Estás en Estados Unidos, tu donación es deducible de impuestos. Muchas gracias. Aquí el episodio. Esto es Raambulante, su Daniel Alarcón.
Bueno, voy a preparar una sopa de queso. Es muy típico de Nicaragua para la Semana Santa. Viene del tiempo de la creencia de que cuando no se come carne y todo. O sea, yo no estoy siguiendo las tradiciones.
Es Jueves Santo de dos mil veinticuatro. Tradicionalmente, muchos católicos en Latinoamérica no comen carne en esta fecha. Pero Samantha Girón, la mujer que acaban de escuchar, no es católica ni practica ninguna religión. Prepara este plato por otra razón.
Yo la preparo porque a mí me encanta y como he visto fotos, se me antojó.
La nostalgia. Vio las fotos en redes sociales y hacía mucho tiempo que no comía una típica sopa de queso. Salió de Nicaragua hace casi dos años, y por motivos que ahora vamos a escuchar, ya son varios Jueves Santos desde que no prueba la sopa que preparaba su mamá. Vive en las afueras de San Francisco, California, y nuestra productora, Desirey Yépez, la visitó en su pequeño departamento, que es algo así como territorio nicaragüense en pleno Estados Unidos. En la comida, por ejemplo, no solo prepara la sopa de queso, sino todos esos platos que definen la cocina nicaragüense.
O
sea, el gallo pinto y el desayuno, a lo mejor sí la cena, que es algo como lo más típico de Nicaragua, bebemos fresco de cacao, siempre comemos tortillas palmeadas con queso, todo lo que sea nicaragüense. Y y siempre, o sea, amistades nicaragüenses, tratamos de mantener siempre la cultura.
Ok, pero esta historia no tiene que ver con comida, es mucho más, porque Samantha no es una inmigrante común. Por supuesto que cada historia de inmigración es única, entonces, seamos más específicos. Ella nunca se imaginó viviendo en Estados Unidos, nunca lo buscó y ni siquiera lo escogió. En su caso, alguien, un gobierno tomó esa decisión por ella.
Yo me sigo sintiendo cien por ciento nicaragüense, aunque legalmente no lo sea.
Y es que el régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, expulsó a Samantha de su país en dos mil veintitrés, cuando solo tenía veintitrés años. Y según las leyes, Samantha ya no es nicaragüense. ¿Cómo puede una joven como Samantha quedarse sin patria? Después de la pausa, su historia. La volvemos.
Estamos de vuelta en rambulante. Nuestra productora, Desirée Yepes, nos sigue contando.
Antes de vivir en Daily City, a las afueras de San Francisco, Samantha sobrevivió más de un año en una celda de la cárcel de mujeres La Esperanza, en Nicaragua. Y antes de entrar a prisión, tenía una vida relativamente común junto a su madre Carolina y sus hermanos menores, Julissa y Julio. Nació y creció en Masaya, la cuna de la revolución sandinista. La misma revolución donde Daniel Ortega combatió para derrocar la dictadura de la familia Somoza a finales de los setenta.
Es el lugar como donde hay más tradiciones, más cultura, el folclore, que representa todo lo que es la parte cultural de Nicaragua. Estamos catalogados como gente bien alegre, bochinchera, es como bien pleitistas, efusivos, que por cualquier cosa arman escándalo.
Es una ciudad de arquitectura colonial con calles adoquinadas que se levantan sobre las faldas de un volcán que aún expulsa lava y rodeada de lagunas naturales. Ese fue el escenario de las travesuras de infancia de Samantha.
Era como bien chimbarona, chimbarona es como hacer juegos muy de niños. Entonces, yo andaba como en el barrio corriendo, jugando en los chinos, me rajé la cabeza como tres veces, ya te imaginas, y mi mamá salía corriendo conmigo al hospital. Mi mamá siempre dijo que era muy hiperactiva y tenía un carácter muy difícil de controlar.
Por eso, para tratar de controlar sus emociones, su mamá la metió a clases de una de sus cosas favoritas, el dibujo.
Entonces, ella tenía que buscar una manera de canalizar esas emociones de una manera positiva, porque si no, me la iba por el mal camino.
También le transmitió la pasión por la lectura, para abrir su cabeza al mundo a través de los libros. Desde ahí empezó a dar forma a sus sueños, y uno de esos era ser periodista. Samantha recuerda que cuando era pequeña le encantaba jugar a presentar noticias. Jugaba a contar historias porque en su casa siempre había periódicos, por lo paradójico es que nunca se hablaba de política. Su mamá se dedicaba a cocinar en restaurantes o eventos y nadie discutía sobre la coyuntura del país, no había necesidad.
Eran una familia más, ganándose la vida como podían, aunque siempre hubo un hombre presente. Pero sí recuerdo siempre a Ortega
como presidente y como lo mencionaban en las noticias, presidente Daniel Ortega desde que tengo memoria.
Daniel Ortega lleva casi dos décadas en el poder en Nicaragua, Fue presidente entre mil novecientos ochenta y cinco y mil novecientos noventa. Luego, volvió a ganar las elecciones en dos mil seis, y desde entonces se ha valido de reformas y cambios a la ley para consolidar una dictadura despiadada. Pero en su escuela, Samantha tampoco escuchaba nada de
eso. Nunca se discutió que era una dictadura, que era un régimen totalitario, eso nunca yo lo escuché mencionar.
Hasta que un día, cuando Samantha tenía quince años, se enteró en el colegio de la existencia de la Federación de Estudiantes de Secundaria, un grupo de jóvenes nicaragüenses que defienden los principios del sandinismo, un movimiento político de izquierda que nació en los sesenta, de corte antiimperialista y que cree en la lucha armada. Está alineado con los principios marxistas de la revolución cubana. Es la base política de Ortega.
Uno de los profesores hizo un comentario como vino la FES, o sea, la Federación de Estudiantes Sandinistas, que querían involucrarse y entrar para poder convocar a jóvenes.
Samantha era becaria en el colegio Salesiano, un colegio privado dirigido por sacerdotes de esa comunidad, a quienes no les gustó la idea de que las juventudes sandinistas quisieran reclutar miembros en ese lugar.
El padre dijo que no, no quería absolutamente nada, ningún tema político con ellos. O sea, estos jóvenes, pues, se reunían en la casa del partido, hacían sus actividades en las casas del partido, eran los que hacían proselitismo político en las secundarias, en los colegios pegaban cosas del partido, entonces era un tema directamente político, más que académico.
Fue en esa misma época, en dos mil dieciséis, que Samantha se inscribió a clases de inglés en un instituto público. Estudiaba todos los sábados en un lugar rodeado de propaganda progobierno.
Fotos de Ortega, fotos de Rosario Murillo, de todo, pues. Y en la oficina del director académico, una bandera en Nicaragua y una bandera los sandinista.
Una bandera roja y negra. Estaba claro que era territorio oficialista y había una razón específica. Pronto se celebrarían elecciones. No pensó mucho sobre eso hasta que a finales de ese año, en plena campaña electoral, un grupo de jóvenes le invitó a pegar propaganda de otro movimiento político en las calles de Masaya. Ella dijo que sí, que iba.
Yo fui, sinceramente, porque, o sea, a mí me invitaron, no fui como porque tenía una posición política ni nada,
solo le gustaba meterse en todo. Unos días después, Samantha se enteró de que la juventud sandinista había quitado los afiches del candidato que habían pegado. Se indignó tanto que, sin
pensarlo mucho, escribió en su muro de Facebook, puse, qué barbaridad, cómo es posible que aplaudan y promuevan que los jóvenes de la juventud sandinista pagan como este tipo de cosas, y puse, lo que son son unos vagos deberían de estudiar, y puse, son unos sapos, Directamente ataqué a la juventud
sandinista. Un comentario visceral, uno que consideró sin importancia, pero de inmediato traspasó la red social y se convirtió en un problema serio. El director del instituto donde estudiaba inglés, ese con la bandera sandinista en su oficina, era su amigo en Facebook y, claro, él leyó el post.
Cuando yo llego el sábado a clases, a mí me llaman a la dirección. Me dijeron, mira, ¿por qué pusiste esto? Y yo, ¿por qué es cierto? Yo no sabía cómo esto me podía
afectar. Ese momento de envalentonamiento le costó la expulsión. Fue la primera señal que tuvo en su vida de que disentir en Nicaragua con Ortega al mando no era una opción. El castigo le hizo sentir que algo no iba bien y no era la única. Mientras Ortega celebraba su tercera victoria consecutiva, algo adentro de Nicaragua se movía.
Lo que parecía la consolidación de una dinastía familiar sería más bien una bomba de mecha corta. En abril de dos mil dieciocho, cuando Samantha tenía dieciocho años, algo en su país se rompió para siempre.
Regresamos a nuestra capital donde estudiantes universitarios se enfrentaron con la policía nacional y los agentes son respaldados por la juventud sandinista.
Varios estudiantes y agentes policiales resultaron heridos durante enfrentamientos. Hasta estos momentos, se contabilizan cinco personas fallecidas. Las protestas iniciaron desde el pasado miércoles en rechazo a las reformas del Instituto de Seguro Social.
Después de que el gobierno anunciara un decreto que reformaba la seguridad social, incrementando el aporte de los trabajadores y empleadores reduciendo las pensiones de los jubilados, la gente se tomó las calles sin miedo. La mañana del dieciocho de abril empezó a gestarse lo que la prensa calificó como el mayor levantamiento en el país desde que terminó la guerra civil en mil novecientos noventa. Para ese momento, la pareja presidencial Ortega Murillo ya controlaba prácticamente todos los poderes del estado, y en respuesta a ese autoritarismo, los jóvenes nicaragüenses impulsaron su versión de la primavera árabe. Armados con sus teléfonos celulares y su dominio de las redes sociales, desafiaron al gobierno. Las protestas comenzaron en la capital, Managua, pero rápidamente se expandieron hacia otras zonas.
La protesta se extendió en el interior del país, en ciudades como Matagalpa, León, Chinandega, Granada y Masaya, convirtiéndose en un verdadero reclamo nacional.
Mientras Masaya, la
ciudad de Samanta, se levantaba en rebelión, ella salió
de su casa a buscar a su hermana de catorce años, se levantaba en rebelión, ella salió de su casa a buscar a su hermana de catorce años en el colegio. Afuera todo era caos y ellas no tenían muy claro la gravedad de lo que estaba pasando.
Y en ese momento yo no dimensioné el peligro y todo lo que podía ocurrir, entonces le dije vámonos, nos fuimos a Monimbó.
Monimbó es un barrio de Masaya reconocido por ser el epicentro de los levantamientos sociales en el país, y en dos mil dieciocho no fue la excepción.
O sea, había en ese momento un enfrentamiento entre la población y y lo la policía antimotines, los de negro, de las fuerzas especiales, y entonces yo solo con mi hermana me acuerdo que me uní.
Nunca se esperó la represión que se encontró, es que no tenía precedentes, era brutal. Solo en el segundo día de protestas hubo tres muertes en el país. Con el paso de las horas, la situación se volvía crítica, y eso provocó que la población, encabezada por los jóvenes identificados con los colores blanco y azul de la bandera nicaragüense, no bajaran la guardia. Al día siguiente, Samantha encontró una bandera y salió a protestar de nuevo.
Y empecé también a escribir en redes sociales. Compartía todas las noticias, los en vivos, las personas que estaban siendo heridas
y hacía comentarios.
Como yo digo, en ese momento yo bien atrevida, como que esto ya es una dictadura, qué bueno que la gente se despertó, yo creo que ya no va a haber marcha atrás.
Lo que sucedía en Masaya era paradójico. La revolución que hacía casi cuatro décadas llevó al ascenso de Ortega comenzó ahí, en ese lugar. Pero esta vez la revolución era en su contra. La ciudad estaba sitiada con barricadas hechas con los adoquines de las calles. Los jóvenes no estaban dispuestos a perdonar la represión del gobierno ni el asesinato de manifestantes.
Desde sus trincheras, acorralaban a las fuerzas oficiales que respondían con balas, y los rebeldes debían improvisar para atender a sus heridos. En los días siguientes, organizaciones de derechos humanos denunciaron que las autoridades nicaragüenses se volvieron contra su propia gente en un ataque cruel, sostenido y letal contra la vida, la libertad de expresión y la libertad de reunión pacífica. En ese momento, Samantha, que había hecho cursos de primeros auxilios, era voluntaria del cuerpo de bomberos. La organización estaba bajo la orden del gobierno, y cuando comenzó la represión a los manifestantes, el régimen ordenó no atender a los heridos como otra forma de castigo.
Entonces, yo decidí darme de baja, porque decía, no se puede, ¿cómo es posible que van a exigir que no atiendan? En ese momento me llegué el mensaje de un excompañero bombero.
Habían hecho un grupo de Cruz Rojistas, bomberos, estudiantes de medicina, enfermeros y personas que habían estado en los boy scouts para atender a los heridos por la policía.
Y me dijeron, mirá, estamos haciendo bosques, y yo, claro que sí, apoyemos.
Metió en una mochila una camiseta, un short, ropa interior, gasas, yodo, alcohol, guantes, y se fue sin avisar para apoyar a los rebeldes que se acomodaron en una casa de seguridad. Era un espacio al que pocas personas sabían cómo llegar y donde improvisaron una clínica clandestina.
Entonces, empezamos a organizarnos en un cuarto, a poner, a hacer tipo camilla, a hacer agua con bicarbonato para poder mitigar el gas lacrimógeno. Empezamos a hacer unas mochilitas donde llevábamos pastillas para el dolor, inyecciones, cosas, material de sutura.
Afuera, el escenario era apocalíptico, una guerra. La alegría de Masaya se había transformado en ira y miedo. Mientras algunos se protegían en su casa de los disparos, los morteros y las detonaciones, los chavalos, como les dicen allá a los jóvenes, libraban una batalla campal. Samantha atendía a los heridos de bala o intoxicados con gas que llegaban, o salía a buscarlos en las calles cuando le tocaba su turno. Y así pasaron días hasta que regresó a su casa.
Mi mamá estaba muy mal, pues, y no sabía en qué momento le iban a llamar rizándole que me habían matado o algo.
Los muertos se contaban por decenas y, en lugar de detenerse, la resistencia crecía. Ya no había lugar para la negociación, a pesar de que el gobierno ofrecía dar marcha atrás a las medidas que desencadenaron el estallido. El grito era mayor
y empezó el movimiento de las madres de abril, de todos los jóvenes que estaban siendo asesinados, y y hubo el no retorno, obviamente, a todo lo que ocurrió. Y ya las demandas fueron creciendo, justicia, libertad, democracia.
Una protesta que se convirtió en un movimiento rebelde ahora era una amenaza creciente para el régimen nicaragüense. Pasaron los meses, era una cacería contra todo aquel que pudiera ser considerado opositor, y la vendetta de haber ayudado a los insurgentes, un día tocó la puerta de la casa de Samantha.
Como fui a un hombre de los bomberos, conocí a muchos policías y personas, pues, de todas las instituciones porque se trabaja en conjunto, y me escribió un policía que yo conocí y me dijo, andate, porque aquí en el sistema hay una orden de captura con tu nombre y yo creo que sí sos vos, me decís.
Una estudiante de colegio de tan solo dieciocho años en la mira del gobierno. Así que el ocho de julio de dos mil dieciocho, Samantha decidió salir de Masaya rumbo a San José, en Costa Rica. Cruzó la frontera en autobús, abandonó las clases de arte, las ferias de ciencias, los torneos de ajedrez y viajó unas doce horas rumbo al exilio. Era un país en el que debía empezar de ser sola.
Fue mi primera separación forzada con mi familia, el dejar mi casa, mi hogar, mis hermanos, y también es cuando empecé a sentir esa carga emocional. Una carga que no solo era mía personal, sino una carga colectiva y esa impotencia de poder querer cambiar algo y no poder hacerlo.
Los primeros meses se instaló junto a su novio de ese momento, que también huyó del país. Logró matricularse en un colegio y graduarse. Luego, empezó a estudiar ciencias políticas en la universidad y se involucró en la creación de organizaciones feministas de nicas de exiliadas.
Empecé a ir siempre a las marchas que se hacían afuera del consulado de Nicaragua y también a todos los eventos y las vigilias, y fue que empecé a conocer personas y involucrarme con jóvenes. Entonces, ahí comienza como de lleno mi activismo en dos mil dieciocho a finales.
A pesar de lo duro de la distancia y la separación, estaba ordenando las piezas de su nueva vida. Cuando ya vivía sola en un pequeño estudio, llegó dos mil veinte y todo se desplomó.
Vino el COVID, y el COVID nos jodió a todos, por igual. Ese encierro, ese aislamiento a mí me hizo muy muy mal, o sea, caí a una depresión muy fuerte, donde empecé a bajar de peso, no comía, pues entonces estaba en una situación emocional bien complicada.
Y fue ahí que pensó que como ya había pasado dos años fuera de Nicaragua, la intensidad de las manifestaciones, la violencia y el acoso había bajado. Sintió que el riesgo ya no era el mismo. Aunque su mamá sí tenía un poco de miedo, apoyó su regreso con la única condición de que Samantha se comprometiera a no llamar más la atención.
Y si dejar todo y regresarme a Nicaragua en dos mil veinte y regresé normal, pasé por frontera. Me registraron, me tomaron fotos, me acuerdo y, pero algo no pude cumplir y fue quedarme calmada. Siempre seguí involucrándome. Y contrario a lo
que pensaba, fue un momento muy relevante. En el país, el ambiente estaba enrarecido. Mientras el mundo se encerraba, Daniel Ortega se resistía a la cuarentena por el coronavirus y no solo rechazaba las medidas de aislamiento, sino que las despreciaba organizando actos públicos masivos. Era una crisis dentro de la crisis. Al personal médico ni se le permitía utilizar mascarilla.
Samantha retomó sus estudios de ciencias políticas y también se inscribió en la carrera de periodismo combinando ambas profesiones en su activismo. Optó por hacerse escuchar en lugar del silencio. Daba entrevistas en espacios internacionales sobre el estallido social nicaragüense. Esta es ella en un conversatorio virtual organizado por una plataforma boliviana.
El tema del manejo irresponsable de una pandemia y las mentiras de una dictadura y un régimen no se puede, este, separar. Y el país ya está viviendo una crisis política muy seria y una crisis económica, y entonces se suma la crisis sanitaria de COVID
diecinueve. También escribía artículos en medios locales. En uno de sus textos describió a Ortega como un dictador anacrónico, desfasado, que se quedó en los años sesenta y la Guerra Fría, siguiendo el ejemplo de Fidel Castro. Así, el perfil político de Samanta, en lugar de pasar desapercibido, se volvió más notorio. Nicaragua, que para ese momento era la segunda economía más pobre del continente, no veía la tregua.
Todo iba en declive, y el paso de dos huracanes devastadores a finales de dos mil veinte empeoró todo. La oposición se organizaba para sacar a los Ortega Murillo del poder, y la oportunidad eran las elecciones que se celebrarían en dos mil veintiuno, pero el gobierno desató una persecución sin precedentes a los potenciales candidatos a la presidencia. Siete aspirantes fueron arrestados. A pesar de todo, Samantha no sentía que su activismo pudiera ser riesgoso.
Sinceramente, nunca me sentí blanco, porque mira, yo decía, una chavala universitaria de veinte años, de veintiún años, o sea, que apenas que ha empezado su activismo, su trabajo político en dos mil dieciocho, dos mil diecinueve, no puede representar una amenaza para un régimen, ¿no? Para una dictadura.
Además, había otros blancos mucho más relevantes a nivel político, candidatos presidenciales, lideresas de movimientos sociales, ¿por qué se fijarían en ella?
Mucha gente me lo decía. Samantha, o sea, tené mucho cuidado, a vos te pueden agarrar, y yo, no, no, o sea, siempre creí que habían otras personas que estaba en la lista y y y y que no iba a ser yo una de ellas.
Organismos internacionales cuestionaron la validez del proceso electoral porque se impidió que la oposición participe. Como todo indicaba, como estaba planeado y diseñado, Ortega ganó. Todos sus opositores estaban presos o en el exilio. En las elecciones, Samantha apoyó la cobertura de un grupo de periodistas que estaban instalados en un hotel en Managua. Dos días después de las votaciones, el nueve de noviembre de dos mil veintiuno, aún trabajando desde el hotel, Samantha bajó a desayunar y la actitud de uno de los meseros llamó su atención.
Y el mesero no me dejaba de mirar. Me quedaba viendo constantemente, me quedaba viendo como nervioso, pero él fue el que dio parece que aviso, era informante.
Luego de comer subió a la habitación y al salir del cuarto
yo me topé con un hombre que me quedó viendo y yo seguí continuo normal.
Hasta ahí, nada que le preocupara realmente, solo incomodidad. Al mediodía, sus colegas periodistas decidieron almorzar fuera del hotel, así que salieron juntos en una camioneta blanca. Ella llevaba puesta una mascarilla con el logo del medio de comunicación donde sus amigos trabajaban.
Me acuerdo que solo agarré mi teléfono y me monté en la camioneta en la puerta de la derecha.
Al salir del hotel entraron a una avenida con mucho tráfico, había carros y congestión. Un policía que estaba dirigiendo el tránsito, al ver la camioneta, les pidió que se detuvieran.
Mi amigo se parquea normal y se le acerca el policía de tránsito. Le dice, dame tus documentos.
La reacción de Samantha fue agachada su cabeza detrás del asiento, un impulso como para evitar que la vieran. Se quitó la mascarilla para que no la identificaran con el equipo de prensa.
Agarré mi teléfono y lo puse en la guantera en la parte de atrás y yo me quedo sin nada y dice el policía de tránsito a mi amigo, ¿desenyaba la camioneta o te llevo preso? Le dice.
El conductor apagó el carro y en cuestión de segundos ya había un auto rojo sin placas parqueado junto a ellos de donde se bajaron un hombre y una mujer con pasamontañas y abrieron la puerta del lado donde estaba Samantha.
Y la mujer dice, a ver, que se baje la compañera, entonces me sacaron a la fuerza de la camioneta y el hombre y la mujer me agarraron de un lado y tenían abierta la puerta del carro atrás y me metieron.
Luego volvieron a la camioneta y exigieron a los compañeros de Samantha que le entreguen su celular y la secuestraron. No le mostraron una orden de detención y, al meterla en la parte de atrás del auto, la golpearon en la cara.
Me acuerdo que andaba una pulsera de Nicaragua de cuero con la bandera y me la arrancaron. Igual una cadena de plata, con el dije en Nicaragua también me lo arrancaron.
El tipo con el que se había cruzado horas antes en el pasillo del hotel estaba al volante y conectado a una videollamada,
y en ese momento el hombre pone la cámara y le dicen, egeya, la tenemos, sí, confirmado, egeya.
Y se la llevaron. En el camino, que se sintió eterno, amenazaron con matarla y le preguntaban sobre otras personas. Samantha, paralizada por el pánico, no sabía qué le iban a hacer. Quienes la capturaron la entregaron a la policía en un centro de detención.
Me metieron a un cuarto donde me desnudaron, me tomaron fotos, me pusieron mis huellas y me pusieron un uniforme azul y me metieron a una celda. Y en ese momento me obligaron a a desbloquear mi teléfono y me llevaron para firmar un montón de cosas.
Samantha mide menos de un metro sesenta y nadaba dentro de ese uniforme azul enorme que olía mal. Vestida así, firmó un documento donde se indicaban las acusaciones contra ella, menoscabo de la soberanía nacional en perjuicio del estado y difusión de noticias falsas, según la ley de ciberdelito. Esta ley se aprobó en dos mil veinte y ha sido utilizada para condenar a quienes difundan información que el régimen podía considerar falsa o tergiversada. Fue en ese momento, después de firmar, que le mostraron la orden de captura. Estuvo en ese centro de detención un mes, luego la trasladaron a La Esperanza, la única cárcel de mujeres del país.
Ahí, en una celda de máxima seguridad, debería esperar a que llegara a su juicio,
donde las camas estaban pegadas en el suelo, soldadas, y en donde eran unas celdas súper altas y solo había unas verjas pequeñas donde entraba luz, no podíamos ver absolutamente nada, no mirábamos a nadie, no teníamos contacto con nadie.
Ahí estuvo durante ocho meses junto a Evelyn Pinto, una veterana defensora de derechos humanos. Al principio les dijeron que estaban en aislamiento, solo por quince días como medida de seguridad por el coronavirus. En marzo de dos mil veintidós, cuatro meses después de su arresto, fue el juicio y la condenaron a ocho años de prisión. Una de las pruebas que se usaron en su contra fue la entrevista que escuchamos antes, en la que hablaba del manejo de la pandemia.
O sea, yo ya sabía que me iban a condenar, porque todo era un guion, se lo dije al juez, que él ya tenía indicaciones y que al final me condenara el tiempo que quisiera y los años que quisiera,
años, Samantha era una de las presas políticas más jóvenes en Nicaragua. Estaba recluida en la celda número cinco, una olla de presión donde el calor, que puede alcanzar los treinta y cinco grados centígrados, la cocinaba viva. Y cuando llovía, el techo no servía de mucho para protegerse del agua que se filtraba. Era un cuarto dedicado a las presas políticas, sellado con una puerta sólida, que en la parte superior tiene una pequeña ventana asegurada con rejas y por donde casi no entraba la luz. Los días arrancaban a las cinco de la mañana, cuando las heladoras llegaban a supervisar que no se hubieran escapado.
Después, le
servían el desayuno, que consistía en arroz y frijoles. No podían salir al patio ni ver a nadie. Samantha se pasaba el día durmiendo. Después de meses, cuando ya la reunieron con las presas comunes, les permitieron que sus familiares, a quienes veían cada veintiún días, les llevaran libros, pero ninguno relacionado con política ni psicología.
Entonces, mi mamá llevó un libro de Isabel Allende que se llama De amor y de sombra, que nosotros teníamos en la casa. Acuerdo que luego mi mamá llevó otro libro, por ejemplo, llevó Los miserables de Truth y no lo dejaron pasar, dijeron que ese libro no. O sea, tal vez se sintieron identificados con el título, bien miserable ellos.
Las guardias no sabían que de amor y de sombra habla de arrestos arbitrarios, desapariciones, de ejecuciones, de personas dispuestas a arriesgar todo por la justicia y la verdad. Pero bueno, además de la literatura, su mamá, que no faltaba nunca al día de visitas, logró darle lápices de colores y hojas. Pudo dibujar durante unos meses hasta que le quitaron esos materiales. Samantha no podía sacar los dibujos ni dárselo a su familia. La tortura era constante.
Era como que el mundo se detenía. Adentro, nada pasaba, o sea, no sabíamos nada.
La poca información que les llegaba era lo que sus familiares les contaban. Y así fue como se enteró de que Ortega, en algún discurso, había dicho
Esos que están presos ahí son los hijos de perra de los imperialistas yanquis. Se los deberían llevar para allá, para los Estados Unidos, porque esos no son nicaragüenses. Dejaron de ser nicaragüenses hace rato, no tienen patria.
Yo bromeé con mi compañera Acell y le dije, se imagina que esto nos monte en un avión y nos manden para Estados Unidos, y nosotras en risa, no, eso no va a pasar. Y eso fue lo que pasó.
Una negociación diplomática cambió el curso de esta historia, de la historia de Samantha Girón y la de otros doscientos veintiún presos políticos. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en RARAM volante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, Samantha Girón cumplía una condena de ocho años por difusión de noticias falsas en la cárcel de mujeres de Nicaragua. Pero una noche sucedió algo tan descabellado que nadie lo pudo anticipar.
Desirée Yépez nos sigue contando.
En la cárcel todos los días eran iguales, no había noticias del mundo exterior, nada capaz de romper la inclemencia de la rutina. Adentro nadie podía imaginar que una llamada sería el primer paso de una operación que, al menos en América Latina, nunca se había visto. A finales de enero de dos mil veintitrés, la vicepresidenta de Nicaragua y esposa de Daniela Ortega, Rosario Murillo, llamó al entonces embajador de Estados Unidos en el país, Kevin Sullivan. Así lo describió él en el documental Operación guardabarranco, que reconstruye lo que pasó.
Quería que fuera a hablar con el canciller, Denis Moncada, y que tenía algo importante para para conversar conmigo.
El canciller le hizo una propuesta.
Me planteó la posibilidad de que si Estados Unidos estaba dispuesto a recibir a los presos.
Se dice que este acercamiento fue una maniobra política para quitar la presión o la tensión que existía sobre la pareja presidencial, acusada internacionalmente de secuestro, detenciones arbitrarias, tortura, expropiación y violación de derechos humanos a los disidentes con los que al mismo tiempo abarrotaban las prisiones. El embajador estadounidense reveló en el documental que tanto el secretario de estado como el presidente Joe Biden estuvieron al tanto de esta oferta, y aceptaron la lista con los nombres de más de doscientas personas que serían liberadas. El grupo incluía líderes sociales, periodistas, ex militantes sandinistas. Lo siguiente fue aprovechar cada minuto antes de que alguien pudiera arrepentirse.
No es algo que pase todos los días. Nosotros tenemos muchos requisitos y y trámites para entrar en Estados Unidos. Algunas de estas personas tenían visas, muchas de muchos de ellos no.
Había quienes ni siquiera habían viajado antes en avión. La operación, que oficialmente se bautizó como Nica Wilcom, debía mantenerse bajo reserva absoluta. Un paso en falso y todo se derrumbaba. Para cumplir con la misión, el Departamento de Estado buscó al Instituto Internacional sobre Raza, Igualdad y Derechos Humanos, que con base en Washington, D.C. Trabaja en países como Nicaragua y Cuba.
Necesitaban apoyo en la logística y atención humanitaria para recibir a cientos de presos políticos que llegarían a Estados Unidos directamente desde la cárcel. Este es Carlos Quesada, director de la organización y que estuvo a cargo de esa logística.
Dos semanas antes ellos se comunican y nos dicen que existe la posibilidad de que salgan alrededor de doscientas personas presas por motivos políticos de algún país en América Latina y que necesitan el apoyo de nuestra organización para la logística de la bienvenida de ellos.
Carlos recibió la llamada de una persona del departamento de estado buscando su apoyo, pero no le dieron más detalles. Aunque no sabían de dónde llegarían las personas liberadas, tenían el encargo de conseguir más de doscientas habitaciones de hotel, celulares para cada uno, tarjetas SIM para que esos teléfonos funcionaran, ropa y zapatos para mujeres y hombres sin saber siquiera las tallas. Solo había algo claro, era invierno y las temperaturas en Washington son gélidas. La situación no era sencilla.
Que no era solamente abrigo, era ropa interior, una mudada por lo menos, aspectos del aseo físico, jabón, ir a comprar toallas sanitarias para las mujeres.
Carlos ni siquiera sabía cuándo iban a llegar. Podía suceder en cualquier momento y debían estar listos. Trabajaron casi las veinticuatro horas del día durante una semana. Pero mientras tanto, en la prisión La Esperanza de Nicaragua, Samantha vivía en un letargo que impedía la sospecha de que algo estaba por venir, así que la noche sofocante del ocho de febrero de dos mil veintitrés parecía una más tras las rejas de la cárcel de mujeres en Managua.
A las nueve es el toque de queda, entonces, apagaban las luces y yo estaba como con dolor o algo, entonces, había pedido un medicamento y me habían dado una pastilla para el dolor bien fuerte, entonces, eso me había ayudado a dormir más temprano porque, generalmente, me dormía de madrugada, porque tenía mucho insomnio, muchos problemas para dormir.
A eso de las diez y media de la noche, llegó una de las custodias y le ordenó que se levantara.
Me dice, dale, levantate, que vas de traslado. Y yo, en ese momento, yo me asusto.
Samantha no entendía lo que pasaba, estaba muy nerviosa, sentía que su pecho iba a estallar. ¿De traslado a dónde? ¿Por qué casi a la medianoche? Apenas tuvo tiempo de guardar en un bolso una biblia que su mamá le había regalado, el uniforme, sus dibujos y ponerse sus lentes. Estaba en pijama, pero no había tiempo para más.
Salió de la celda junto a Evelyn, su compañera de ese momento, también presa política. Las llevaron a un cuarto donde esperaban otras presas políticas y les dieron ropa para que se cambiaran. Samantha se puso una licra gris y una camiseta café usadas. Luego de una hora, las subieron a todas a un bus. Las ventanas estaban cubiertas, no tenían ni idea de hacia dónde iban.
Ay, estábamos de acuerdo nerviosa, nos quedamos viendo.
Después de unos diez minutos, hicieron una primera parada. El bus se detuvo y bajaron a las ocho mujeres en el sistema penitenciario La Modelo, la cárcel de máxima seguridad donde estaban los presos políticos, hombres, que se contaban por decenas. Las llevaron a una habitación donde habían reunido a más presas políticas que venían de otras ciudades. Estuvieron ahí varias horas, había comida, bebidas, todo muy raro y sospechoso, por lo que no se atrevían ni a comer.
Y ya después empezaron a decir, bueno, levántense y se van a ir en fila una por una.
Mientras los escoldos tomaban fotos de todo, las esposaron con bridas, esas tiras de plástico que sirven para asegurar cosas, y subieron de nuevo a las mujeres a un microbús blanco y a los hombres a un vehículo más grande. Ventanas cubiertas y ninguna información. Arrancaron el camino hacia lo incierto otra vez junto a una caravana de autos policiales.
Yo me doy cuenta que estamos entrando a algo que tiene que ver con el aeropuerto cuando escucho un avión despegar. Y entonces, en ese momento, como decimos, a mí me cae el veinte y yo, no sé, me dio algo, y yo me doy cuenta que vamos fuera del país. Pero yo dije, nos van a mandar a Cuba, a Venezuela, porque no es normal, o sea, que nos lleven esposados, que nos estén igual tratando mal a última hora, siempre despectivo.
Hasta que la jefa de las cuidadoras hizo un anuncio.
Saca un folder, un documento y dice, voy a empezar a llamarlos por nombre. La que va llamando se va levantando y me firma. Entonces, yo soy la segunda en que llaman. Y cuando yo veo el documento, yo sentí que se me bajó la presión, que la sangre me dio vuelta dos veces, no sé por qué decía. Ministerio de Gobernación, yo, sin que Samantha pedía a Girón, acepto voluntariamente viajar a una línea en blanco.
No decía hacia dónde las expulsaban ni las condiciones en que saldrían. Además, en lo que parecía ser la pista de un aeropuerto, estaban rodeados de personas armadas hasta los dientes.
Yo en un momento que se mueve la la cortina, yo logro ver a alguien del ejército con un aca, con armas, no sé, pero un arma grande, pues, que está cargando. Entonces, a mí se me ocurrió, dije, nos van a disparar, nos van a matar, o sea, vimos tanta crueldad, vimos tanta represión en dos mil dieciocho que sabemos de los que son capaces y sabíamos que nos podían hacer cualquier cosa. Además, había tanto odio, se descargaban tanta frustración, tanto odio, o sea, era como como que no éramos nicaragüenses, como que no tenían familia, como que nosotras o los presos no podían ser sus hijos, sus hermanos, sus padres, lo que sea. Nosotros pensamos que nos iban a matar. Mi único pensamiento era mi mamá.
Nuestra familia no sabe dónde estamos.
Pero no había muchas opciones, era una situación de aceptar eso tan incierto que le estaban proponiendo o quedarse en la cárcel, así que firmó a ciegas. Mientras esto sucedía, los chats de periodistas nicaragüenses se activaron. Es que entre los cientos de prisioneros políticos había personas reconocidas y personajes públicos como los ex precandidatos presidenciales, figuras que generaban constantemente noticias a su alrededor y que, por su condición, habían logrado pagar sus condenas en arresto domiciliario. Así lo recuerda la periodista nicaragüense Tiffany Roberts, una de las primeras en enterarse de la misión. Ella estaba en San Francisco, en Estados Unidos.
Por ejemplo, Cristiana Chamorro, Pedro Joaquín Chamorro, los hijos de la expresidenta. O sea, eran personas reconocidas a nivel internacional. No sabíamos si les estaban cancelando la casa por cárcel y los estaban regresando a la mazmorra del Chipote, o si era un signo de que algo estaba pasando.
El Chipote es una cárcel emblemática de la historia nicaragüense que ha sido utilizada por las dictaduras para encerrar y torturar. Hoy sigue operando como centro de tortura contra los presos políticos, pero esta vez no lo estaban llevando hacia allá.
Nos enteramos que muchos de los presos políticos que estaban detenidos en cárceles de los diferentes departamentos, los habían trasladado a Managua. Nos tenían a todos básicamente concentrados en una en la ciudad.
En ese momento, Tiffany, que hace periodismo desde hace más de treinta años, empezó a buscar información entre todas sus fuentes. Contactó a familiares de los presos, a diplomáticos y a personas dentro del gobierno. Era claro que algo fuera de lo común se estaba preparando. La pista principal era que, según recuerda, llevaban meses sin novedades sobre los presos políticos, y esa noche, de un momento a otro, todo parecía reactivarse. Las horas pasaban mientras los periodistas investigaban lo que estaba sucediendo.
Eran más de las cuatro de la mañana cuando bajaron del bus a Samantha y a las otras presas. Al salir, se encontró en medio de una pista aérea rodeada de hombres con pasamontañas y armas automáticas frente a un avión blanco enorme que en letras rojas decía Omni Air International. La aeronave, que en otras ocasiones se usó para trasladar a personajes como reyes, jefes de estado, celebridades, había despegado horas antes desde una base naval en Virginia, en las afueras de Washington, DC, junto a diez funcionarios de la administración pública y del servicio exterior de Estados Unidos, y lo único que esperaba para levantar vuelo era el embarque de ese grupo de mujeres.
Y en ese momento se me acercó una funcionaria del departamento de estado y me preguntó mi nombre. Yo le dije mi nombre y había una cajita donde tenían todos los pasaportes y tenían una hoja con las listas y unas fotos nuestras.
En las últimas horas se habían impreso más de doscientos pasaportes. En el caso de los prisioneros que nunca sacaron uno, el régimen reemplazó las fotos con la de la ficha policial.
Las personas que vinieron a esta misión todos hablaban inglés y español. Entonces, me preguntó mi nombre y y me preguntó, ¿aceptar voluntariamente viajar a Estados Unidos? Y yo le dije que sí, porque qué iba a hacer.
No era una decisión sencilla. Muchos presos políticos que habían estado recluidos por años dudaron antes de abordar y la orden del departamento de estado era clara. Solo viajarían quienes aceptaran hacerlo voluntariamente, pero dar ese paso era más difícil de lo que se podría imaginar. No sabían qué iba a pasar con ellos una vez fuera de Nicaragua, tampoco si podrían ver a su familia de nuevo, eran demasiadas preguntas y muy pocas certezas. Todo bajo presión, en inmediatez.
La situación era desconcertante hasta para los agentes estadounidenses que se enteraron que volarían hacia Managua apenas unas horas antes. Lo que menos había era tiempo para procesar lo que estaba pasando, así que Samantha se subió al avión. Fue una de las últimas en hacerlo y ya casi todos los asientos estaban ocupados.
Empecé a ver a todos amigos míos que habían sido capturados semana antes y a Kevin Solís, que de hecho, pues yo le dije qué alegre, que estés libre, yo sabía de su caso lo había seguido.
Kevin Solís es un líder estudiantil defensor de derechos humanos que estuvo preso dos veces. La segunda fue sometido a torturas en la cárcel la modelo. Llevaba encerrado desde el dos mil veinte. En el avión también estaban los siete precandidatos que intentaron hacer oposición contra Otegi Murillo en dos mil veintiuno.
Y era tanta la euforia, nadie se sentaba llorando, viéndonos, todos flaco, demacrados. O sea, a veces ni nos reconocíamos.
Cuando el avión empezó a moverse, las voces de los doscientos veintidós liberados empezaron a cantar el himno nacional de Nicaragua. A las seis y treinta y uno de la mañana, los sonidos de las turbinas al despegar se mezclaban con gritos de viva Nicaragua libre, viva Managua, viva Masaya. Tiffany Roberts, en San Francisco, no había dormido en toda la noche, y con las pistas que una fuente le daba, consiguió el número del avión y trazó la ruta del vuelo OIE tres siete nueve. Así descubrió que pasadas las once y media de la mañana aterrizaría en el aeropuerto en Washington, D.C. Tiffany no quería anunciar nada a pesar de sus impulsos hasta que se hubieran alejado del espacio aéreo nicaragüense.
Temía que cualquier cosa pudiera entorpecer el viaje. Esperó a que su fuente le dijera que era seguro comunicar lo que sabía. Entonces, finalmente, tuiteó.
Última hora, doscientos trece presos políticos fueron liberados esta mañana de las cárceles de Nicaragua. Fueron trasladados al aeropuerto internacional, donde los esperaba un avión para llevarlos a Estados Unidos. En estos momentos van rumbo a Washington, DC.
Fue la primera en anunciar al mundo públicamente lo que pasaba. Como ya dijimos, no fueron doscientos trece, sino doscientos veintidós los presos políticos que se bajaron del avión una mañana de invierno en la capital de los Estados Unidos. Así recuerda la escena Carlos Quesada, uno de los que estaba a cargo de la logística humanitaria.
Habían estudiantes, habían mujeres, habían personas l
En el aeropuerto estaba listo todo un operativo para recibir a los dex presos políticos. Eran muchas las personas que habían trabajado en eso. Ahora estaban ahí para lograr el ingreso, sin incidentes, de los nicaragüenses en suelo estadounidense.
Cuando íbamos bajando, me acuerdo que nos quedaban bien, no sé, como como bichos raros, no sé, asustados ellos, o sea, no es normal, yo creo que en tu vida una vez lo vas a ver, o sea, venir, bajarse de un avión a tantos precios, vez lo vas a ver, o sea, venir, bajarse de un avión a tantos presos políticos que vienen de la cárcel
directamente. Y venían muchos desorientados, o sea, venían muchos de ellos en estado de shock.
En Latinoamérica no existen precedentes de una operación de este calibre, donde un gobierno asuma la liberación de cientos de presos políticos a través de una operación prácticamente clandestina. Por eso, como varias de las personas liberadas no tenían visa para entrar a Estados Unidos, el gobierno facilitó la opción de darles un parol humanitario. Es un permiso para ingresar y permanecer legalmente en el país por dos años con la posibilidad de tramitar un
asilo u otra figura que les permita convertirse a futuro en residentes.
Pero no hay garantías, es un proceso. Un hotel en donde se quedarían seis días. Ahí les entregaron ropa, un poco de dinero y un teléfono celular para comunicarse con sus familias.
Familiares no saben dónde están, ya algunos de ellos creen que salieron pero no saben exactamente desde ellos, muchos tenían meses de no hablar con sus familias, uno de los jóvenes que había entrado cuando era menor de edad y salió siendo mayor de edad, llama a su mamá y le dice, mamá, dicen que estoy en Estados Unidos, pero no sé si es cierto.
El nivel de abrumación era total, hacía unas horas estaban tras las rejas y ahora caminaban por DC. Cuando Samantha prendió el teléfono que le dieron, lo primero que hizo fue llamar a su mamá. Los otros hacían lo mismo, buscar a sus familiares y contar que estaban vivos, que estaban bien y fuera del país. Pero de un momento a otro, mientras llegaban las actualizaciones de lo que sucedía, una noticia cambió el panorama. Ese nueve de febrero de dos mil veintitrés, un juez nicaragüense anunció que los presos políticos habían sido deportados y declarados traidores a la patria.
Los deportados fueron declarados traidores a la patria y sancionados por diferentes delitos graves e inhabilitados de forma perpetua para ejercer la función pública en nombre del servicio del estado de Nicaragua, así como ejercer cargos de elección popular, quedando suspenso a sus derechos ciudadanos de forma perpetua.
Pero no fue lo único. Ese mismo día, la asamblea nicaragüense aprobó una reforma a la constitución.
Es
necesario ampliar lo estipulado en el artículo veintiuno de la constitución política de la República de Nicaragua, en el sentido de que los traidores a la patria pierden su calidad de nacional nicaragüense por lesionar estos los intereses supremos de la nación.
Este anuncio tomó a todos por sorpresa. Se sabía que el régimen Ortega Murillo es implacable con quienes considera sus enemigos, pero esta posibilidad de perder la nacionalidad nunca fue contemplada. Nadie lo había mencionado en las negociaciones. Ni siquiera el embajador de Estados Unidos en Nicaragua pensó que algo así sucedería. La ONU es clara al indicar que el derecho a la nacionalidad es un derecho humano fundamental.
Esto implica que cada persona pueda tener, cambiar y mantener una nacionalidad. En ese sentido, la facultad de los estados de decidir quiénes son sus ciudadanos no es absoluta. Quitarle una nacionalidad a una persona y dejarla en ese limbo la convierte en apátrida, sin patria. Este Samantha Girón al recordar cómo tomó la noticia cuando se enteró.
Yo andaba como, mira, perdida, yo, nos quitaron la semana y yo, ¿cómo que nos quitaron la semana? No dimensioné, no le puse atención ni nada, hasta después de dos, tres días.
Es que era una vorágine. Quienes tenían familiares en Estados Unidos viajaban a reunirse con ellos en esas otras ciudades. Eran pocas horas, pocos días para volver a colocar los pilares sobre los que construirían una nueva vida otra vez desde cero, empezando por entender quiénes eran después de la cárcel en un país ajeno. Por ejemplo, en cuanto se anunció que Nicaragua les quitó la nacionalidad, inmediatamente países como España les ofrecieron la ciudadanía. Samantha aceptó en ese instante.
Por el momento, yo no me siento española ni identificada porque, además, ni siquiera conozco España.
Porque aunque suene muy abstracto, que se te revoque la nacionalidad es complicado en el diario vivir.
Estar aquí en Estados Unidos con un, o sea, paro lo humanitario no te permite salir y entrar normalmente, ¿verdad? Con un pasaporte que no sabemos qué países lo van a aceptar o no por el tema de la patria. O sea, estamos como en un limbo jurídico y también es difícil,
pues, como legalmente. Muchos trámites de pronto se vuelven imposibles, como tener un documento de identidad, el registro de tus notas del colegio o la universidad, un acta de defunción en caso de muerte, básicamente, es como si no existieras. Pero mientras Samantha decidía sobre sus próximos pasos, el hotel era un espacio de resocialización, de volver a nacer después de tanto tiempo de estar como muertos en vida. Fue ahí donde ella se reencontró con Kevin Solís, el estudiante universitario al que había saludado en el avión.
Cuando llegamos al hotel, me acuerdo que empezamos a platicar o hablar, y al día siguiente que estábamos en el hotel, me acuerdo que Kevin viene y se me acerca y me dice, mirá, tenés un cargador, o sea, nos fuimos solitos a caminar, me acuerdo, pero ya había como esa química natural y como del del coqueteo y todo. Él dizque tímido, ¿verdad?
Y ahí, en medio del caos, nació un vínculo al que decidieron apostarle hasta ahora. Después de los días en el hotel, Samantha se fue a New Jersey a la casa de unos amigos de la familia y Kevin a San Francisco, donde estaba su abuela. Samantha conoció la nieve y el frío que congela, y ese fue uno de sus primeros choques con una realidad desconocida. No era solo cuestión del clima, por supuesto, extrañaba a Kevin. Entonces, un par de meses después, se mudó con él a la costa oeste.
Es una libertad paradójica, ya no está presa, pero tampoco se siente del todo libre. Junto a Kevin se acompañan en este nuevo intento de reconstruirse, de ser la patria el uno del otro.
Y ha sido un reto todo este tiempo porque, o sea, los dos también venimos afectados por todo lo que hemos vivido y, pero a afectados por todo lo que hemos vivido y pero a veces ha sido ventaja y desventaja, pero por lo menos podemos entender todo lo que ambos hemos vivido y entenderlo de mejor manera como alguien que no ha pasado esa situación. Se siente cuando te roban algo, esa sensación de que te han quitado algo que es tuyo, que te despojan, creo que esa es la sensación que a mí, de manera personal me ha dado rabia y me ha dolido porque te quitan un sentido de pertenencia y te arrebatan todo lo que has conocido desde tu infancia, o sea, tu vida, tus recuerdos, tu familia, tu hogar.
A sus veinticuatro años, que parecen poco, Samantha ya ha vivido varias vidas, entre el exilio, la cárcel y ahora el destierro. Palabras como patria y nacionalidad se sienten tan anticuadas. Yo, que salí de mi país voluntariamente, no he dejado de preguntarme cuál es el significado de esos términos, y creo que, básicamente, están ligados a los vínculos, a los afectos, a la cultura, a la historia, a las personas que nos conectan a un lugar. Quiero creer que somos nuestra patria, pero estoy segura de que no se siente igual cuando estás en un sitio que tú no escogiste, sino en el que te impusieron estar, como le pasa a Samantha. El precio de tener una voz para ella ha sido truncar el proyecto de vida que diseñó e irlo acoplando a las circunstancias.
Samantha nunca planeó vivir en Estados Unidos ni planea hacerlo.
Nunca creí ni nunca he creído en el sueño americano, y estando hoy acá, vuelvo y repito, o sea, estoy muy agradecida con el gobierno de Estados Unidos, muy agradecida por el apoyo, por todo lo que lo que hicieron por nosotros, pero fue un trago agridulce en nuestra libertad, o sea, nos dieron, pero nos quitaron muchísimo. No te imaginas cuánto me ha pesado día tras día estar aquí en este país, y cuántas ganas he tenido muchas veces de salir corriendo y y dejarlo irme, y no no puedo. Muchas veces me he sentido, incluso, hasta como muerte en vida, porque, o sea, yo no quiero esto.
En su casa guarda los dibujos que pintó cuando estaba presa y que alcanzó a meter en el bolso la noche de la liberación. También, en uno de sus cajones está el uniforme azul que metió sin que la celadora se dieran cuenta. En su día a día, trabaja en proyectos ligados a Nicaragua y empezó un emprendimiento de venta de postres tradicionales Nicas. Por supuesto, todos los días habla por teléfono durante horas con su mamá, a la que no ha podido volver a ver desde que fue expulsada de su país. Ella sigue en Masaya.
Durante nuestra conversación, Samantha le muestra sus tatuajes, son seis.
Bueno, este tatuaje, este diseño, prácticamente, lo hice yo y representa el crecimiento personal, crecimiento académico, espiritual, personal.
Uno es un cuerpo de mujer que echa raíces y florece. Tiene uno de la noche estrellada de Van Gogh, una escena del principito, el nombre de su mamá y, bueno, quizá el que más viene al caso, uno que es simplemente el croquis de su país, o sea, lleva a Nicaragua en su piel. Así nadie podrá quitársela.
Seis días después del destierro de los doscientos veintidós presos políticos, el régimen de Daniel Ortega le quitó la nacionalidad a otras noventa y cuatro personas, entre las que se encuentran escritores, periodistas y defensores de derechos humanos. En enero de dos mil veinticuatro, la Asamblea Nacional ratificó la reforma a la constitución que se utiliza para aplicar esta sanción por, insisto, traición a la patria. Y en septiembre de este año, el régimen volvió a excarcelar y expulsar de Nicaragua en un avión a un grupo de prisioneros políticos, pero esta vez a Guatemala. Samantha y Kevin tienen pasaporte y fueron aceptados en una universidad española para seguir sus estudios. Se mudaron a Madrid con su gato.
De serie Yepes es productora de ramo ambulante y vive en California. Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Celsa hizo el fact checking, el diseño de sonidos de Andrés Aspiry con música de Ana Tuirán. El resto del equipo de Roundbrandt incluye a Paola Aleán, Lissette Arévalo, Pablo Argüelles, Lucía Auurbach, Adriana Bernal, Anelis Casesus, Diego Corzo, Emilia Berbeta, Remy Lozano, Selene Masson, Juan David Naranjo, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, Barber Salh Hill, David Trujillo y Elsa Liliana huyó. Carolina Guerrero es la CEO.
Rawland es un podcast de Rawland Studios, se produce y se mezcla en el programa Heindenburg Pro. Ramblante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón, gracias por escuchar.