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Esto es Roambulante, soy Daniel Alarcón. ¿Por qué? Esta historia comienza en un lugar seguro, un lugar de amistad, donde nos quitamos la vergüenza.

¿Qué podré decirte en el corto tiempo?

El que canta, si eso se puede llamar cantar, es nuestro editor senior Luis Fernando Vargas.

Porque me has regalado el privilegio de amarte, di lo que sientas.

Luis Fernando tiene 32 años y vive en San José, Costa Rica. Se los prometo, todo va a tener sentido muy pronto. Paciencia. Hay 2 tipos de personas en este mundo, a los que les gusta el karaoke y a los que no. Luis Fernando claramente es de los primeros, le gusta y mucho.

Ya lo escucharon y, pues, les toca a ustedes decidir si esto es una buena o mala noticia. De hecho, la idea de hacer este episodio salió a finales del 2018, después de que Luis Fernando le contó al equipo que él y sus amigos habían ido a inaugurar el arbolito de navidad del karaoke al que iban casi todas las semanas, como se inaugura un puente o un edificio. O sea, todos nos preguntamos, ¿quién hace eso? Nosotros, los del equipo de Rambland, en aquel momento, creo que no lo esperábamos. Era como enterarte de una vida secreta, que tu amigo y colega es superhéroe o espía.

Es que, te lo juro, si lo vieras, nunca te lo imaginarías cantando en karaoke. Esa actividad tan social y alegre, digamos, que no va con Luis Fernando.

Es raro porque yo, generalmente, cuando me ven, soy la persona más antipática del mundo y tengo tengo la cara de mi papá, que es la cara más insoportable del mundo. Es como 1 ve 1 ve a mi papá y 1 dice, no, quiero hablar a ese señor y yo tengo y yo tengo la misma cara. Entonces

es de esas personas que siempre se visten de negro, y cuando digo siempre, es siempre. Tal vez algún día te sorprenda con un poquito de azul oscuro o gris, o si está de muy buen humor, una camiseta color café.

Y también hay un detallito que resulta ser enorme si te gusta el karaoke.

Pues todavía el micrófono me da vergüenza.

Algo que se olvidó de mencionar en su entrevista de trabajo. O sea, que odia el micrófono, le da ansiedad. Incluso grabando esta entrevista se le nota, le pregunta cualquier cosa y empieza a tartamudear.

La me me me contaba, pero lo extraño es que esa YYY es un lado oscuro del karaoke también.

Nada de lo que acaba de balbucear nuestro querido Luis Fernando tiene sentido alguno, y si lo encuentras en su estado natural mirando a la nada o trabajando, o sea, no en un karaoke, Nunca lo verás escuchando a Mijares o a Lucero o a Luismi o a José José. Su música preferida tiene otra estética.

Música,

pues, industrial, muy agresiva, depresiva, muy de demonios interiores, con letras, pues como muy in your face.

Mandas muy conocidas como Nine Inch Nails u otras de géneros más rebuscados. Música Noise, por ejemplo, que se traduce literalmente a ruido.

Muy de sacar esas cosas internas, de eso es me siento mal, eso es desadaptado, no tanto de desamor completo, pero de soy solo y demás.

Entonces, sí, difícil imaginar que Luis Fernando ame el karaoke, ese karaoke, de la balada romántica, música de plancha, pero ya lo oyeron cantando con todo el gusto del mundo. Hoy vamos a contar la historia de ese amor tan inesperado. Está relacionado a un lugar, una esquina discreta de San José, ese tipo de lugares donde crees que no pasa nada nuevo o interesante, pero que impactó la vida de varias personas en la capital costarricense. Esta historia se publicó originalmente en el año 2019 y, bueno, creemos que es un buen momento para volver a escucharla, un buen momento para reír y llorar y acordarnos que tenemos gente alrededor que nos hace la vida mejor cada día. Ah, y para aquellos que nos siguen desde hace años y ya conocen esta historia, tenemos algo especial para ustedes también, una pequeña noticia al final.

Una pausa y volvemos.

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Estamos de vuelta en Raambulante. Los dejo con Luis Fernando.

Mi amor por el karaoke empieza con mi amor hacia los pancakes, y no hablo de los que se comen, sino de un grupo de amigos, mis amigos. Somos 13. Nos conocimos en la universidad y hablamos prácticamente todos los días para comentar algún chisme o una noticia o alguna tontería. Pancake es el nombre de nuestro grupo de WhatsApp.

Pancake es un grupo de acompañamiento, es como una familia.

Él es Felipe, es 1 de los pancakes. Escucharán a varios de ellos en este episodio, pero por ahora seguimos con Felipe.

Ya tenemos más de 7 años de conocernos y yo no sé, una vez leí que después de 7 años ya la gente se queda por el resto de la vida. Obviamente no tengo ninguna base ni ningún estudio, nada más lo leí, tal vez fue un quote ahí en internet, pero me parece chiva.

Chiva, o sea, cool, y sí, es chiva, hasta sale.

Como que son esos, como los amigos como incondicionales, como los que 1 sabe que les puede pedir algo y no es como, ay, como que le van a cobrar un favor o algo así, nada más son, es como di, como amistades desinteresadas.

En los mejores momentos de mi vida, ellos están ahí conmigo y también en los peores, acompañándome, dándome apoyo. Son lo más estable y preciado que tengo, lo digo sin dudar. Hace unos años la mayoría de nuestras aventuras ocurrían en Will, Will era un carro, el carro de Felipe, un Nissan Pathfinder de los ochentas, de esos que se pueden meter en el barro de la montaña como en los anuncios, solo que este ya no podía, por viejo. Por fuera se veía como un carro un poco descuidado, pero cuando te subías te dabas cuenta de que era un basurero lleno de botellas vacías, comida vieja, ropa sin lavar. Cuando estábamos casi todos los pancakes, obviamente no cabíamos en los asientos.

Entonces algunos nos montábamos en el platón de atrás. Varias veces casi termino con una contusión.

Íbamos a veces hasta 7, 8 personas contra la ley totalmente, pero lo hacíamos y nos movíamos hacia, no sé, hacia un restaurante pequeño o hacia tomar un café.

Esos restaurantes pequeños generalmente eran bares y los cafés, cervezas. Y muchísimos de esos viajes en Will fueron a un bar que significó el mundo para nosotros. Fue nuestro lugar seguro y secreto en la brusquedad de San José, una ciudad gris, sucia, un poco peligrosa. Ese bar se llamaba Cossin, en cantonés, son 2 palabras, se escribe K0YZIN. Quedaba en una calle bastante solitaria, de esas en las que parece que te pueden asaltar en cualquier momento.

Estaba lejos de la zona de bares a las que suele ir todo el mundo. Felipe descubrió Cosín a las 11 de la noche de un lunes del 2013, cuando manejaba sin rumbo, buscando un lugar donde celebrar un cumpleaños. Al frente de Cosín había un minityatro, de esos donde daban obras de comedia malísimas, y también había casas viejas, viejísimas, casas que cualquiera diría que están abandonadas, y a los lados de Cosín, 2 parqueos. El bar estaba en un edificio solitario de madera, de 2 plantas, un símbolo de resistencia, no había sucumbido a volverse parqueo, y resaltaba, pero no de una buena manera. Este es Robert, otro de los miembros de Pancake.

Era como si una cantina vieja, rural, digamos, de madera, donde hay chanchos cerca, ¿verdad? Donde huela la chanchera a la distancia y se vende contrabando, se cruzara con un restaurante chino de San José.

Yo tuve una impresión parecida a la primera vez que fui. Olía viejo, a humedad, algo guardado durante muchos, muchísimos años, y todo se veía pésimo, descuidado. Me dio un poco de asquilla entrar, sinceramente. La entrada era un portón rojo vino con rótulos de cerveza colgados y una pizarra promocionando los combos de comida. Recuerdo el de arroz cantonés, pancito y una gaseosa a tan solo 2000 colones, menos de 4 dólares.

Barato, muy barato, demasiado barato. El tipo de barato que prende las alarmas de no comas ahí, cosa que nunca hice. Era mi única regla. Y bueno, el bar.

Era muy loco porque era como oscuro al al inicio y tenía como un par de lucecitas, así no es que.

Esta es Gaby.

Y al final era como una explosión de kits, o sea, abre una vara así brillante, con esos gatitos de la suerte también brillantes, con un calendario ahí con montón de brillos, candelas, luces, el tele ahí está chiquitito, con la refri.

Un retrato gigante de un caballo o de un pato o de una casita puesto en la pared, manteles de de cuadros con un plástico encima transparente, servilleteros en cada una de las mesas, habían un montón de mesas.

Eso sumémosle que tal vez unos 10 años de mantenimiento faltante de los baños.

Uf, los baños. Mejor no entrar en ese tema, lo que te estás imaginando, pero peor. La dueña y todera de Cocin era una china de entre 50 y 60 años que se llamaba Jessie.

Flaquita. Tenía una mirada como cansadilla.

Ella usaba gorra y usaba la gorrilla y andaba siempre como un un suétercillo de de flores.

Jessie como que de entrada, aunque se ve como se ve medio cascarrabias, si 1 la trata bien, como que 1 veía que era adorable.

Ella estaba siempre sirviendo cervezas y tragos, cocinando el arroz cantonés, cobrando y haciendo de guarda del local, todo ella solita. De vez en cuando veías al esposo ayudándola cuidando, pero no atendía clientes porque hablaba muy poco español. Apenas te podía decir hola, ¿cómo está? En cambio, Jessie

Como que trataba de hablar y trataba de sacarle conversación a 1 aunque no le entendiera mucho lo que estaba diciendo.

Su español era bastante crudo, con acento fuerte, vocabulario limitado y, a veces, no conjugaba bien los verbos. Buscaba comunicarse con ella, había que concentrarse. Tenías que mirarla directo a la cara y hablar despacio, usando oraciones cortas, a veces repitiendo lo que querías decirle. Cuando empezamos a ir más seguido, Jesse nos saludaba de nombre al llegar y nos preguntaba cómo estábamos. Conversaciones cortas y cordiales, luego a beber.

Un fin de año que pasamos ahí hasta nos regaló un Buda chiquitito y unos pancitos chinos, pero sabemos poco de ella, para nosotros siempre fue más un personaje que una persona, y creo que ella lo quería así. Felipe, que es cineasta, la trató de entrevistar decenas de veces y nunca se dejó. Timideas a la cámara tal vez, pero parecía que no le interesaba terminar de abrirse con nosotros. Lo que sabemos es que vino a Costa Rica de China a los 16 años buscando una mejor vida, como muchos migrantes chinos que vienen al país. También sabemos que trabajó primero con una tía como empleada doméstica, y luego en el mismo restaurante que, años después, ella empezó a administrar junto a su esposo.

Ambos vivían ahí mismo, en el segundo piso. Tienen una hija que se fue a trabajar a Estados Unidos, pero aquí, en Costa Rica, cocinera todo para ellos. Cocin tal vez no le suene como el mejor lugar para una noche de fiesta y no los culpo. En cierta forma, tiene razón. Por ejemplo, la cerveza, sería extraña, como que le faltaba gas y nunca estaba fría, fría, de verdad.

Y es que ya se apagaba el refrigerador en las madrugadas cuando cerraba y lo volvía a prender al día siguiente.

Y ese proceso de frío, caliente, frío, y le hacía muy mala la cerveza. Pero también era interesante, era una cerveza única en el mundo. O sea,

en cierta forma, Cocin fallaba como vara hasta en el nivel más básico, con el alcohol. Aún así, los pancakes nos enamoramos desde el primer momento. Para algunos era cerveza a rancia, pero para nosotros era artesanal. Hay algo tan roto e imperfecto en todo el bar que, combinado con el quish y la personalidad de Jessie, lo hacía encantador. Felipe, Gaby, Robert y Ale empezaron a ir varias veces a la semana, igual los otros pancakes, pero había un problema, bueno, un problema para mí.

El karaoke. Lo más odiado por mi esnobismo musical.

Pero si Luis Fernando quería seguir siendo pancake, se tenía que enfrentar a la música que más odiaba. Una

pausa y volvemos.

Estamos de vuelta en Raambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, Luis Fernando nos estaba contando sobre cómo se enamoró de Cosín, ese bar tan viejo, descuidado y extraño. Pero había un problema, el karaoke. Antes de conocer Cosín, los pancakes solían salir a bailar música ochentera, lo cual es casi un cliché, la verdad. En cuestiones de bailar, hay 100 de 1000000 de latinoamericanos que vivimos congelados en el tiempo.

Soda Stereo, Los Prisioneros, The Pesh Mode, La Cure, etcétera. Pero, con el descubrimiento de Cosine, los fines de semana de los pancakes cambiaron. Ahora el plan era cantar, y no esa música de los 80, sino la balada romántica. Aquí, con mucho sentimiento, Luis Fernando.

Por lo menos Felipe, Alejandra, Robert, Gaby y otros medios se sabían estas canciones, porque sus familias ponían esa música en las fiestas, acompañando borracheras y los abrazos, o las discusiones entre tíos y tías. Entonces, ellos estaban dispuestos a cantar sin problemas. El que estaba jodido era yo, y mi casa no se hace en fiestas. No sabía nada, solo medio coro de 40 y 20 de José José. Que ahora que lo pienso me da mucho asco calmate viejo verde.

Pero bueno, recordaba solo ese pedacito porque mi mamá ponía un casete de grandes éxitos de José José cuando yo estaba pequeño, mientras hacía oficio en la casa. Pero mi ansiedad me hacía tener esta necesidad de cumplir y quedar bien. No quería ser el aguafiestas, el que se queda sentado con los brazos cruzados, viendo a los demás de reojo por cantar. En otras palabras, seré el snob y amargado que era. Siempre me ha tocado ser ese, y yo quería pasarla bien con ellos.

Entonces, empecé a cantar en el fondo, siguiendo a los demás, tratando de memorizar las melodías para la próxima vez que sonara la canción, de vez en cuando agarrando el micrófono después de escuchar una pieza las suficientes veces y con la condición de que alguien me acompañara cantando, siempre ha ayudado de unas cuantas, muchas, cervezas. Claro, como todo en Cocin, el karaoke era humilde.

Todo era muy análogo, tenían todo en DVD, todos eran discos, de verdad no no se buscaban cosas con Internet, no, era un tele, lo que había con un control.

Un televisor de esos cuadrados de antes.

Donde salían las letras de las canciones

y 2 micrófonos que tenían un tubo de PVC pegado. No tenía sentido, yo no sé, todavía no entiendo para qué era, supongo que para que no se quebrara el cable, pero lo hacía muy particular el cantar, porque no cantaba con una manguera de la mano.

El repertorio estaba en 2 libros que reunían las canciones de 3 DVDs, 2 en español y 1 en inglés. 1 de los DVDs en español tenía canciones modernitas de los ochentas y noventas, y alguna que otra de los 2000. El otro DVD tenía canciones rancheras y de los setentas que ninguno de nosotros había escuchado en su vida. El DVD en inglés tenía desde David Bowie Queen hasta Linkin Park y Benwen eighty two, y para pedir una canción le gritabas a Jessie el código que estaba en el libro.

18 42 20 90, 88 16.

Ella los ponía en el control remoto del DVD conforme los ibas diciendo y los turnos al carajo,

así que si 1 le decía 8 canciones seguidas, 8 canciones cantaba 1.

Era un sistema bastante deficiente, sinceramente, pero también era comunitario, basado en la confianza de que no te vas a robar la canción de alguien más, basado en la solidaridad de que vas a soltar el micrófono en algún momento para dárselo al otro, Y si creías una canción de otro DVD, tenías que esperarte un rato, a veces un ratote, a que todo el mundo se aburriera y dejara de pedir canciones de ese disco para poder cambiarlo, porque era toda una tarea para Jesse, que era la única que podía hacerlo. Tenía que parar todo el funcionamiento del bar, cambiar el DVD y esperar a que todo el mundo mirara de nuevo el libro y escogiera qué quería cantar para darle una lista. A Jesse, sinceramente, le daba pereza. Tanto fuimos a cocina y cantamos tanto que me fui acostumbrando al karaoke. Pasó de ser algo odiado a ser algo normal y luego lo entendí.

Hay una conexión con tus amigos que nace de que tu voz se pierda en el mar de voces. De pronto las angustias de 1 son las angustias de todos, y también la alegría. Nunca fuimos más unidos como grupo que cuando íbamos a Cocinho y cantábamos. Eso es algo que nunca había conseguido con la música, eso ni 1. La música, mi música, siempre me aisló, me separó del mundo.

Me mandó a mi cuarto, a oscuras, con mis audífonos, a estar solo con todas esas cosas agobiantes que estaba sintiendo. Y para mi sorpresa, esos temas de aislamiento y dolor de mi música estaban también presentes en la música del karaoke. Al final de cuentas, todos vivimos lo mismo, solo que en distintas melodías. También aprendí a amar el karaoke al ver a Jesse. Si llegabas temprano a Cosín, tipo 7 u 8 de la noche, especialmente entre semana cuando no había nadie, lo encontrabas detrás de la barra.

Cantando Ángel, de Christian Castro. No tengo ninguna grabación de ella, claro, pero la recuerdo perfectamente, y no usaba el micrófono de manguera, sino una especial solo para ella, que tenía mucho rever, y cantaba con un tono muy, muy alto, le daba un toque angelical. Es difícil describirlo, pero se sentía como si Jesse se desconectara de lo que estaba sucediendo alrededor suyo, del trajín de manejar un bar ella sola. De pronto no se veía cansada, no se veía tímida o cascarrabias, se veía conmovedora, entre todo el brillo de adornos chinos. Cuando terminaba todos aplaudíamos, ella sonreía levemente y continuaba trabajando, calmada, sin decir palabra.

Se notaba que había una conexión íntima con esa canción, como si la hubiera ayudado a sobrellevar cosas muy duras, dejar un país, aprender un nuevo idioma, iniciar una vida en una cultura completamente opuesta a la tuya, quién sabe, nunca nos dijo. Verla no es una muestra del poder del karaoke, esa desconexión de todo, sos solo voz, la letra y la melodía, y podés decir cómo te sentís con palabras que tal vez nunca se te ocurrirían a vos sin que nadie te juzgue. Pero hay algo tal vez más importante, y es que Cocini y su caraoke llegó a nuestras vidas en un momento muy particular. Fue hace 5 años cuando todos teníamos entre 22 y 23, acabamos de salir de la universidad, la mayoría o estábamos desempleados o teníamos trabajos inestables. Aún hoy muchos de nosotros todavía no sabemos qué hacer con nuestras vidas o cómo vivirlas, pero en ese momento, esa inestabilidad nos ahogaba.

Era la clásica angustia de los jóvenes adultos de clase media, pero una angustia muy real, y esa inestabilidad la sobrevivimos entre las canciones del karaoke. Porque aprendimos a cantar karaoke entre miedos, incertidumbres, amores y desamores, Y no hay nada más liberador que gritar, no, no es cantar, es gritar fuera de vos todo ese estrés y toda esa angustia. Aprendimos a amar el karaoke porque no cantábamos solos, cantábamos como un grupo de gente que se quería y se sentía igual de perdida. Cosín fue especial para todos los pancakes de una manera distinta, pero en ese lugar todos vivimos épocas de tránsito, de cambio. Felipe recuerda a Desamores, Alejandra también.

Robert recuerda dejar de lado los prejuicios contra la música romántica. Gaby empezó a considerar irse a estudiar a Cuba. Yo empecé a lidiar con mi depresión y mi ansiedad entre las idas a Cosín. Mientras unos se van de fiesta para divertirse y de paso terminan borrachos, yo me iba de fiesta para terminar borracho y muy pocas veces la pasaba bien. Era el borrachillo necio que termina llorando en el caño o que se enoja y se pone matón, o sea, agresivo, lo que aquí llamamos el guaro vaquero.

A veces eran ambas en una misma noche. Esa era mi forma de lidiar con todo, olvidándolo. Entreídas a Cosín decidí dejar el alcohol y empezar a ir a terapia y a tomar antidepresivos. Tal vez la gente alrededor mío no lo notó porque lo disimulé, pero tuve mucho miedo durante esa época, estaba muy decaído, los medicamentos tuvieron efectos secundarios horribles, sufría de despersonalización, eso que 1 siente que el cuerpo no le pertenece y está atrapado dentro de él. Todo era como neblina, no lograba pensar con claridad la mayoría del tiempo, Tenía pensamientos suicidas a diario.

Estaba desempleado y no podía trabajar por la condición en que estaba, era desesperante. Mi lugar seguro eran así a saco 5 mis amigos para cantar. Era lo bueno de la semana, y ojo, era cantar sobrio, completamente consciente de lo desafinado que era, que soy. Para una persona tímida como yo, la sola idea al comienzo era el infierno, pero fui haciéndome valiente poco a poco y fui cantando un poco más duro cada vez, sintiéndome un poco más cómodo conmigo mismo y dejando la ansiedad de lado, falta muchísimo camino pero algo avancé gracias a Cosín y cantar, cantar es una terapia, que lo diga yo. Nada me sirvió más en esa época que ir a Cosín, le dieron a Coca Cola, light, por supuesto, y cantar un beso y una flor, Dinino Bravo.

Más allá del mar, habrá un lugar donde el sol cada mañana brille más. Es fuerte, 1 siente cosas muy intensas cuando lo canta. Pero como dijo el sabio Nino Bravo, lo que nos es querido siempre queda atrás. Cocincicio reinicios del 2017, después de que durante unos 2 años fuimos religiosamente casi todas las semanas. Fue de la nada, Philippe estaba en Francia por trabajo y alguien le mandó una foto de Cosín con el portón cerrado, con un rótulo del Ministerio de Salud que decía clausurado.

Nos avisó por el grupo de WhatsApp.

Yo no pude creerlo, yo no podía creerlo, yo estaba en shock, publiqué en Twitter demasiadas veces, por favor alguien que confirme esta información. Cosín está cerrado en serio, por favor alguien vaya, tóquele la puerta a Jesse y pregunte qué pasó. Y efectivamente habían cerrado Cocin por fallos estructurales, ni siquiera fue como por salubridad básica elemental, fallos estructurales en el edificio que tenían que tener una remodelación y un poco un poco fuerte.

En pocas palabras el edificio era inhabitable, no fue tan sorpresivo, se notaba que Cocini no cumplía con las medidas de seguridad para un lugar público, pero nos dolió mucho, en especial porque no pudimos despedirnos.

Ya en ese punto estaba como deprimido, yo creo. Ya en el momento que supe que no iba a abrir más porque no hay otro karaoke.

Es que fue muy loco porque 1 se puso triste, en serio se puso triste. Y si también 1 siendo un poco egoísta, era como el día, el bar donde 1 se sentía cómodo. De repente 1 se sintió como, y no, ¿y ahora qué se supone que vamos a hacer los fines de semana ya en altas horas de madrugada? Pero también después fue como un ma de puta, el Jessie, porque era esta mae que se partía lomo trabajando realmente, la que nos acompañaba un montón, de de alguna manera yo siento que ella también se sentía acompañada por nosotros.

Por lo menos espero que se sintiera acompañada por nosotros. El 5 de enero de este año 2019 nos enteramos por las noticias de que el edificio se había quemado. Felipe fue y nos mandó fotos. Todo Cocin estaba destrozado, las barras, las mesas, todo. Jesse se quedó sin casa.

El dolor se hizo entonces indescriptible. Ahora era cierto que Cocini y Jesse no regresarían. Con la quema de Cocini se fue parte de los pancakes, pero también nos recordó por qué cantamos, porque somos mejores cuando cantamos como colectivo, cuando somos solo 1. Jesse siempre nos dijo que Cosín significaba para adelante en cantonés, al igual que muchas otras cosas sobre ella, no quiero

desmentirlo.

Todo lo anterior lo grabé en el 2019, ahora les hablo desde finales del 2024. Mucho ha cambiado de mi vida y en San José, una ciudad que se siente cada día más gris. Está sucia y la vitalidad que alguna vez le di y que le veía cuando iba a Cosín, la siento cada vez más débil. En estos momentos, vivo relativamente cerca de donde era Kosín, podría caminar hasta allá. Lo he hecho un par de veces, tal vez por nostalgia, ambas arrastrando a mi pareja, que no es de la ciudad, para mostrarle que en ese lugar, en ese estacionamiento horrible, siempre vacío y con alambre de navaja, una vez hubo un escondite hermoso en San José.

Ya ni siquiera el karaoke rival que quedaba en una calle cercana a Cosín está. He probado varios karaokes desde entonces, en Costa Rica, en Panamá, en El Salvador. Ninguno es Cosín, sigo buscando. Hace unas semanas, de casualidad, Felipe me envió unas fotos, una bobada con una familia radiante, feliz. Era la familia de Jessie.

Su hija se había casado y me costó reconocerla sin su gorra característica. Viven en otro país y están bien. Felipe me dijo que le mandara un mensaje. La saludé y le envié un abrazo. No se lo dije entonces, pero yo estoy bien también, Jessie.

Gracias.

Por favor, si tienes depresión o pensamientos suicidas, busca ayuda. Habla con tus amigos y familiares y considera buscar ayuda profesional. Y si crees que un ser querido está en una situación así, pregúntale, escúchalo y apóyalo. Muchas gracias a Jaime García del bar La Vasconia por dejarnos grabar audios de karaoke. Luis Fernando Vargas es editor senior y de Rawambulante, vive en San José, Costa Rica.

Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí, la música y el diseño sonido son de Andrés Aspiri y Remy Lozano. El resto del equipo de Rawambulante incluye a Paola Aleán, Lissette Arévalo,

Pablo Argüelles, Lucía Auurbach,

Adriana Bernal, Aneris Arévalo, Pablo Argüelles, Lucía Auurbach, Adriana Bernal, Aneris Casasus, Diego Corzo, Emilia Arbeta, Juan David Naranjo, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, Barber Sahawel, David Trujillo, Ana Tuirán, Elsa Liliana Ulloa y Desirée Yétes. Carolina Guerrero es la CEO. Rawambulante es un podcast de Rawambulante Studios, se produce y se mezcla en el programa Hinddelberg Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita Rambulante punto 0RG slash donar y ayúdanos a seguir narrando la región.

Rambulante cuenta las historias de América Latina, soy Daniel Alarcón, gracias por escuchar. Y aquí, mi peor pesadilla. Oye, creo que deberíamos cantar algo juntos.

Dale.

Pero bueno, 1, canto mal. 2, yo soy gringo. O sea, yo me crié en Estados Unidos, en mi cultura pop, por dentro de la balada romántica o de José José o Vicente Fernández, Todos estos cantantes que has mencionado es como que no los conozco. Entonces, tenemos que cantar algo que yo conozco, ¿listo?

Ok. 1, 2, 3.

Ya que no vendrás todo lo que fue, el tiempo lo dejó ahora atrás. que no regresas lo que nos pasó, no repetirás. Más, Estoy viendo que siéndome cambiando un pie por la cara mía esta noche del día y que soy aquí queriéndote

Podcast: Radio Ambulante
Episode: Noches de karaoke [repeat]