla en el programa Heindenbird Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de The Ambulantes, nuestro programa de membresías. Visita Rawmbulante punto org slash tonar y ayúdanos a seguir narrando la región. Rawmbulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón, Gracias por escuchar.

Podcast: Radio Ambulante
Episode: El cuerpo que odié