Si escuchaste el episodio de la semana pasada, ya conoces El Péndulo. Nuestra serie es sobre el voto latino en Estados Unidos, coproducido con Noticias Telemundo. Más de 36000000 de latinos somos elegibles para votar este año y, cualquiera que sea el resultado, este jueves, el equipo del péndulo estaremos analizando lo sucedido en un episodio especial que no te puedes perder. Para escucharnos, abre una app de podcast como Spotify, busca el péndulo podcast y dale play. Ok, ahora sí, el episodio de hoy.
Esto es Rawembulante, soy Daniel Alarcón. El 29 de mayo del 2010, la ciudad de Guatemala aún estaba cubierta con la ceniza volcánica que había caído 2 días antes, cuando el volcán Pacaya, a unos 40 kilómetros, hizo erupción. Y es que no era solo un volcán, esa noche del 29 no paraba de llover. Se anunciaba la llegada de una tormenta que se convertiría en 1 de los desastres naturales más devastadores de la década en América Central.
La tormenta tropical Ágata tocó tierra en las costas del país alrededor de las 3.40 minutos de la tarde del 29 de mayo, provocando fuertes vientos e intensas lluvias.
En el barrio Ciudad Nueva, cerca del centro histórico de la capital, Desirée estaba viendo el noticiero en su casa, eran casi las 8 de la noche.
Cuando de repente se oyó un gran estruendo, así como que fuera una erupción volcánica, así profunda, como que la tierra estuviera crupiendo y se fue la luz.
El estruendo vino acompañado de un fuerte temblor de toda la casa.
Sentí la sensación como la que sentía durante los temblores o un terremoto. Yo pensé que era un terremoto realmente.
El movimiento duró pocos segundos, después silencio. Melissa, su hija menor, también estaba en la casa, y Desirée, descalza en la oscuridad, fue a buscarla.
Y entonces nos asustamos y empezamos a decir ¿qué fue? ¿Qué fue? Y salimos al balcón a ver.
Desde el segundo piso no podían reconocer lo que pasaba afuera. Lo único que alcanzaban a ver eran algunas siluetas de personas que corrían de un lado a otro, intentando esquivar los postes de luz que se habían caído y que aún sacaban chispas. Ninguna de las 2 tenía mucha certeza de lo que había pasado, decidieron salir con la esperanza de encontrar la respuesta allí. Afuera, todo alrededor estaba a oscuras y apenas algunas linternas de los vecinos iluminaban de forma intermitente la calle. Unos gritaban y alzaban los brazos para impedir que los carros pasaran, otros estaban parados frente a las puertas de sus casas, desconcertados.
Todos como abrazándose, el cuerpo como temblando, no sé si por el frío o por los nervios de lo que había pasado, porque no sabíamos si había sido una bomba, un accidente o qué había sido.
Casi todos miraban hacia una esquina donde antes había una casa azul de 3 pisos.
Empezaron a decir, se hundió la casa, se hundió la casa y con otra vecina de enfrente nos fuimos acercando, pero no mucho porque teníamos miedo de los cables eléctricos, y cuando me acerqué a un momento en donde vi el gran agujero, que era donde estaba el espacio de la casa y casi la mitad de toda la esquina.
Parecía como si un meteorito se hubiera estrellado contra la tierra y hubiera formado un cráter enorme. Tenía una circunferencia casi perfecta de unos 21 metros de diámetro, y su profundidad superaba los 31 metros, algo así como la altura de un edificio de 10 pisos, pero para abajo. El agujero se había tragado de la mitad de la calle y la casa azul de 3 niveles donde funcionaba una fábrica textil. No hay palabras que le hagan justicia a esta descripción, pero quédense con esta imagen, Un agujero enorme y negro en el piso. Si van a Google y buscan Agujero Guatemala, la primera imagen muestra la magnitud de lo que decide y su hija tenían frente a ellas.
Sentí miedo, tristeza y mucha pena también por nuestra casa, porque yo dije, si si va a seguir como derrumbándose la tierra, se van a ir las siguientes 2 y la tercera era la nuestra.
Pero tuvo otro miedo. Andrea, su hija mayor, había salido por la tarde y aún no regresaba.
Toda la tarde había tratado de estarme comunicando con Andrea y ella no respondía el teléfono. Y después me agarró una gran preocupación porque no sabía yo si Andrea iba pasando por ese agujero en el momento en que este se hizo.
Melissa miraba la escena de lejos frente a la puerta de su casa, bajo la lluvia, en silencio. Se preguntaba qué había pasado con esa fábrica donde hacían uniformes y que le gustaba a veces espiar con los binoculares de su abuela. Pero lo que veía desde la superficie era solo una parte de la historia. En realidad, ese agujero no sería el único. Tiempo después, Melissa entendería que en las profundidades de la ciudad de Guatemala había grietas que ponían en peligro a muchas otras zonas.
Esa Melissa, que en ese momento tenía 14 años, ahora es periodista en Rambulante, y después de la pausa nos cuenta esta historia.
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Estamos de vuelta en RA ambulante. Melissa Rabanales, nuestra periodista digital, nos sigue contando.
En 2010, yo vivía con mi mamá, mi hermana y mi abuela en esa casa a la que recién nos habíamos mudado. Ese sábado, horas antes de que apareciera el agujero y cuando apenas comenzaba a llover, mi hermana Andrea había salido con su novio. A sus 21 años dividía su tiempo entre él, la universidad y lo que más le gustaba, hacer turnos como bombera. Ese día, antes de llegar al lugar al que iba con su novio, sus compañeros bomberos comenzaron a contactarla. Esta es Andrea.
Nos escribe en un mensaje de muchachos están desbordando los ríos, por favor, vengan a ayudar a los bomberos que puedan, porque necesitamos ir
a evacuar a la gente. Los mensajes llegaban con sentido de urgencia. Las lluvias se habían intensificado y la ciudad era un caos. Pidían refuerzo, especialmente en las zonas más vulnerables, asentamientos precarios que quedaban en las montañas o cerca de riachuelos. Como el novio de Andrea también era bombero, no lo pensaron mucho.
Se desviaron y fueron a la estación. Para ese entonces, la tormenta tropical Ágata ya había tocado tierra. Andrea se subió a la primera ambulancia que salió del lugar.
Era tal la adrenalina que yo se me vio, o sea, no avisé, dije, no pasa nada, o sea, ya volveré y ya le voy a contar a mi mamá que ayudamos y blablablá.
No tenía idea de que mientras estaba atendiendo la emergencia por la tormenta en otras zonas, en nuestro barrio, un agujero enorme se había tragado una casa. Para ese momento, otros bomberos y la policía habían acordonado nuestra cuadra y comenzaban a recopilar testimonios. Esta es, de nuevo, mi mamá. Decían que había que averiguar si dentro de esa casa que se hundió había alguna persona, el guardián o alguien que que cuidara la casa o que estuviera trabajando en ese momento. Afortunadamente, no había nadie.
El dueño de la fábrica lo confirmó unos minutos después, pero sí se comentaba que alguna gente había visto un señor que pasaba por ahí en el momento exacto en que se abrió el agujero. No sabían con certeza si se había caído en el hueco, pero muchos lo sospechaban. La calle comenzó a llenarse de gente. Recuerdo que llegaron el ejército y los medios. Decidimos devolvernos a nuestra casa.
Mi hermana seguía sin aparecer, pero no era lo único en lo que teníamos que pensar. Mi abuela Leti tenía esclerosis lateral amiotrófica. Permanecía en la cama la mayoría del tiempo, sin poder levantar más que los brazos. Para moverla había que hacerlo con silla de ruedas. Eran ya casi las 9 de la noche cuando algunos soldados y personal de la coordinadora de reducción de desastres, conocida como Conred, comenzaron a tocar la puerta de mi casa con insistencia.
Decían que teníamos que salir ahí. Yo les dije que no podíamos porque, 1, no quería dejar mi casa y mis cosas que tanto me habían costado, y 2, no teníamos a dónde ir en ese momento. Contestaron que ya habían habilitado un albergue para personas evacuadas por la tormenta, que podíamos irnos para allá. Pero mi mamá les dijo que era muy difícil con mi abuela, era un espacio improvisado, no estaba realmente adecuado para ella. La conversación con las autoridades comenzó a subir de tono, dejaron claro que ya no se podía negociar, era una orden.
Y que nos daban media hora para sacar lo que pudiéramos y teníamos que dejar la casa. Que estábamos muy cercanos al agujero y que podía seguir hundiéndose la tierra y que se podía ir nuestra casa. Nada que hacer. Teníamos que tomar la opción que mi mamá menos quería, irnos a la casa de mi papá. Hacía 2 años se habían divorciado, era incómodo y había algo de tensión entre ellos, pero igual lo llamó.
Él aceptó recibirnos y muy rápido llegó a recogernos. Entre algunos bomberos, bajaron a mi abuela en una camilla y la subieron al auto de mi papá. Recuerdo poco lo que pasó después, quizás por el shock, porque en ese punto ya era claro que, de una u otra forma, la tragedia había tocado a mi familia. Las escenas me llegan como pequeños destellos. La lluvia que no paraba, mi abuela sentada en el auto, mis perros jadeando, la luz de las ambulancias, los carros de bomberos, las patrullas de la policía, las cámaras de los medios encandilando los ojos.
De ahí mi papá nos llevó a su casa, a mi abuela, a Sarita, la trabajadora del hogar que estaba esa noche con nosotras, y a mí. Nuevo volvió donde mi mamá para esperar juntos a mi hermana. Mientras tanto, Andrea regresaba a la estación de bomberos después de atender las emergencias. Eran casi las 11 de la noche.
Y cuando regresé, pues vi en mi celular, si mal no recuerdo, un montón de llamadas de de mi familia, y me hacía usted y yo dije, ¿ya ves qué pasó? O sea.
Se fue inmediatamente a la casa y unos metros antes de llegar vio el caos, la cantidad de gente que había y otros colegas suyos.
Eran mis compañeros bomberos diciéndolo, es que se se abrió un hoyo, es que se fue una casa. Yo en ese momento yo dije, mi familia, eso es lo primero que pensás.
Corrió para entender qué había pasado. Como llevaba el uniforme de bombera, la dejaron seguir sin problema. Vio nuestra casa intacta, eso la tranquilizó por un momento, pero luego alcanzó a ver el agujero. No lo podía creer, se acercó un poco.
Estaba lloviendo mucho, se asimilaba el al fondo era como lodo completo y unas como como tubos en las oritas, digamos, como lo que es, creo que se fue un poste eléctrico, entonces como estaba como partido a la mitad, o sea, era una era una seda apocalíptica, me le dice, es que era apocalíptica y era como como partía la tierra, era como ver un chispo. Entonces, una señora se me acercó y me decía, yo vi al señor irse en el agujero, yo lo vi, me decía, yo lo vi, señor, yo lo vi, se fue en el agujero. Y entonces, yo así como, sí, sí, tranquila que lo que lo estamos buscando, que no se preocupe.
Estaba tratando de calmar a los vecinos, pero estando ahí parada frente al cráter, Andrea sabía que era muy improbable que ese hombre hubiese sobrevivido.
Me paré en la orilla y dije, de esta mierda nadie salió vivo, o sea, quien se fue, ya fue.
Alrededor no parecía haber familiares del señor, los vecinos no lo conocían. Tal vez no vivía ahí, y en ese momento nadie podía identificarlo. Los bomberos y el personal de Conred ya habían descartado la posibilidad de bajar por el agujero para rescatarlo. Estaba oscuro, llovía y el terreno no era seguro, todo podía empeorar. Andrea se fue a la casa a buscarnos.
El alivio de mi mamá fue enorme de verla bien, a salvo. Le dijo que tenían que irse inmediatamente de ahí. Andrea decidió irse donde el novio y sus suegros. Después de medianoche, mis padres regresaron con nosotras. Junto a ellos 2, mi abuela y Sarita, nos acomodamos como pudimos entre 2 camas y un sillón.
Nadie habló mucho de lo que había pasado, estábamos cansadas. Esa noche cada quien procesaba lo que vivió como podía. Mi mamá lidiaba con el estrés. Llegás a un nuevo lugar de manera incómoda, cansada, no querés molestar. Es una mezcla de sentimientos como que no has caído en la cuenta, como que tu cerebro no ha entendido perfectamente qué es lo que ha sucedido ni conoce la magnitud del evento que fue.
Yo también me sentía rara. Estando ahí, donde mi papá pensaba que de repente todos estábamos jugando a la familia, reunida por un desastre natural. Me aguanté las lágrimas, no quería que mis papás me vieran llorando. Ya en la casa de sus suegros, acostada en silencio y debajo de las sábanas, mi hermana sí pudo desahogarse.
Lloré por lo que los hice sentir sin querer, lloré por mi casa, lloré porque aunque yo le dije a la señora no, tranquila, en las primeras horas aparece la gente, yo sabía que ese señor no iba a aparecer, o quien más fuera que se hubiera ido, no iban a aparecer, entonces lloré por todo junto.
La tormenta Agatha duró 2 días más y en ese tiempo afectó a cerca de 350000 personas en todo el país. 193 fallecidas, 92 heridas, se reportaron 110 desaparecidas, 160000 tuvieron que evacuar y más de 16000 viviendas quedaron con daños. En medio de todo el horror, nosotras éramos afortunadas, pero eso no hacía que doliera menos. Nos angustiaba la posibilidad de que el agujero también se tragara a nuestra casa. Mientras las autoridades nos aclaraban qué iba a pasar y después de estar unas semanas con mi papá, tuvimos que mudarnos a una mucho más pequeña que tenía mi abuela y que estaba deshabitada desde que enfermó.
Allí comenzamos a recobrar la cotidianidad y poco a poco la vida empezó a seguir como si nada, o al menos eso parecía. Fueron pasando las semanas, pero la información era escasa y llegaba de a pocos. Mi mamá se enteró por una vecina de que en Ciudad Nueva, nuestro barrio, se había formado un comité de reparación entre la municipalidad y algunos líderes vecinales que no conocíamos. A ella nunca la incluyeron en ese comité y ninguna autoridad la contactó personalmente. Lo que sabíamos también era gracias a lo que salía en los medios.
La noticia de la tormenta Agatha y del hoyo, como le decían, comenzó a acaparar los noticieros. Incluso lo cubrieron en medios internacionales. Ágata dejó un enorme hoyo en la ciudad de Guatemala, la imagen es impresionante. Este pollo, como lo llaman ellos, un gran cráter de 20 metros de profundidad, se llevó consigo un edificio de Se planteaban varias hipótesis de por qué había aparecido tan repentinamente. Decían que se debía a una falla tectónica, que había sido producto de la erupción del volcán Pakaia, o incluso que era el tipo de suelo.
Pero lo que sí parecían coincidir todas las posibles explicaciones era que había fallas en el sistema de alcantarillado, particularmente en los colectores de aguas residuales de la ciudad. Son túneles que miden entre 1 y 3 metros de diámetro y desembocan en cuencas o ríos de aguas negras. Pero según las investigaciones de los medios, estos túneles se terminaron de construir a finales de los años 70, y en Pawa, la empresa municipal de agua, no les había hecho mantenimiento desde entonces. Muchos de ellos presentaban rajaduras y grietas, lo que hacía que el agua en su interior se filtrara y la tierra alrededor se humedeciera. Aunque la mayoría están hechos de concreto, en las zonas más antiguas siguen siendo de ladrillo, que es muy poroso y frágil.
Era muy probable que el que estaba al lado de mi casa estuviera en ese estado, y eso, sumado a las fuertes lluvias de aquel 29 de mayo, hizo que el terreno perdiera estabilidad y se hundiera. A pesar de las pruebas que se publicaban, la municipalidad y Empahua guardaron silencio por casi un mes, hasta que al final negaron rotundamente que fuera su culpa. Dijeron que habían contratado unos geólogos mexicanos para examinar el lugar, y estos le atribuyeron la responsabilidad del hundimiento a los drenajes clandestinos de algunos vecinos. Pero esa explicación era muy débil, y es que no era la primera vez que un agujero así aparecía de un momento a otro. 3 años atrás, a unos 2 kilómetros de nuestra casa, en el barrio San Antonio, se había abierto 1 con casi las mismas características, pero el doble de tamaño.
Había dejado 3 muertos y casi 800 personas evacuadas. En ese entonces, también se habló del pésimo estado del alcantarillado. Varios ingenieros civiles y arquitectos aseguraron en medios que, como esta red de túneles va en líneas rectas, los agujeros seguirían apareciendo justo en esa misma dirección. Solo era cuestión de tiempo. Pero nadie hizo caso ni se planearon estrategias para evitarlo, y 3 años después ya sabemos qué ocurrió.
Pasaban los días y seguíamos sin tener claridad sobre lo que ocurriría con nuestra casa. La coordinadora nacional de reducción de desastres, con Red, mandó un experto a evaluar si había quedado afectada. También llegó mi primo, que es ingeniero y que, a pedido de mi mamá, hizo una inspección superficial. Ambos confirmaron que la casa no parecía tener daños estructurales, pero no podía determinarse si el terreno era estable. Sin embargo, a los 3 meses del incidente, mi mamá decidió que era momento de que regresáramos, aún con el agujero abierto.
Y es que empezaba a correr el rumor de que había ladrones metiéndose a las casas desocupadas alrededor, y ella no iba a permitir que se llevaran nuestras cosas. El día que volvimos a entrar, un funcionario de Conred le advirtió que si nos mandábamos de vuelta, lo hacíamos bajo nuestra propia responsabilidad y riesgo. Yo le dije que sí, que yo asumía la responsabilidad. Yo quería regresar a cuidar mis cosas. Nunca profundizamos en los temores que sentíamos ni nada, sino que lo veíamos como como una lucha que había que hacer, tenemos que volver a nuestra casa.
Otros vecinos comenzaron a hacer lo mismo, saltaban la parte acordonada para entrar a sus viviendas. No teníamos otras opciones, no nos ofrecían una mejor solución. Durante 5 meses no hubo agua y algunas personas juntaban dinero para comprarla y llenar los pozos. Cuando eso no era suficiente, yo me bañaba en la casa de una amiga que vivía a unas cuadras. Nos acostumbramos a vivir así, cuadras.
Nos acostumbramos a vivir así. A mí me dio dengue a las pocas semanas. El doctor lo relacionó directamente con lo que había pasado, porque al estar expuesto el agujero y con el agua residual reposada, proliferaban los mosquitos. No fue sino hasta diciembre de ese año, 7 meses después de la tragedia, que comenzamos a ver cómo llegaban camiones de cemento. Así, la municipalidad fue rellenando el agujero.
Nunca nos dijeron si realmente eso evitaría que volviera a colapsar el suelo, pero al menos nos pusieron el agua, que era lo más urgente en ese momento. Y fue de esa misma forma, sin decir mucho, que seguimos con nuestras vidas. Nunca nos sentamos a hablar, miren qué pasó, estuvimos a punto de morirnos porque es una cosa bien fuerte que pasó y, sin embargo, no lo dimensionamos como tal. Tampoco hubo nadie de Empagua o de la municipalidad que se hubiera acercado a ofrecernos una reparación por los daños. Municipalidad que se hubiera acercado a ofrecernos una reparación por los daños.
Pero tampoco la buscamos. Esta es mi hermana Andrea otra
vez. Tú sí y yo, es que a vos te pasas la desgracia
y el mundo no se detienen por vos. Todo igual, todo, todo igual. Vivimos en esa casa por casi 12 años más. Aprendimos a caminar sobre el punto del agujero sin miedo, ignorando lo que había pasado. Supimos que el dueño de la fábrica textil intentó obtener algún tipo de reparación del estado, pero no lo logró y tuvo que reubicar su empresa en otra parte de la ciudad.
El lugar donde estaba ahora es un estacionamiento para autos. Mi abuela murió, mi hermana se casó, yo me iré a otro país y hace un año que mi mamá decidió mudarse a un departamento más pequeño en otra zona de la ciudad de Guatemala. Hemos tomado distancia y la historia se convirtió en una anécdota familiar, pero quizás es esa distancia la que me ha ayudado a ver que no es normal que de la nada aparezca un agujero enorme al lado de tu casa. Es recién ahora, de adulta, que aparecen nuevas preguntas. En la conversación con mi hermana hay una que resuena.
¿Será que debía haber hecho más?
Hecho más, por buscar reparación, porque alguien se responsabilizara de lo que nos había pasado, y también por esa víctima de la que no supimos nada. Porque vos y
yo sabíamos que es un señor real. O sea, ¿dónde está la asunción de responsabilidad por parte de de de Empaho de decir perdón, o sea, ¿dónde está una indemnización para la familia?
O sea, qué qué horrible, qué horrible. Nosotras formábamos parte de la historia de los de arriba, de los que sobrevivimos y poco a poco dejamos de pensar en el agujero. Pero no sabíamos casi nada de lo que pasaba abajo y de lo que todavía podía suceder, y por eso decidí investigar.
Una pausa y volvemos.
Cuando te sientes cómodo con lo incómodo, estás preparado para casi todo, especialmente, el estrés, y Daven Plus Care se asegura de que te sientas cómodo. Todos pasamos por momentos que, pues, te hacen transpirar, sudar por estrés. Cuando das el discurso del padrino y alguien derrama una bebida sobre tus notas, cuando estás frente de un par de 10 pies listo para presumir, o cuando el jefe reprograma tu evaluación para ya mismo. Lo único que puedes hacer es activar tu encanto y dar el discurso, respirar profundamente y hacer el put, o ir a esa revisión como una estrella de rock. Y el sudor por estrés déjalo a Dove Men Plus Care.
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Estamos de
vuelta en RA ambulante. Melissa Rabanales nos sigue contando.
En mi última visita a Guatemala, en diciembre de 2023, me topé con el sitio Ciudad Nueva Únete. Es un blog de mapaches de Ciudad Nueva, un colectivo ecológico de jóvenes que se formó en el barrio en 2008. Las primeras notas son sobre festivales, proyectos de reciclaje e iniciativas ecológicas. Pero a partir de la formación del agujero, en mayo de 2010, el sitio comenzó a recopilar datos sobre este tema que tanto me interesaba. Me sorprendió la cantidad de información que tenían al respecto y lo detallada que era.
Hasta hace poco creía que nadie se había involucrado en las investigaciones para esclarecer lo que había pasado. Tenía el recuerdo del comité del que le hablaron a mi mamá a las pocas semanas de la tragedia. 1 que se había formado con líderes vecinales, representantes de la municipalidad y de la coordinadora de reducción de desastres. Pero en aquel entonces, esa mesa multisectorial, como se llamó formalmente, no había sido de mucha ayuda para nosotras. En realidad, no nos sirvió de nada.
No sé cómo habrá sido con los vecinos, pero a nosotras nunca nos contactaron para recopilar testimonios ni tampoco para actualizarnos sobre el proceso. No gestionaron ningún tipo de reparación y, simplemente, nos pareció que habían tomado la misma postura oficial de la municipalidad, la del silencio. Intenté comunicarme varias veces con ellos, pero no respondieron ninguno de mis mensajes para concretar la entrevista. El caso es que cuando revisé la página de mapaches, entendí que era una especie de comité disidente, de oposición, y aún así, mi familia y yo tampoco nos enteramos de las actividades que realizaban. Vivimos más de una década al lado y nunca vi la placa conmemorativa que mapaches puso en el lugar.
Tampoco me fijé en el mural que pintaron en la pared, que había quedado de pie y que decía, no más impunidad, nada. Descubrí que en su sitio web hay un archivo grande con notas de prensa que salieron sobre el tema, informes de reuniones con la municipalidad, fotos y artículos con sus propios hallazgos, donde exigen justicia por las víctimas mortales. Víctimas, en plural. No fue solo una persona, como siempre creí, sino 2, y ahí estaban sus nombres, Edwin Roberto Velázquez Salazar, de 43 años, y Rigoberto Chuck Caal, de 23. El colectivo mapachas dejó de existir en 2012, pero logré contactar a una de sus integrantes.
Se llama María José España. También es periodista, vivía en el barrio y me contó que lo primero que supieron de las víctimas, así como también lo supimos nosotras, fue a través de gente que presenció el incidente. Pero a diferencia nuestra, al colectivo sí le dijeron que habían sido 2 personas. Esta es María José. Eran 2 muchachos
que eran agentes de seguridad de una empresa privada, y nos dijeron que como que habían salido de turno. En esa esquina, que es donde estaba la casa que se rindió, había un teléfono público. Ellos se acercaron al teléfono público a llamar, y ahí fue cuando se abrió la tierra, y se fueron los 2.
La hermana de 1 de ellos, la de Edwin Velázquez, dio esa misma versión a un noticiero 2 días después del incidente. Isaías, el hermano de Rigoberto Chuck Caal, también apareció en otro noticiero. Dijo que estaba en la esquina opuesta a él cuando todo pasó. Esta es parte de esa entrevista.
Vení, hombre, al terminar ese palabra. Cuando lo volteo a ver, la casa ya está cayendo. Ya ya está cayendo todo. Entonces entonces ahí grité yo, va, llamar a su nombre, salí a la calle Martín, salí por aquí en en ese callejón para buscarla. No la encontraba.
Durante esos días, las autoridades dijeron que habían bajado 2 veces al agujero a buscar el cuerpo de Rigoberto, pero no lo encontraron. Por eso, según dijo Isaías, no podían entregarle un acta de defunción de su hermano.
Si las autoridades y si los derechos humanos así trabajan, pues yo espero el cuerpo de mi hermano, para que me van a a decir a mí que sí es cierto lo que estoy diciendo.
La municipalidad no dio ninguna declaración sobre la desaparición de Rigoberto, y continuó así, sobre la desaparición de Rigoberto, y continuó así, incluso cuando, 6 días después, los bomberos encontraron el cuerpo de Edwin, la otra víctima, en un río a unos 5 kilómetros del agujero. Lo había arrastrado la corriente subterránea. Ese mismo día, la hermana lo reconoció y las autoridades informaron su muerte, pero sin responsabilizarse. De Rigoberto nunca se habló. El colectivo Moapaches, durante su investigación, supo que era de un departamento al noreste del país, Izabal, y que había migrado a la ciudad para buscar trabajo y ayudar a sostener a sus hermanos menores.
En un momento, el colectivo logró contactar a la familia. Esto es María José otra vez.
Eso fue lo que supimos, pero era una familia muy pobre, que chica no hablaba español y que no tenía las posibilidades de viajar a la ciudad de Guatemala alegar por la muerte de su familiar. Entonces, también eso fue como un obstáculo para que se lograra dar seguimiento y conseguir justicia.
En ese momento, María José y sus colegas insistieron por todos lados para que lo encontraran.
Yo me acuerdo que hablamos todavía con la Fundación de Artropología Forense, pero el momento político como que era muy fuerte meterse con la bulla, entonces, ellos no quisieron acuerpar como la lucha porque se empezó a volver muy política.
Muy política porque el año siguiente, en 2011, serían las elecciones y el entonces alcalde Álvaro Arzú buscaba su reelección por tercera vez consecutiva y la cuarta de 5 en su historia, así que no parecía ser muy conveniente que esto se volviera un escándalo. Además de ser un político ya establecido, Arzu provenía de una de las familias más ricas y poderosas del país. Ya había sido alcalde a principios de los años 90 y presidente de la república en un momento crucial para el país, el fin de la guerra y la firma de los acuerdos de paz. Después, en 2004, cuando volvió a ganar las elecciones municipales con el conservador partido unionista, su figura ya era bastante reconocida. Según María José, Arzu supo aprovechar los 1000 de empleados de la municipalidad como un fuerte músculo electoral.
Lo que tiene el organismo es que su base es la base interna de la municipalidad, son trabajadores, son empleados que pueden que sean coaccionados o amenazados y que tienen que salir a votar.
Para el colectivo mapaches era imposible luchar contra ese poder. Entonces, sí tuvimos
varios choques con la administración municipal. Como que empezamos a ser demasiado incómodos, entonces, ya nos miraban como los revoltosos, los que vivía peleando con con la Moon y y con ellos era imposible hablar, o sea, había que aceptar lo que ellos quisieran hacer.
Y tampoco era mucho más que la formación de ese comité que, como ya dijimos, no dio resultados. La insistencia de mapaches logró que la Procuraduría de Derechos Humanos publicara una resolución en la que le solicitaban a las autoridades seguir con la búsqueda de Rigoberto, descartaban la categorización del agujero como un desastre natural, y exigían a la municipalidad y a Empahua a hacerse responsables. Además, les pedían tomar las medidas necesarias para que no volviera a pasar, pero todo eso solo quedó escrito y ninguna institución hizo nada.
Llegó un momento que dije, ah, no quiero hacer nada de nada. Y ahí fue cuando yo me fui de la colonia por eso, porque estaba tan cansada de estar tan metida en algo que al final no logró.
Y se retiró del colectivo mapaches poco antes de que se acabara por completo. Hoy Rigoberto Chuck Khaal sigue desaparecido. Intenté buscar yo misma a su familia de muchas formas, con los datos que tenían en mapaches, en redes sociales, en documentos públicos, a través de vecinos, pero no he tenido suerte. Sigue sin haber un acta de defunción y en Guatemala no hay listas públicas de personas desaparecidas. Solo logré encontrar el registro tributario con su fecha de nacimiento y su identificación.
Allí dice que en 2012 se le dio de baja en el sistema por inactividad. Después de todo este tiempo, lo único que me acerca a él es una fotografía que la misma familia debió compartir con mapaches y que está colgada en el sitio web. En ella, Rigoberto mira la cámara, tiene puesta una camiseta de la selección italiana de fútbol de 2006 y una cadena de oro que le cuelga del pecho. Además de la investigación de mapaches, también encontré que en los últimos años se han publicado una serie de informes académicos e institucionales sobre los agujeros. La mayoría coincidían con lo que ya mencionamos, el alcantarillado sin mantenimiento.
Pero había algo más que no se sabía hasta ahora. Entreviste a 1 de los geofísicos que trabajó en Conred, la coordinadora nacional para la reducción de desastres, y que estuvo en los comités de reparación del agujero del barrio San Antonio, en 2007. Él me confirmó que en ese momento se entregaron varios informes oficiales a las autoridades que confirmaban lo del desgaste de la infraestructura. Además, advertían que, de no tratarse el tema, se seguirían abriendo agujeros. O sea, esas advertencias no fueron solo de ingenieros que salieron en los noticieros, hubo un proceso formal de notificación al estado.
Conra le pidió las bitácoras de mantenimiento a la municipalidad y a Empagua, pero según me dijo el geólogo, no solo no les entregaron esos documentos, sino que se aseguraron de que los informes que habían hecho no se hicieran públicos. Dijeron que era por seguridad. Después de eso, María José me contó que hubo varias denuncias abiertas en contra de la municipalidad por su negligencia, pero ninguna prosperó. Nunca se iniciaron juicios. Durante mi visita a Guatemala, también hablé con el periodista Luis Ángel Saz, que viene investigando este problema de los agujeros desde 2022.
La investigación empezó hace 2 años, más o menos, cuando una fuente me habló de que había problemas, por lo menos, habían 22 sitios de riesgo de hundimiento en en la ciudad de Guatemala, inmediatamente en la ciudad de Guatemala, que afectaba a varios lugares transitados.
Repito la cifra de la que le hablaron a Luis Ángel para que quede clara. 22. Sí, 22 sitios en toda la ciudad que podrían hundirse en cualquier momento. Luis Ángel no había escuchado alertas al respecto, así que quiso saber más. Empezó a buscar algún pronunciamiento oficial que le confirmara la información, pero como le pasó a mapaches 10 años antes, nadie estaba dispuesto a ayudarlo.
La municipalidad es como una caja fuerte de información, no, es como una especie de acuerdo de silencio que había. Era como una elogia y nadie dice nada. Entonces, era muy difícil.
Pero Luis Ángel insistió, por otro lado, y ese mismo año logró encontrar a un ex trabajador de Empagua que estaba dispuesto a contarle lo que sabía. Tenía rabia con sus antiguos empleadores porque lo habían despedido de forma injusta y se había enterado de que a 2 de sus compañeros, por falta de protección de la empresa, los arrastró una corriente de agua mientras trabajaban en los túneles del alcantarillado. Ambos murieron. El hombre, que aceptó hablar de forma anónima por miedo a represalias, le contó a Luis Ángel que desde hacía muchos años, casi 2 décadas, había sido testigo de las afectaciones de los túneles. Incluso vio las que tenía el de Ciudad Nueva, Mi Barri, antes del colapso y eran bastante graves.
Y que hicieron unas inspecciones, se alertó, pero primero los obligaron a quedarse callados y esos informes desaparecieron.
En abril de 2022, su fuente anónima le presentó a Felipe Camey, que también trabajaba en Empagua y que sobrevivió al incidente que había cobrado la vida de sus 2 compañeros. Camey le explicó a Luis Ángel que el punto más crítico de posible colapso estaba debajo de la avenida Roosevelt, una de las principales del país y por donde todos los días pasan personas, 1000 de carros y transporte pesado. Lo sabía porque en abril de ese año él mismo había tomado fotografías y videos mientras hacía una inspección rutinaria en el colector. Lo había informado a sus superiores, pero nadie había hecho nada. Le propuso mostrarle para que entendiera la magnitud del asunto.
Para eso, tendrían que bajar a 1 de los pozos de visita, que son espacios bajo el suelo ubicados en distintos puntos de la ciudad. Desde allí se puede acceder al sistema de túneles. De esa forma, Luis Ángel podría ver el problema con sus propios ojos y grabarlo por su cuenta. Sonaba fácil en principio, pero no lo era.
Teníamos que hacer una operación como encubierta, porque la municipalidad podía darse cuenta.
Y meterlos en un lío legal muy grande. Entonces diseñaron un plan. Camey no bajaría, pero sí lo harían 2 ex trabajadores de Empogua que también querían denunciar y conocían bien los túneles. Luis Ángel se encontraría con ellos en un punto de la avenida Roosevelt, tendría que ser de noche, cuando hubiera menos gente y carros transitando. Allí levantarían una tapa metálica redonda y muy pesada.
Se engancharían con una cuerda a una grúa y descenderían 27 metros hasta el pozo. Pero los policías de tránsito, EMETRA, patrullaron constantemente la zona y seguro les parecería muy sospechoso que unos hombres estuvieran entrando al pozo a esa hora, así que cronometraron esas patrullas.
Las 8 de la noche pasan los de Metra y después no hacen otra zona hasta las 9. Entonces, tenemos una hora para llegar, instalar y bajar.
La operación tenía que ser muy rápida y con mucho cuidado. Cuando todos lo tuvieron claro, acordaron una fecha.
Entonces, fuimos una noche, un sábado, que estaba lloviznando, pero era una operación como de película, como que fueron a robar un banco, ¿no?
Luis Ángel llegó unos minutos antes de las 8 y se estacionó a una distancia prudente del punto acordado. Desde allí alcanzó a ver la grúa con una polea en la parte de atrás. Esperó la señal de 1 de los hombres que bajaría, un mensaje que le dijera que podía acercarse. Cuando lo recibió, caminó para encontrarse con el resto. Ya tenían todo listo.
Era una adrenalina interesante, porque estabas viendo que no te vieran, que si le iban a preguntar qué ibas a decir, que si tenías permiso municipal para hacerlo, que podían llamar a la policía.
Le pusieron el arnés a Luis Ángel y lo engancharon con la cuerda a la grúa, pero antes de bajar, 1 de ellos lo detuvo.
Me dijo, no, mejor no bajés, está lloviznando, no sabemos si va a bajar una corriente. Entonces, dijo, dame tu teléfono, lo puse en en la full definición del iPhone, y se llevó mi teléfono y grabó.
Los 2 trabajadores bajaron con cascos, guantes, linternas y varias sogas. Una vez en el pozo, caminaron hacia el túnel y empezaron a grabar lo que veían. Quien habla es 1 de ellos.
Desde aquí comienzan las grietas. Como pueden ver, está dañado.
Ahí se ve cómo iluminan con las linternas las paredes de concreto del túnel. Las grietas son muy grandes.
El túnel está quebrado. La tierra que se ha acumulado.
La tierra que cae desde arriba, metiéndose por las grietas. Caminan sobre ella, pero no debería ser así. Por ahí debería pasar una pequeña corriente de agua residual.
Todo el túnel está rajado.
En otro video se ve que mientras caminan, hay cada vez más tierra y el túnel se va haciendo más estrecho.
¿Desde qué comienza la socavación del túnel.
Tienen que agacharse. Les cuesta respirar y, arrastrándose, llegan al lugar donde una parte del túnel ya colapsó. Toda la tierra de encima se vino abajo y formó un montículo. Lo escalan para ver qué hay encima.
Aquí. En trompasina. Cabella.
Piensen en 3 capas, la de la superficie, es decir, la avenida, la más profunda, que es el túnel roto.
El túnel está rajado, y aquí están las filtraciones.
Y la del medio, donde debería haber tierra, pero ahora había una caverna enorme. Ya no podían moverse ni estar mucho tiempo ahí, así que poco antes de las 9 de la noche, subieron a la superficie con las pruebas en el celular de Luis subieron a la superficie con las pruebas en el celular de Luis Ángel. Un mes después, en octubre de 2022, los publicó en el medio Plaza Pública. También incluyeron varios reportajes sobre el problema de los túneles. Allí lograron determinar que la caverna de la avenida Roosevelt medía 10 metros de largo y 8 de ancho, y que estaba a solo 15 metros de profundidad de la carretera en la que pasan 1000 de carros al día.
Otros periódicos masivos lo replicaron y la conversación se mantuvo en las redes unos días. Sin embargo, Empago aseguró que ese túnel estaba inhabilitado desde 2014, aunque eso realmente no disminuía el peligro. El director de alcantarillado y saneamiento de la empresa, cumpliendo con una citación en el congreso, negó bajo juramento que existieran esos daños. Dijo que ya no había nada de qué preocuparse. Al mes de la publicación del reportaje, Felipe Camey, el que le presentó a los trabajadores a Luis Ángel, fue asesinado a tiros afuera de su casa.
Nunca reportó amenazas y la familia no quiso dar declaraciones. En el artículo que Luis Ángel publicó reportando su asesinato, también reveló aquel primer video que Camey había tomado a principios de ese año, cuando descubrió la caverna y había intentado medirla.
Me di ahí, ponete ahí, ponete ahí, ponete ahí, ponete ahí, ponete ahí. Ahí, ahí. No hombre, aquí al centro, mijo.
Quedaba claro que Cameis sabía muchas cosas, quizás más de las que mostraba el video. Acá Luis Ángel de nuevo.
Claro, después Sergio en duda, ¿verdad? ¿Qué pasó? ¿Qué sabía? ¿Sabía de la corrupción? ¿Del debido de fondos?
¿Qué había? No te miento, me asusté, porque lo primero que piense, obviamente, es en 1 también. Es decir, si le pasó algo a alguien que que que que estaba en esto, ¿por qué no me puede pasar a mí?
Hasta ahora no hay nada que pueda aprobar una relación directa entre la muerte de Camey y la información que tenía. Luis Ángel no recibió amenazas directas por sus reportajes, pero sí tuvo miedo. Después de eso, al ver que la investigación del asesinato no prosperó, dejó de preguntarle a la familia de Camey y a Empogua, aunque no dejó de seguir el tema. Cuando me vi con él, me enseñó otro informe que le filtraron. Lo había hecho la misma municipalidad 2 años antes, pero tampoco lo hicieron público.
En él identifican 17 colectores dañados, aunque sigue sin estar clara la cifra total. Con esa información, en enero de 2024 busqué a Álvaro Hugo Rodas, actual gerente general de Empagua, para que me explicara los riesgos que existen por los túneles del alcantarillado y si al fin están intentando evitarlos. Aunque Rodas había asumido como director de esa institución 4 meses antes, no es ningún desconocido dentro de la municipalidad. Durante los últimos 20 años ha tenido varios cargos allí. Cuando le escribí a él y a su asistente, me pidieron que les contara de qué trataría.
Aceptó la entrevista, pero antes de comenzar a grabar, me aclaró que no respondería preguntas sobre los agujeros. Igual no me importó. Pero antes de preguntarle sobre el informe que me enseñó Luis Ángel de los 17 túneles dañados, decidí comenzar por el agujero que se había abierto en 2010, en mi barrio. Este es Rodas.
O sea, cabalmente no no no tengo información, no sé ni qué edificio me habla, pero pero no sé, no no no sé en qué momento fue fue creado.
Insistí. Ok, entonces, ¿usted no podría decir exactamente qué pasó en ese hundimiento?
No, no, no, no tengo no tengo ni conocimiento ni la, di la autoridad en ese momento para para para plantearlo.
Quizás en su nuevo puesto como director Rodas prefiera no hablar, pero me cuesta creer que no sabía. De hecho, en varias notas de prensa sobre lo que pasó en ese momento dio declaraciones sobre las tareas de reparación y lo que estaba haciendo la municipalidad. Incluso figura como 1 de los representantes en el comité que se formó cuando ocurrieron las 2 tragedias, la de 2007 y la de 2010. Ahí ya le mencioné el informe con los 17 túneles dañados y que pueden colapsar en cualquier momento.
No sé qué información tenga usted, si me lo puede compartir, me ayudaría bastante, para validar, digamos, con la gente si es si estos tal vez ya esos que usted ya reportado ya los reporté, ya los reparamos o los tienen en programación, entonces usted me ayuda con eso, me ayudaría, ¿verdad?
Le pregunté sobre las víctimas, no solo de las tragedias, sino también de las muertes de trabajadores que se registraron en los últimos años, cuando realizaban tareas de control en el alcantarillado.
De nuevo, le planteo, mire, yo me, o sea, yo creo, o sea, es como que yo le pidiera a usted qué pasó, qué va a hacer con con algún trabajador que despidieron en su empresa hace 2 años, antes que usted entrara.
Entonces le pregunté sobre el presente. Su responsabilidad es de que él entró a este trabajo.
Pues algunos no no es tanto que estén dañados, sino que en su momento fue cuando fueron construidos, según ya nuestras nuevas normativas no están como deberían de haber hecho y lo estamos, se están remozando, digamos. Desde que terminó el invierno estamos trabajando en eso.
Después de la entrevista, le envié el informe de los 17 túneles, como me lo pidió. Hasta el momento, no me ha respondido. A través de información pública, la municipalidad asegura que a partir de 2022 se le ha dado mantenimiento a 7 puntos de colectores en la ciudad. En este punto en que todos sabemos que la responsabilidad de que tengamos los cráteres frente a nuestros ojos es de la municipalidad y que, a pesar de todo, no cambia nada, parece un delirio. ¿Qué más tiene que pasar?
Luis Ángel tiene una metáfora para describir cómo se vive en la ciudad de
Guatemala. La ciudad está sobre un queso con con agujeritos y no sabes cuándo tú vas a pasar sobre 1.
Solo que son agujeritos enormes. 1 de ellos, según el informe que me había enseñado, podría abrirse justo debajo del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, el teatro nacional, 1 de los edificios más emblemáticos del país. Su sala más grande tiene una capacidad para 2000 personas. No sé si en algún momento llegue a comprender del todo cómo podemos seguir viviendo así, cómo todo esto no ha sido un escándalo nacional. Yo hablé con mi mamá.
Los guatemaltecos aprendemos a salir por sí solos, quizás porque ha sido un país que ha sufrido tanto. Entonces estamos acostumbrados a que o lo hacemos nosotros o nadie lo hace por nosotros. También lo conversé con Luis Ángel y María José. Con ellos hablamos de indiferencia, pero a mí esa palabra me lastima, porque estoy segura de que sí, es un síntoma, pero no es la causa. Para mi hermana, también es una forma de supervivencia.
Es que es bien jodido cuando te hieren tanto como pueblo. Tenés que agarrar callo, mano, porque si no, no puedes sobrevivir al día siguiente. Es que nos pasa como pueblo, olvidamos como mecanismo de defensa.
Porque en la ciudad de Guatemala siempre hay algo más que puede derrumbarse. Más por ahí, esquivando tragedias, las pandillas, la corrupción, el hambre, la injusticia. Hay tantas cosas pasando en la superficie que no tenemos tiempo para pensar en lo que hay debajo.
Durante los últimos 14 años se han abierto más de una docena de agujeros, y no solo en la ciudad de Guatemala. Se calcula que han dejado al menos 10 víctimas mortales. La causa sigue siendo la misma, el mal estado del alcantarillado. A pesar de las pruebas, la municipalidad de Guatemala asegura que actualmente no hay ninguna falta que represente peligro. Melissa Rabanales es periodista digital de RA ambulante, es guatemalteca y vive en Buenos Aires.
Esta historia fue editada por David Trujillo, Pablo Argüelles, Camila Segura y por mí. Bruno Celsa hizo el fact checking, el diseño sonidos, Andrés Aspiri, con música de Ana Durán. El resto del equipo de RoundBrlante incluye a Paola Lean, Lissette Arévalo, Lucía Auurbach, Adriana Bernal, Ana Liz Casasus, Diego Corzo, Emilia Berveta, Remy Lozano, Selene Masson, Juan David Naranjo, Andrea Ramírez, Barber Sahael, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Desiré Yepes. Carolina Guerrero es la CEO. Rambland es un podcast de Rambland Studios, se produce y se mezcla en el programa Hindlebird Pro.
Rambland cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón, gracias por escuchar.