Estamos en una época donde las dinámicas en nuestro continente se están reescribiendo, con cambios que afectan a las vidas de miles de personas, incluyendo las de la familia que van a escuchar hoy. Aquí el episodio. La isla de Manhattan es un mundo condensado en menos de cuatro kilómetros de ancho. Esto quiere decir que puedes caminar del este al oeste en, más o menos, una hora. También quiere decir que nunca ha habido suficiente espacio para tanta gente y, sin embargo, es el espacio de todos.
Nueva York es la metrópolis con más inmigrantes en el mundo y también es una de las ciudades más caras de Estados Unidos. Dos hechos relacionados que quizás ayuden a entender por qué la vida en esta ciudad puede ser tan complicada. El acceso a la vivienda aquí es tan difícil y tan costoso que muchos inmigrantes viven en grandes grupos, dentro de apartamentos pequeños, incluso en sótanos sin ventanas que se han inundado cuando hay tormentas. Durante años se ha hablado de una crisis de vivienda en Nueva York. El sistema de viviendas accesibles está saturado y, aunque hay soluciones creativas, como transformar oficinas en apartamentos, no es suficiente.
En los últimos dos años ha llegado a Nueva York una nueva oleada de inmigrantes, dicen los estimados que son unas doscientas mil personas de diferentes partes del mundo. Decenas de miles son de Venezuela. Todos están aquí buscando su espacio en una ciudad sin espacio. Esto me lleva a la historia de hoy, que empieza en un hotel. Está en un barrio acomodado de Manhattan, conocido como el Upper West Side.
Es una zona residencial frente a Central Park, de esas donde los edificios tienen porteros de traje las veinticuatro horas del día. El hotel, una torre de ocho pisos, se esconde entre otras torres más elegantes.
Por dentro es un hotel, la verdad, bastante modesto. No te creas que es un hotel de lujo. Me parece que cuando era un hotel para turistas eran como trescientos dólares la noche que costaba, algo así.
Ella es Patricia Zulbarán. Es periodista venezolana y vive en Nueva York. Patricia visitó el hotel en octubre de dos mil veintidós. Estaba con otra mujer venezolana de veintisiete años a la que vamos a llamar Odalis.
Guarda eso y si quiera vamos subimos para la habitación. Exacto, sí. Pero en la habitación, o sea que hay que no permiten visitar ni nada.
Es que Odalis no es huésped en el hotel, ella vive ahí.
Va acompañada de ella y hay un guardia en la mera puerta. Y el trabajo de él, principalmente, es pasar lista. O sea, él cada vez que tú entras en ese hotel, él te anota tu nombre y la hora de entrada y la fecha para obviamente mantener un control, ¿no? De quién entra, quién sale, etcétera.
Tú sabes cosas que tu cocina no te detalla la suya.
Ah, nada de cocina. Está bien, señor, sí, no hay problema.
Por este tipo de reglas es que no usaremos el verdadero nombre de Odalis. En aquel momento, el hotel no admitía visitas y menos periodistas. A Odalis la podían expulsar de allí si se llegaban a enterar de que había traído invitados, pero ella quería que Patricia viera cómo funcionaba todo por dentro, así que entraron y el guardia las dejó pasar, sin notar.
Subimos al ascensor y salimos a este pasillo larguísimo, todo alfombrado, y nada, entro en la habitación y me da la bienvenida a su casa y me empieza a mostrar. Entonces, bueno, del lado izquierdo, donde está el televisor.
El cuarto mide unos pocos metros cuadrados, más pequeño que un apartamento tipo estudio. Pero Odalis vivía allí con sus dos hijos pequeños y su pareja.
Dime qué estamos viendo. Oh my god. Dos camas, microondas, nevera, paño, la puerta. Tengo mis cosas en el esquinero y mantengo limpio en mi cuarto porque así no.
Para afuera, ¿no? Para afuera. A que eso me da estricto, me parece, ¿no?
El personal de limpieza del hotel podía revisar el cuarto en cualquier momento para chequear que todo estuviera en orden. Había mucho en riesgo. Odalis y su familia llegaron a Nueva York en agosto de dos mil veintidós, solo cargaban dos maletas y dos mochilas. Cuando Patricia la visitó dos meses después, ya se notaba el paso del tiempo en la habitación. Ahora tenían las cosas que uno tiene en una casa, ropa, juguetes, varios pares de zapatos.
El espacio entre la puerta de la habitación y la entrada al baño estaba bloqueado por un cochecito de bebé. La mesa donde estaba el televisor estaba tomada por cuadernos y manualidades de colegio junto a un cartón de jugo, un pan de sándwich y una bandejita con fruta. Una foto saltaba la vista. Aparecía el hijo menor de Odalia y sonriente, sosteniendo un cartel que decía primer día de prekínder. Su ropa estaba guardada en bolsas grandes negras apiladas hacia la esquina, justo al lado de la única ventana.
Junto al microondas, estacionaban un trícic.
Recuerdo que me impresionó que la habitación fuese tan pequeña. Entonces, como que esto lo veo yo difícil, la convivencia, ¿no? No tienes privacidad, no existe.
Este hotel es uno de los doscientos refugios que la ciudad de Nueva York habilitó hace dos años, la mayoría en Manhattan, para albergar a estos miles de inmigrantes que han llegado desde la frontera entre Estados Unidos y México. Muchos de ellos fueron enviados a la ciudad en buses, encargados por el gobierno de Texas y, en algunos casos, sin saber a dónde llegarían. La ciudad tiene que garantizar refugio para cualquier persona. Esta ha sido la normativa en Nueva York por más de cuarenta años, pero el sistema de albergues de Nueva York es muy complejo y ha sufrido recortes de presupuesto y sobrepoblación por mucho tiempo. Y con la llegada de Odalis y su familia, y así como ellos, decenas de miles de personas, el sistema colapsó.
Entonces, el gobierno improvisó, construyó campamentos en parques de diferentes lados de la ciudad, también ubicaron gente en escuelas y en iglesias, y algunos, como Odalis, acabaron en hoteles. Después de la pausa, ¿cómo transforma tu vida el que un hotel, o sea, un lugar de paso, se convierta en tu hogar? Ya volvemos.
This days it feel like everyone is talking about
Estamos de vuelta en ram ambulante. Patricia Zulbarán nos cuenta.
El hecho de que Odaly se arriesgara a meterme en el hotel me pareció valiente y, a la vez, un poco travieso. Antes de entrar, le dije, piénsalo bien, pero ella estaba decidida. Y así como ese día tomó esa decisión, en su vida había tomado muchas otras decisiones, arriesgadas, difíciles, incluso imposibles de imaginar para una persona de veintisiete años. El día en que estuve en su habitación fue también el día en que la conocí. Somos más o menos de la misma estatura, un metro casi sesenta.
Odalis tiene una piel morena de terciopelo, sin una sola peca ni lunares. Tiene una cortina de pelo lacio, brillante y abundante, como una miss Venezuela. En el poco rato que estuvimos en la habitación, descubrí que Odalis no pasaba inadvertida. Creo que, de hecho, el guardia me dejó pasar, en parte porque Odalis lo distrajo con su simpatía. Ella conversaba con todo el mundo.
Ah, pero él es un chiquito él, ¿verdad? No, él ya. Ah, usted dice el señor, el el don, que es un mayorcito.
Salimos del hotel y fui a entrevistarla en el parque antes de que tuviese que buscar a sus hijos en el colegio. Pero fue difícil porque sacaba conversación con sus otros vecinos del hotel, que estaban cogiendo fresco en unos banquitos.
Bebé, mira la otra ahí y andaba con un bebezo. ¿Ese era chama, niño, niña? No sé, ya me hicieron la el examen ya. ¿Y no sabe qué? Gobernentito.
Me dice, chan.
En ese entonces, Odalis llevaba tan solo unas semanas instalada, pero ya sabía quién estaba embarazada, quién vivía en cuál piso, quién tenía una cita en el médico y a qué niños les estaba yendo bien en el colegio.
Mira, me hace que sea fácil, una soy chismosa. Yo soy comunicadora, muy creativa. Sí.
Y ser comunicativa, como dice ella, hacía que la gente le hablara, que le contaran sus cosas. Y los temas que se hablaron ese día ya me daban una idea de que esta comunidad de nuevos vecinos se estaba estrechando. Casi todos habían llegado al mismo tiempo y habían cruzado la selva hasta aquí. Ahora se alertaban de cuando algo malo le pasaba a otro vecino. Por ejemplo, una vecina estaba recuperándose de un aborto espontáneo, a otra le habían decomisado una hornilla eléctrica que intentó meter de contrabando en su habitación, y algunos niños se habían enfermado con la comida que daban gratis en el hotel, a menudo unos sándwiches fríos.
No era porque estaban mocosas, ¿viste? Que estaban mocosas.
Odalys se escuchaba y preguntaba como si estuviese tomando apuntes mentales. Luego entendería que este era parte de su rol en esta comunidad en formación, pero ese día tocó despedirnos porque tenía que buscar a sus hijos. Para entender por qué Odalis llegó a esa habitación de hotel, hay que echar para atrás en El Tiempo, hasta dos mil diecisiete, cuando salió de Venezuela junto a su hijo mayor y su pareja, a quien llamaremos Kevin. Si ese no fue el peor año de la crisis venezolana, fue uno de los peores. La inflación era de dos mil seiscientos por ciento, no había gasolina ni agua ni electricidad,
y esta situación tan complicada desató una ola
de protestas que dejó más de cien, situación tan complicada desató una ola de protestas que dejó más de cien muertos. Odalis y Kevin se conocieron trabajando en un centro comercial. Ella había crecido junto a su madre soltera y sus tres hermanos, y tuvo a su primer hijo a los dieciocho años. Kevin venía de una familia con una mamá bibliotecaria y un papá retirado del ejército, y se había graduado de ingeniero informático. Me contó que también trabajaba informalmente pegando carteles para un partido de la oposición.
Cuando Odalis quedó embarazada de su segundo hijo, la ilusión de convertirse en papás juntos por primera vez terminó en desespero. Odalis tenía un embarazo de alto riesgo. Los dos son de Maracay, una ciudad a menos de dos horas de Caracas. Y aquí hay que entender algo, en comparación con el resto de Venezuela, la capital siempre ha sido una burbuja. Para Odalis y Kevin, era muy difícil pagar el tratamiento médico del embarazo.
Además, ni siquiera se conseguían las medicinas. Y así pasaba con otras cosas también. Si en Caracas estaba colapsada la economía y los servicios públicos, en ciudades como Maracay, era peor. Mucha gente joven en todo el país sentía que no había esperanza de ninguna mejora, que no había futuro. Y según las Naciones Unidas, en dos mil diecisiete, el año en que salieron Odalis y Kevin, más de dos millones de personas huyeron de Venezuela.
Ese mismo año, Odalis y Kevin llegaron a Quito. Odalis tenía la intención de nacionalizarse a través de una de sus abuelas, que era ecuatoriana. Estando ahí, parió a su hijo pequeño y consiguió trabajo en una fábrica.
Bueno, le funcione al señor, le funcione como yo hacía el trabajo. Jesús es muy buena trabajadora. Yo le echo muchas ganas al trabajo, la verdad que sí, porque desde pequeña veía a mi mamá cómo se ganaba el dinero para poder darnos a nosotros, y era mi mi ella
y mi mamá era una sola con cuatro hijos. Poco a poco fueron echando raíces, haciendo amigos, hasta el punto de que los hijos de Odalis se encariñaron tanto con el jefe de ella que le empezaron a decir abuelo. Pero el plan de nacionalizarse se truncó cuando Odalis se dio cuenta de que no tenía los documentos necesarios. Tenía que volver a Venezuela para pedirlos y eso no era una opción. Y luego vino la pandemia.
Mucha gente se quedó sin trabajo. Y sin opciones, Odalis y Kevin pensaron, bueno, nos tenemos que volver a ir. Se despidieron de su gente y arrancaron otra vez. En esta oportunidad, el plan era llegar a Estados Unidos, pero tendrían que hacerlo a pie. Odalie me contó del viaje a Estados Unidos sentadas en un banco en el Central Park.
Estaba ella y una amiga, una vecina del hotel. La otra voz que van a escuchar es de ella. Las dos habían cruzado el tapón del Darién para moverse entre Sudamérica y Centroamérica. Cuando salí a Panamá, yo un tigre. Ellas dicen que escucharon un coso que les hizo ¿Mart?
Sí, yo también. ¿Sí?
Sí, los monos también, los los árboles, me hacían mucha bulla para despertar a uno, para que alguien saliera, porque sabe que esos bichos son salvajes.
Sabían que por momentos iban a tener que cargar a los niños encima, o sea, que se metieron en la selva con el equipaje más ligero posible. Cargaron solo lo necesario, con una excepción, y es lo primero que recuerdo Daly de toda la travesía. Llevaban un erizo azul, el peluche favorito de su hijo. Así que caminaron con el peluche todo el rato, hasta que en un cruce de río el peluche se empapó y empezó a pesar casi igual que el propio niño. Se despidieron del muñeco y siguieron el paso.
Pero el Darién es un lugar duro. Yodalis sentía que la naturaleza le estaba venciendo. En un momento se enfermó y grave, fiebre, vómito, se sentía que se iba, que no había nada que hacer, y se rindió. Y ahí tirada en la selva, le dijo a Kevin, déjame aquí y sigue.
Cuida a mis hijos mucho. Le dije, es grande, cuídamelo como si tuyo. No me lo dejes perder, no dejes perder a ninguno de mis dos hijos.
Pero ya había salido a la selva.
No, ya no podía, ni siquiera tenía fuerza para levantar las pupilas.
Kevin tenía un poco de suero guardado en su bolso. Se lo dio a beber a Odalis.
Él es muy sentimental, él me, llorando y me agarraba, no me hagas esto, por favor, vamos, te suplico, vamos. Tú puedes, mira que tú eres guerrera, ya estamos saliendo, vamos a
Odalis le rogó a Kevin que por ninguna razón le dijera a sus hijos que ella se había muerto en
la selva.
Invéntate lo que tú quieras, pero empeora pasar por ese dolor a él.
Pero un guía le dio ánimo, que estaban cerca, que ya casi llegaban.
Sí, él quería decir que salí, que ya estamos a cinco minutos de salir de la selva y llegar al al sitio donde llaman el abuelo, donde hay comida donde hay agua, donde hay agua y eso que está, no hace cinco minutos atrás. Entonces, yo le digo, mentiroso, tú eres mentiroso, le digo yo, tirada en el piso. Él me dice a mí.
Está muerta tú, yo Él me dice
a mí. Sí, sí, sí, mi abuelo, abuelo,
ya, ya sale,
ya sale, párate, párate, vámonos.
Se paró y terminó la travesía, o al menos ese trecho de la gran travesía, que ahora les llevaría por todo Centroamérica y México. Después de tres meses caminando por todo el continente, finalmente, los últimos días de agosto de dos mil veintidós, llegaron a la frontera de Estados Unidos.
Cuando yo termino de ingresar, que yo yo me quedé en shock. Cuando yo estoy entrando, nos dicen a nosotros, ya le hicieron, bienvenidos a los Estados Unidos. Y todos llorando, llorando por todo eso que dijiste y pasado trabajo que hicieron, que hicimos y llorando la felicidad que ya no vamos a pasar más trabajo, que vamos a pedir ayuda aquí
Y gracias a una conexión que hizo el refugio donde llegaron, ella y su familia se montaron en un avión por primera vez, rumbo a Nueva York. Ahora, el hotel era su refugio. Odalis llegó enferma y extenuada. En el hospital le dijeron que había tenido parásitos en la selva, pero se fue recuperando con horas de sueño. Después de un mes, se empezó a fijar en quiénes eran sus nuevos vecinos.
A primera vista, contó familias de Ecuador, Cuba, Nicaragua y mucha gente de Venezuela. Los migrantes como ella, que llegaban pidiendo asilo en Estados Unidos, tenían muchas limitaciones para encontrar trabajo. Primero, tenían que presentar sus casos en las cortes de inmigración para obtener un permiso legal para trabajar, pero Dalis y Kevin tenían bocas que alimentar, así que consiguieron trabajo informal en un restaurante. En el hotel había reglas estrictas, había toque de queda, se tomaba lista de quién entraba y salía, no se permitía el uso de hornillas eléctricas por riesgo de incendios, pero esto significaba que no se podía cocinar. Entonces, casi todo el dinero que ellos ganaban se les iba comiendo en la calle.
Y luego llegó un punto en que los adultos solo se alimentaban de lo que comían en el trabajo, o sea, comida chatarra, ahorrando para comprarle la comida sana a los niños, huevos, papas, leche. En algún momento tendrían que salir de ese hotel. No todo era malo ni estresante, Odalis empezaba a hacer amigos. Mientras tanto, el hotel empezó a llenarse de más familias, y no fue el único. Desde que llegó Dalis, más de ciento treinta hoteles en Nueva York hicieron contratos con el gobierno de la ciudad, juntos, hospedando a más de sesenta y cinco mil migrantes.
Cada hotel recibía, en promedio, doscientos dólares por habitación por noche. Los recién llegados tenían muchas necesidades, desde celulares o tarjetas con saldo para el metro, abrigos porque ya venía el invierno, cochecitos para los bebés, hasta pantalones. La mayoría de la gente venía de días o de meses de cruzar montañas y selvas, de subirse a los techos de trenes y de caminar muchísimo. Habían bajado de peso y su ropa no les quedaba. Muchos no tenían ni siquiera una muda.
Ahora, en Nueva York, gran parte de estas personas no sabían ni cómo se buscaba un trabajo o cómo inscribir a sus hijos en el colegio, y se hacían un ocho tratando de entender cómo era lo de los papeles para arreglar su situación legal. Pero Odalis fue una de las primeras en organizarse.
La junta de vecinos se pesó, este, porque había preocupaciones para la comida, había preocupaciones para la ropa de invierno. Había muchas preocupaciones para muchas cosas que no no hay, no había.
Odalis ayudó a que se hiciera un censo de la población del hotel y recogió listas de cada cosa que se necesitaba. Al mismo tiempo, se conectó con vecinos fuera del hotel, gente que vivía desde hace décadas en el barrio, y de ahí salieron redes de voluntarios, que en su tiempo libre acompañaban a las familias y le servían de traductores en citas médicas y en las oficinas de inmigración. También se recibieron donaciones, y todo esto se hacía a través de un grupo de WhatsApp. Era una nueva comunidad. Y tener una tribu no era cualquier cosa.
Nueva York es difícil. Es una ciudad muy rápida, todo el mundo está ocupado, todo el mundo está en la lucha, Pero además, esta comunidad se enfrentaba a un reto muy específico. Porque en la ciudad se estaba empezando a formar la idea de que los inmigrantes que llegaban eran indeseados, que simplemente no había espacio para ellos. El propio alcalde de Nueva York declararía un año después que la llegada de los migrantes, entre comillas, iba a destruir la ciudad. Odalis y yo acordamos mantenernos en contacto.
Yo quería ver qué podía lograr ella con esa junta de vecinos y cómo le iría en la ciudad. Pero poco después me llegó la noticia. Las autoridades de Nueva York trasladarían a las familias del hotel. En cuestión de días, el espacio que albergaba esta comunidad se vaciaría. Lo primero que pensé fue, ¿qué pasará con Odalis?
Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en reambulante. Patricia Zulbarán nos sigue contando.
Era un jueves de noviembre de dos mil veintidós cuando les anunciaron a los residentes del hotel que los iban a transferir a otros albergues. Nadie entendía por qué estaba pasando esto ni si lo podían parar. Se preocupaban por los niños, qué iba a pasar con las escuelas en las que estaban inscritos, que quedaban cerca. Les preocupaba el trabajo, pero no había mucho que negociar. A los dos días del anuncio, llegaron los autobuses a buscar a las familias y distribuirlas en otros refugios alrededor de la ciudad.
Con esta separación forzosa vino lo inevitable. La junta de vecinos, esa que lideraba Odalis, se desmoronó. Mucha gente que llega a Nueva York está huyendo de algo. En el caso de Odalis y yo, fuimos de un país en ruinas. Desde que salimos de Venezuela, ella en dos mil diecisiete y yo en dos mil catorce hasta el día de hoy, casi ocho millones de venezolanos se han ido del país, y todos tenemos una historia compartida.
Cuando supe lo que había pasado en el hotel y quise contactar a Odalis, descubrí que ya no tenía el mismo número de teléfono. Me tomó meses conseguir el nuevo y en febrero de dos mil veintitrés la contacté. Seguían en el hotel y no tenían ropa de invierno. Febrero es uno de los meses más fríos en Nueva York, así que le llevé algunas chaquetas y un abrigo. Quedamos en vernos muy pronto, pero no pude hacerlo, porque yo misma me estaba enfrentando a la migración de mis padres.
La experiencia era tan abrumadora que tuve que dedicarme a ayudarlos. Dejar tu país cuando tienes más de sesenta años no es poca cosa y creo que no fue fácil ni para ellos ni para mí. Con la mente ocupada en la mudanza de mis padres, sin darme cuenta, pasaron seis meses desde la última vez que había hablado con Odalis. Ya era agosto de dos mil veintitrés. ¿Aló?
¿Cómo estás, Patricia?
Hola, qué gusto escucharte. ¿Cómo estás?
Bien, Patricia, aquí estoy en una llamada.
Odalis me contó que muy pocas familias se habían quedado en el hotel desde aquel día de la mudanza masiva. ¿Tú sigues en Nueva York?
Sí.
Ah, chévere. ¿Y estás viviendo en el mismo hotel? Sí. Odalis no sabía por qué exactamente le habían permitido a ella y a su familia quedarse, pero así había sido. Y todavía la situación de la cocina y eso me imagino que sigue igual, ¿verdad?
Correcto, sí, Patricia. Cocinamos en el microondas, hay unos platos, algo así que es para para cocinar al microondas, para que no le quite las vitaminas de la comida, porque yo cocino en el microondas.
Esa parte de verdad que es bien difícil por el tema de la nutrición de ustedes y de los niños, ¿no?
Ay, Patricia, si tú nos dijeras, Patricia, estamos pordísimo, Patricia.
A veces podían tomar prestada la cocina de un vecino que vivía cerca. Pero aparte de eso, lo que más comían eran combos de comida chatarra, la comida de su trabajo. Quedamos en juntarnos en el parque al día siguiente. Entonces, nos vemos mañana. Listo, nos vemos mañana.
Un beso, cuídense mucho.
Un beso. Chau, pues. También. ¿Qué edad tienes tú? Me lo tienes que decir porque
¿Qué edad tienes tú?
Me lo tienes que decir, porque es
un micrófono.
Dos, seis. ¿Seis? Cinco.
Cinco. ¿Y en qué
y en qué colegio estás tú? Este es el niño pequeño, le vamos a llamar Gilbert. Le faltan todos los dientes del frente, pero aún así habla muchísimo.
Mira, amiga, mira, mira, mira, mira. ¿Amigo, mira?
Gilbert cumplió los cuatro años durante el viaje, cuando la familia iba por Costa Rica, así que empezó a ir al colegio por primera vez, ya estando en Estados Unidos. Odalis cuenta que todo era nuevo y, claro, le costó adaptarse, pero a los meses se empezó a soltar con el inglés. El mayor de los niños, le llamaré Óscar, tenía ocho años cuando llegaron a Nueva York. Estaba por empezar el quinto grado. Es como lo opuesto de su hermanito menor, mucho más serio, pero igual de dulce.
Uno de los recuerdos más vivos que tiene desde que llegó es, obviamente
Ah, nieve. Un placer, ¿qué? Un sueño tuyo, ¿no?
Hicieron un muñeco de nieve chiquito.
Kevin me mostró los tatuajes que llevaba con el nombre de sus hijos. Estaba quemado por el sol porque se cambió de trabajar en el restaurante a la construcción. Decía que en la obra la paga era mejor.
Yo estoy así, yo donde doy la mejor oportunidad, yo no la desaprovecho, yo me voy de una.
Uno de sus objetivos era ayudar económicamente a sus padres, que todavía viven en Venezuela.
Tanto que yo luche para llegar aquí, sé un país donde donde tú ganas y de pasar de todo el dinero te te rinde, ¿me entiendes? Te rinde, porque si tú sabes administrar la plata si te rinde, sí la ves, no como esos países fama latinos que tú ganas y el sueldo no lo ve.
Pero sí tenían un gasto en particular que les pesaba mucho, el abogado de inmigración.
Nosotros nos queremos independizar, pero todo en el tiempo de dios es perfecto, porque ahorita con el gasto que tenemos ahorita se nos ha hecho difícil, se nos ha hecho difícil
¿Cuáles son los gastos principales? No, aquí el abogado.
El abogado. Si nos quita la mitad del sueldo, una semana.
La abogada les cobraría veinte mil
dólares. Lo más importante es hacer las cosas bien, pues, tú sabes, hacer las cosas como es, para que no digan que, ah, no, estos están aquí, se están quedando ilegales,
están haciendo
lo que gana la gana, no están pagando impuestos
Tenemos la inhibida, la ayuda también.
Me despedí de ellos y quedamos de vernos a la semana siguiente. Sería una ocasión especial, el cumpleaños de Kevin. Al vernos, noté que, aunque se suponía que era un día de fiesta, Odalis parecía triste. Cuando estábamos en el metro de camino al restaurante, intenté sacarle conversación, pero se le notaba hasta en la voz que estaba desanimada. ¿Y cómo ha cambiado la habitación desde que tú me la mostraste?
La misma.
¿Todo estoy mal? ¿Y cómo ha cambiado la gente que vive en ese hotel desde que?
No conozco a nadie ahí, solamente a la gente de abajo que no reciben y nada. Porque ellos no hablaron ahí, yo no conozco, porque a toda la gente la movieron.
Los dos niños se pasaron el día intentando hacerle reír, pero Dalis estaba muy desganada. Después de almorzar, fuimos a comprar un pastel de cumpleaños para Kevin. Entramos las dos olas a una pastelería, en pleno centro de Chinatown, y parada frente a una nevera, viendo pasteles, por fin entendí qué era lo que le pasaba. No estaba grabando en ese momento, pero Dalyz me dijo, yo me siento muerta por dentro. No se podía olvidar de que en cualquier momento los podrían sacar del hotel.
Y entonces, ¿qué pasaría con su pequeña familia? Es que estaba en todos los noticieros. A cada rato se escuchaba al alcalde decir que no había espacio en los refugios, y ya se avistaba un plan de expulsar a algunos migrantes. El gobierno de Nueva York incluso había dejado panfletos en la frontera con México, diciéndole a la gente, no hay espacio para ustedes en Nueva York, vayan a otro lugar. Yo no sé, me dijo Dalis, que aún no llegaba a los treinta años, pero yo creo que voy a tener treinta y cinco y todavía voy a estar metida en ese hotel.
Lo poco que conseguían ahorrar le parecía inútil.
Ya volvemos.
Estamos
de vuelta en RA ambulante, los dejo con Patricia.
La gente viene a Nueva York desde todos los rincones posibles del mundo. A principios del siglo veinte, la ciudad recibió a más de un millón de personas de diferentes países. Huían de la hambruna, la violencia y la persecución. Para ese entonces, Nueva York ya era una gran metrópolis, la segunda más grande del mundo después de Londres. Los inmigrantes enseguida se sumaron a la economía y transformaron a Nueva York en la ciudad cosmopolita que hoy conocemos.
Pero, incluso desde aquellos tiempos, vivir bien aquí, y con esto me refiero a tener una vivienda estable, cómoda, era un gran reto. Hoy, los precios se han disparado tanto que ese espacio entre los que tienen y los que no tienen se ha hecho aún más profundo. Sin embargo, hay anhelos que unen a los recién llegados, y no importa ni quiénes son ni de dónde vienen. Para mucha gente aquí, Nueva York sigue siendo un lugar de posibilidades, aunque de vez en cuando se pregunten, ¿vale la pena? Quería hacerle esta pregunta a Odalis, así que nos vimos tres meses después.
Ya era noviembre de dos mil veintitrés y las hojas de los árboles estaban secando. Circulaba una brisa fría, anuncio del invierno. Recordé que ya había pasado más de un año desde que lo había conocido. Odalis bajó a la puerta del hotel para encontrarnos. Órale, déjale.
No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no,
no, no, no, no,
no, no, no, no,
no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no así que nos pusimos al día rápido. La buena noticia, Odalis avanzaba en su caso de inmigración y ahora solo estaba esperando que le llegara su número de seguro social, que le permitiría acceder a un mejor empleo.
Nosotros no estamos sacrificando en muchas cosas, o puede ahorrarnos ese dinerito para para alquilar. ¿Qué qué están haciendo? ¿Qué están sacrificando? El comer bien.
El mismo acuerdo de hace un año todavía se mantenía. Los adultos que coman lo que sea, y lo más nutritivo para los niños.
A veces cuando se pone, no, mami, es grande que el que ve, dice,
no, mami, come tú. Le digo,
mira, quien tiene que estudiar tiene que nutrirse él cada cabeza, él es tú. No te preocupes, mami, que yo voy a comer en el trabajo.
Quizás era que faltaba poco para la Navidad y en semanas la ciudad se llenaría de luces y adornos. O quizás era el hecho de que Odalis seguía aquí para ver su segunda Navidad en Nueva York, pero en su voz y su actitud se sentía que no se había dado por vencida. Y ahora sentía un renovado optimismo, como que su vida iba a mejorar muy pronto. Antes de despedirnos, Odalis me contó que una de esas tardes le pidió a sus hijos que le escribieran cartas al niño Jesús.
Lo primero que dijeron fue, nosotros queremos una habitación, una cama nueva, nosotros traemos una casa. Yo le dije a ellos que tuvieran paciencia, porque sí va a pasar, pero que tuvieran paciencia. Y ustedes están mandando dinero para ver
Llegaron las fiestas de fin de año y no supe más de ellos hasta febrero del dos mil veinticuatro, cuando Kevin me contactó.
Hoy es veintinueve de febrero y acabo de llegar a la oficina y estaba hablando por mensajito con él, y me soltó la noticia de que decidieron irse de Nueva York, que se van a ir del estado, me dijo. Solo nos vamos por el tema del arriendo, porque es muy caro y se nos ha hecho muy difícil y nos tenemos que ir del hotel, nos queremos ir del hotel. Y cómo no entender a alguien que lleva dos años en esa situación, viviendo sin cocina, sin espacio, con toque de queda, trabajando de noche, o sea, son son muchas cosas, ¿no?
Poco después de grabar esa nota de voz, conversamos por teléfono. Y cuando decidieron eso
Dime que nada. Bueno, es que no, dame la parte aquí los arreglos son de dos mil quinientos, dos mil ochocientos.
No se escucha bien, pero me dice que los arriendos en Nueva York, en ese momento, eran de dos mil quinientos, dos mil ochocientos dólares al mes. No podían pagar eso por un apartamento de un cuarto. Ellos son una familia de cuatro.
Sí, mira, yo sé que la suerte cada quien es diferente, pero la mitad de nosotros reconocieron sobre lo que se ha ido a Nueva York a otros estados, ¿no? Y luego que están cómodos, como han adquirido que vienen que vienen en su casa, tienen sus carritos, hacen su puesto para pagar un terreno, pero no hay más nada como que tú eres tu propia casa acá. Que ahora va a entrar, que ahora va a salir, que no puede ni siquiera entrar nada para comer cocinar aquí.
Después de hablar con Kevin, creí que ahí acababa la historia. Nueva York ya no valía la pena para ellos. Se iban a probar suerte a otro lugar, a uno en el que pudieran echar raíces. Quise ver a Odalys una última vez para cerrar nuestro ciclo, pero me encontré con algo que me sorprendió. Esa decisión tan drástica y tan definitiva de irse, pues lo habían pensado mejor.
Me siento el tatoncito, ¿verdad?
Sí. Ahí tienes que poner otra vez
el usuario que habías creado y la contraseña.
¿Se acuerdan cuando Dalis me dijo que ya estaban esperando que les llegara el número de seguro social? Bueno, en marzo de dos mil veinticuatro, que fue la última vez que la entrevisté, la compañía a un banco a abrirse una cuenta con su nuevo número de seguro social. La familia había decidido no irse de Nueva York. Tener una cuenta de banco y un número de seguro social les daba la opción de calificar para un llamado voucher de vivienda, que es, básicamente, un documento para que personas y familias de bajos recursos puedan acceder a una vivienda en Nueva York. Y a pesar de que ese sistema también está saturado, para Odalis y Kevin era algo de lo que aferrarse.
Cuando conocía a Odalis, le tenía miedo al metro de noche y no se atrevía a comunicarse en inglés. Pero la Odalis que estaba viendo ahora
¿Qué hicimos hoy? Puede ser resumido. No, hice todo. Cuenta de banco, consulta de médicos, ¿y ahora? Busco entre mis hijos.
En el after. Sí, señora. Entramos en un centro comunitario para esperar a que salieran los niños de la guardería, donde pasan las tardes haciendo las tareas. El pequeño fue el primero en salir.
Y ahora salúdela. Hola, ¿cómo estás? Bien. A ver, ¿de tus zapaticos? Ah, ¿no son los Nike?
No. Les tengo un baño. Se los metió obligado, Eso es un, quiero un cuento.
A los pocos minutos salió el grande.
¿Cómo les fue? A mí, bien, yo ahí hice la tarea, toda. Ya.
Esta era su rutina. Odalis los esperaba, los saludaba con un beso y, cuando ya estaba el combo completo, se despedían de la recepcionista de la guardería, a quien llamaban chula de cariño. Adiós. Chau,
mi chula.
Nos lanzamos a las calles de Manhattan y los niños dominaron la conversación.
Así como le gusta a mi hermano. Sí, se llama chicken.
Íbamos los cuatro caminando, viendo caer la tarde mientras conversábamos de todo y de nada a la vez. Ese día me enteré, por ejemplo, de que Odalis se había comprado los implementos para aprender a ser manicurista, que estaba pendiente de conseguirse esos Nike de imitación que le obsesionaban, que le había regalado a su hijo mayor una pulsera para que hiciera juego con una que ella tenía, y que a veces, cuando todos llegaban muy cansados al hotel, se quedaban dormidos, abrazados, en una sola cama.
Cuando mi mamá se acuesta y está calientita, ahí mi mamá me hace así.
Y a
mi hermano
con un brazo y a mí. No. Porque también, voz fría y buscó a alguien caliente.
Avanzamos hasta la puerta del hotel y me despedí.
A inicios de febrero, el gobierno de Estados Unidos anunció el fin del estatus de protección temporal, o TPS, para trescientos cincuenta mil inmigrantes venezolanos. El TPS permite que que hayan llegado a Estados Unidos huyendo de desastres o conflictos en ciertos países puedan trabajar y residir legalmente, aunque solo por un tiempo. Con la nueva medida de Trump, cientos de miles de venezolanos quedarán sujetos a deportaciones. Si bien Nodales y Kevin habían pedido asilo, también solicitaron la protección del TPS en dos mil veintitrés, y son afectados por la nueva orden de Trump. Kevin nos dijo que se siente ansioso por la incertidumbre que ha generado la situación política para personas como él y su familia.
Patricia Zulbarán es periodista y productora de audio venezolana radicada en Nueva York. Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Celsa hizo el fact checking, el diseño de sonidos de Andrés Aspiri y Remy Lozano, con música original de Remi. Resto del equipo de round volantes incluye a Paola Lean, Lissette Arévalo, Pablo Argüelles, Adriana Bernal, Ana Liz Casasus, Diego Corzo, Emilia Arbeta, Camilo Jiménez Santofimio, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, Barbersahl Hill, David Trujillo, Ana Tuirán, Elsa Liliana Ulloa y Desiréi Yépez. Carolina Guerrero es la CEO.
Rawmbulat es un podcast de Rawmbulat Studios, se produce y se mezcla en el programa Handlebird Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita Raambulante punto org slash donar, y ayúdanos a seguir narrando la región. Raambulante cuenta las historias de América Latina, soy Daniel Alarcón. Gracias por
escuchar.