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Esto es Ramblante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hace unos meses, todos en el equipo de Ramblante nos enganchamos con la historia de una búsqueda. Una periodista chilena casi muere atropellada y, veinte años después, trata de encontrar a la persona detrás del volante. Una búsqueda que, de paso, explora la manera en que nos relacionamos con nuestros traumas, nuestros cuerpos y el pasado.

Todo se cuenta en un podcast de ocho episodios llamado Te Busco. Es una coproducción de podio en podcast y nuestros talentosos amigos, Catalina May y Martín Cruz, quizás más conocidos como los creadores del podcast Las Raras. Sabemos que a ustedes les va a gustar tanto como a nosotros. Entonces, hoy queremos compartirles el primer episodio para que se animen a escuchar el resto. Pueden encontrar los demás buscando Las Raras o Te Busco en su app de podcast favorita.

Este episodio se titula El atropello, aquí la historia.

Las raras y podio podcast presentan. Te busco.

Paso acá.

Mediante un aviso en el diario, y ahora también por televisión, una mujer busca al hombre que hace veinte años la atropelló en la comunidad de Las Condes.

No, no, no, el auto está más

acá, tiene cincuenta, sesenta metros desde que te impactó hasta donde quedaste tiraba.

Por otras informaciones, una mujer inició una búsqueda para encontrar, escuche, a un conductor que la atropelló hace veinte años. Puso un aviso en el diario y ya está pegado a fichas para tratar de ubicarlo.

Es que yo me acuerdo que te empecé a hablar.

Cuando tenía veintitrés años, estuve a punto de morir atropellada. Quedé con amnesia, con la mitad del cuerpo quebrado y con un trauma del que nunca hablo. Como periodista, me dedico a contar historias, pero llevo veinte años evadiendo a contar la mía.

Mediante un aviso en un diario, Catalina May busca al hombre que hace veinte años la atropelló, un accidente en que casi perdió la vida.

Para reconstruir todo lo que realmente pasó, me falta una pieza clave, encontrar al hombre que me atropelló. Necesito que nos sentemos frente a frente y que me cuente el momento en el que me podría haber matado, porque yo no me acuerdo de nada.

Era treinta de octubre del año dos mil tres. Once de la noche, Catalina iba camino a su casa. Esta vez el viaje fue algo más largo. El atropello marcaría su vida.

Para llegar a él no tengo ninguna pista y, si realmente quiero encontrarlo, voy a tener que salir de un espacio seguro. Incluso, voy a tener que exponerme en los medios de comunicación y convertirme en convertirme en viral.

Una búsqueda que no se detiene, con

avisos, afiches, redes sociales, todo sirve para alcanzar un propósito que para ellas completar definitivamente una etapa de su vida.

Mi gran compañero en esta búsqueda ha sido Martín Cruz, el director de sonido de las raras.

Búsqueda ha sido Martín Cruz, el director de sonido de las raras. Juntos hemos trabajado durante meses para reconstruir lo que me pasó y para tratar de encontrar al hombre que me atropelló. Yo soy Catalina May. Esto es Las raras, historias de libertad. Episodio uno, el atropello.

Para empezar a investigar qué fue lo que realmente pasó la noche de mi atropello, converso con los tres amigos que estuvieron conmigo en ese momento. Nico, quince, y Pelao. Era el jueves treinta de octubre de dos mil tres, alrededor de las once de la noche. Íbamos los cuatro en un auto subiendo por Cristóbal Colón, una avenida que atraviesa la comuna de las Condes en Santiago de Chile. Quince iba manejando.

Yo en esa época tenía un Volkswagen Wolf gris, dos puertas, GTI.

La avenida Colomba de este a oeste tiene cuatro pistas, dos en cada sentido. A esa hora todavía había tráfico. Yo iba en el asiento de atrás con el Nico, Pelao iba de copiloto.

Bueno, manejó quince, ¿no es cierto? Porque era el que menos había tomado. Esos viajes eran hablando caerse de pescado, escuchando música, vidrio abajo, tomando un poco de aire.

Íbamos camino a mi departamento después de pasar la tarde juntos. Habíamos estado escuchando música, tomando cerveza y fumando marihuana. Mis amigos iban a ir a una fiesta, pero yo estaba deprimida y me había emborrachado. El Nico dice que por eso me fueron a dejar.

Claro, como estaba ahí como estropajo que te va a ir en micro, en taxi, algo te podía el pasado, entonces, por eso te fuimos a dejar.

Cuando llegamos a la esquina de la calle donde yo vivía, que se llama Domingo Bondi, quince se dio cuenta de que no podía doblar para dejarme en la puerta de mi edificio.

Porque Domingo Bondi, la calle es hacia al sur, quedamos a contramano, entonces yo no podía doblar desde Colón hacia Bondy, entonces dije no, Cata, no te preocupes, doy la vuelta, doy la vuelta.

Pero justo nos tocó la luz roja y paramos en la esquina. Pelado que iba de copiloto, echó su asiento para adelante y me dejó bajar hacia el lado de la vereda.

Entonces me bajé yo, te bajaste por este lado, cerramos la puerta, dieron el verde.

Yo solo tenía que cruzar la avenida Colón y caminar unos metros para llegar a mi edificio. Mis amigos doblaron por Domingo Bondi hacia el otro lado.

Y nosotros avanzamos lentillo porque igual

te esperamos que vas a salir un poco más para tu casa, qué yo,

y en algún momento no te vi. Oye, chiquillo, no no no veo la cata. No, no veo la cata, no veo la cata. Y siento un estruendo

muy fuerte, muy fuerte. El golpe fue tremendo, tremendo el golpe.

Entonces, nos enteramos el auto y nos bajamos.

Se bajó quince, se bajó el Nico y yo me quedé paralizado dentro del auto. No no supe reaccionar.

Todo oscuro, lúgubre, no había nadie. Y empiezo a mirar y miré a mirar, pero rápidamente veo un bulto y un bulto de colonia hacia allá, no sé, cincuenta metros, lejos, lejos, súper lejos, y ahí fue rápido, dije mierda en la cátedra. Y fuimos a ver y ahí tú, la que estaba tirada en el suero. Ese bulto para era una manto negro, me acuerdo, un bulto botado. Yo pensé que esto estaba ahí muerta, o sea, era imposible que estuviera de pie.

Me cuentan que mientras estaba tirada en la calle empezó a llegar gente. Pararon algunos autos y hasta una micro.

Evidentemente, mucha gente sintió el estruendo, miró por la ventana, cachó esto y empezó a bajar. Al tiro llegó mucha gente, mucha, mucha, mucha, mucha, mucha gente rápido. De de hecho, llegó un médico, una niña, yo soy médico enfermera, algo así, fue a tomarte los primeros signos vitales, ¿cachái? Entonces, dije ya, la cata está abierta, te tapamos porque hacía frío.

Yo me quedé en el auto un buen rato, después me acerqué de a poco a la esquina, después crucé y yo como que colapsé, decimos, no, no sabía qué hacer.

Te movimos poco, precisamente, por el hecho de las construcciones y todo, la típica no pudimos ver mucho, pero te movimos un poco porque está demasiado como enrollado. O sea, yo tenía miedo oye. Miedo, miedo, miedo. No no no lograba asimilar la situación, digamos.

Y ahí esperamos, no sé, esos minutos que son horribles, ¿no es cierto?

Te acompaña y te hablé la oreja. Te decía Cata, Cata pelea, pelea Cata, si te hablaba todo el rato. Pero pero no, está ahí absolutamente inconsciente. Inconsciente, inconsciente, te quejáis, no. Nada más, pero súper tenue el el quejido.

O sea, yo por lo bajo era un accidente que tuve una persona

geovegetal. Poco rato después llegó una patrulla de carabineros y dos ambulancias. Me subieron a una y por protocolo me trasladaron a urgencias del hospital de El Salvador, a siete kilómetros de distancia. El Nico se fue conmigo.

Oye, subió yo la ambulancia, adelante. Todo terrible. Porque te escuchaba quejarte. Te quejás, güey, nada más, nada más, no ya hay ni una palabra ni una hueva.

Entre todo este caos, ninguno de mis amigos se preocupó de la persona que me atropelló.

No hablamos tampoco con él, la persona.

No. No, tampoco, no, no, no, cero, cero. Me senté en ti, estaba muy, me he centrado en ti hasta que te sobraron en la ambulancia. No la vi, lo único que

no decía, bueno, no la vi,

me apareció de repente, no no no no caché, no no, bueno, la vi, no la vi, no la vi, no la vi. La persona estaba compungida, pero no tengo ni un detalle, era hombre, tiene unos treinta años medio moreno.

No, no me acuerdo cómo era.

En ese minuto, mis amigos tampoco registraron bien qué tipo de auto fue el que me atropelló.

No era no era un sedán, no era un auto sedán, ¿cachay? Pero un auto más grande que un sedán.

Era un auto, un sedán, y sí, que no me equivoco, era

un auto verde. Una camioneta que era como una de esta Fiorino, no no no

es Fiorino, pero era como

estas como de de reparto, blanca, dos puertas adelante y cerrado atrás.

Mientras yo iba en la ambulancia con el Nico, la principal preocupación de Quincy Pelao era avisarle a mis papás. Ellos vivían en Chillán, cuatrocientos kilómetros al sur de Santiago. Yo nunca había escuchado esta historia. Lo primero que trataron de hacer fue avisarle a mi hermana, pero no pudieron encontrarla porque era el año dos mil tres y ella no tenía celular. Así que contactaron a la Claudia, una amiga de mi hermana, y le pidieron a ella que le avisara a mis papás.

Casi me morí, te juro, casi me morí. Pero finalmente lo tuve que hacer.

Ella sabía lo difícil que iba a ser para mis papás recibir esta noticia. Siempre hemos sido súper unidos y me han apoyado en todas mis decisiones. Lo único que me han pedido de vuelta es que me cuide.

Yo estaba en Chillán y estábamos durmiendo, y suena mi teléfono, y tu mamá me contesta así como muy normal, que estaba durmiendo, y me dice como, hola, Claudia, ¿cómo estás? Y la Claudia me dice, al tiro. Tía supo del accidente de la cata y tu mamá, o sea, su reacción fue como, uf, fue muy heavy, porque como que yo sentí, escuché que ella como que se tragó su respiración, eso sentí yo así como un sonido muy extraño, como que dejó de respirar. Y yo le digo, no, ¿qué pasó? ¿Cómo está?

Y como que me insistía que yo le dijera la verdad, que si estabas muerta.

En ese momento, mis papás estaban especialmente vulnerables a una noticia como esta. Habían perdido a tres familiares muy queridos en los últimos meses en dos accidentes de tránsito distintos. Claro, la

mamá recibe ese llamado y y de ahí intentamos reaccionar, porque el golpe es tan fuerte, tan feroz, y es tan demoledor que además estás lejos, que te lo hace doblemente difícil y, bueno, que que horrible, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos? Bueno, tomemos el auto y y vámonos para Santiago, yo creo que en en quince minutos estábamos saliendo. Y, bueno, un viaje pero horrible, horrible, eterno, lleno de de incógnitas, un viaje en el que yo viví lo más horrible que puede vivir un padre, que es imaginarte que tu hija murió, porque yo todo el viaje me fui imaginando que te habías muerto y que no me lo decían nomás, que estaba esperando que llegara allá. De modo que para mí, de alguna manera, yo viví tu muerte, la viví.

Para tratar de entender mejor lo que pasó, le pido a mis amigos que nos juntemos en la esquina del atropello. Yo he pasado muchas veces por ahí, pero nunca antes me preocupé de conocer bien los detalles. Son cerca de las once de la noche y hace frío. Martín dirige la acción.

Entonces, la idea de hoy es la siguiente, es que hagamos un poco como una reconstitución de cena, ¿sí? Que tú, quince, nos muestres dónde te acuerdas que quedó la cata tirada, que podamos medir la distancia entre ese lugar y el semáforo, ver qué distancia cruzó la cata también la calle, tratar de sacar información.

Empezamos dentro del auto, cada uno sentado como veníamos esa noche.

¿Quince, por qué te dicen quince?

Por mi mal comportamiento de quinceañero.

¿Porque eras como un quinceañero?

Sí. Sí.

Vamos lento, y cuando nosotros llegamos, era fuimos el primer auto que nos paramos en el semáforo

No había nadie, no había nadie.

Pero estaba iluminado como ahora igual.

No, no había luz, no, no, estaba oscuro.

Nos bajamos en la misma esquina donde me bajé esa noche. Sabemos que desde ahí alcancé a cruzar tres de las cuatro pistas que tiene la avenida Colón, y cuando estaba a punto de llegar al otro lado, me atropelló un auto y me pegó en todo el lado derecho del cuerpo.

Me acuerdo muy fuerte el golpe. Sí. Pero no de frenar. No, tampoco me acuerdo de frenar.

Yo creo que él no alcanzó ni a frenar, porque la gata se baja ya, baja la cabeza y se queda corriendo.

Y mira dónde estáis, allá en el poste que tiene como una cuestión

pluma. Quince me muestra el lugar donde él recuerda que quede tirada después del atropello. Está muy lejos de la esquina.

Y corrí, corrí, corrí, corrí, corrí, corrí.

Cruzamos corriendo en diagonal las cuatro pistas hasta allá.

Paso acá. estás ahí así. La cabeza aquí. Sangre. No.

Para establecer bien los hechos, medimos las distancias.

No, no,

no, el auto estaba más acá.

Pensamos que este dato nos puede servir para calcular la velocidad a la que venía el conductor que me atropelló. Ya, a

ver, vamos marcando. Ahí ahí estabas tú. Ya. Uno, dos.

Primero medimos desde donde mis amigos dicen que quedé tirada hasta el lugar en que recuerdan que quedó el auto.

Veintitrés, veinticuatro, veinticinco. Aquí estaba el auto, ¿no?

Por aquí está el auto.

¿Y cuántos pasos te dieron? Veinticinco. Ya. Uno, dos, tres, cuatro.

Después medimos la distancia desde allí hasta el semáforo. Veintiocho, treinta

y nueve,

treinta, treinta.

Son unos sesenta metros, cincuenta, sesenta metros, desde que te impactó hasta donde quedarte tirada, sin

Pero esa es la instancia, que yo creo que bajo cualquier circunstancia alguien debería estar muerto.

Mis amigos no logran ponerse de acuerdo sobre el tipo de auto que me atropelló, pero recuerdan que quedó con el capó abollado y el parabrisas roto.

Oigan, pero yo igual crucé toda la calle, no es que yo me lancé contra el auto, ¿cierto? Yo crucé desde allá para acá. Y entonces igual el gallo pavió al al no verme, ¿no?

Pero es que imagínate viene un auto rápido, y de repente el tipo viene con verde y así así.

Lo que yo digo es que si hubiera sido un chofer tal vez súper atento, me hubiera visto, porque igual crucé varios metros y a lo mejor hubiera alcanzado a frenar, o si hubiera venido menos rápido no me hubiera agarrado, yo hubiera alcanzado a cruzar, ¿cachai? No sé, estoy poniendo hipótesis, ¿cachai?

Para comprobar qué tan posible es que el conductor no me viera, cronometramos el tiempo que me demoro en cruzar la avenida corriendo.

Cuando el verde voy a correr, ¿ya? Mico, tenés que estar listo. Voy. ¿Cuánto me demoré?

Menos de cinco segundos.

Guau. Nada.

Nada.

Nada. Nada. Nada. Nada.

Mis amigos especulan sobre cómo sucedieron las cosas.

No, el tipo no te digo.

Porque la verdad es que ellos no vieron lo que pasó. No tenemos ningún testigo directo del momento del atropello.

Aquí siempre se puede andar más rápido que el resto, porque esto era como bien expedito hacia abajo, entonces, un tipo que ve el verde de dos cuadras para allá, viene rápido. Ochenta por lo menos. Sí.

Un auto ochenta, te pesca allá, te llevó hasta por lo menos el el árbol que, si bien está el de esa puesta blanca, y ahí volaste. Según yo la había tomado encima, igual cuando frenó, la casa salió inyectada.

Yo creo que como bajaste corriendo y ahí como más livianita, y te agarra con la pierna el aire y te puede levantar y, pues, porque si sufres todo el impacto, te quiebra y te

Si me quebré, pues, pelota.

No, no, pero te te quiebra peor, pues, porque aquí arriba fue como un un impacto, te sube arriba del auto y después volaste el auto. No me

aplasta, digamos.

No

te aplasta, claro, si te hubiese aplastado

No, eso hubiera sido peor. Sí. Es como que me contaran la historia de otra persona, como que me cuesta como encarnarlo, cachái. Pero si

a también me cuesta entender que ese día estaba yo ahí, ¿no? Si es parte del proceso, ¿me entendés?

Como que todavía me cuesta como asumir que es una historia mía, es como si me contaran como una película. No la sufro, cachái, y es raro igual.

Una de mis grandes esperanzas al hacer esta reconstrucción de escena es que mis amigos se acuerden de algo que me ayude a llegar al conductor que me atropelló.

o él no, nada.

No, me gustaría buscarlo, pero no tengo ningún dato. ¿Tú no te acordáis nada de él?

No, esto es pánico. ¿Viste?

Yo no me acuerdo ni la cara ni nada del tipo que no alcancé por el tiempo de haberlo.

Pero espérate, si ni uno de ustedes se acuerda, esperen, momento. Si ni uno ustedes se acuerda del loco, ¿cómo sabemos que paró y estuvo? ¿Quién lo vio?

Porque el auto quedó ahí.

No, pues si lo vimos, pues.

Pero ¿quién lo vio, pues? ¿Tú lo viste? Porque aquí estos dos chiquillos me están diciendo que no lo

vieron, ¿no?

Estaba acá parado.

Pero estaba, te acortas esa imagen de él.

¿Tú lo viste abajo del auto? Sí, abajo del auto, igual como agarrándose la cabeza Yo

me acuerdo yo, yo me acuerdo de de haber visto así

tipo mano en la cabeza.

Así como acongojado.

Ya, pero eso sí, esa imagen existe, es real.

Sí, sí, sí. ¿Cómo era el tipo joven, bien flaco, moreno, ruinrind? Yo lo vi corriendo, solo vi la escena para allá corriendo y lo vi adentro del auto

así. Todo este ejercicio con mis amigos me entrega nuevos detalles sobre mi atropello que me sorprenden. Por primera vez trato de imaginarme tirada en el pavimento o de sentir la fuerza del golpe, pero es difícil, no tengo memoria. Después de todo esto, no conseguimos ninguna información nueva que nos lleve al conductor que me atropelló. Con Martín, decidimos que si queremos llevar esta búsqueda hasta las últimas consecuencias, decidimos que si queremos llevar esta búsqueda hasta las últimas consecuencias, vamos a necesitar la

ayuda de profesionales.

Por eso, contactamos a un equipo de periodistas investigadores expertos en encontrar personas.

Ya Cata, vamos a empezar, entonces, a a investigar y hacer las averiguaciones, pero ten en cuenta que siempre está la posibilidad que lo que encontremos no te vaya a gustar.

Podcast: Radio Ambulante
Episode: TE BUSCO: El accidente [Episodio especial]