Una nación unida, sin divisiones internas, fuerte y con influencia internacional, y libre de influencias externas que pudieran corromper su esencia. Pero detrás de este lema había una realidad muy distinta, España no era tan una, porque dentro de sus fronteras había diferentes lenguas, culturas y visiones de identidad que el régimen del dictador Francisco Franco intentó suprimir. No era tan grande porque ya no era ese imperio que fue en el pasado, aunque el franquismo jugó con la nostalgia imperial para construir su relato, su narrativa. Y, desde luego, no era libre, al menos no para quienes pensaban diferente, porque la censura, la represión y la falta de libertades individuales definieron toda la dictadura durante 36 años, desde 1939 hasta 1975. Hoy vamos a analizar qué significaba realmente esta idea de España bajo el franquismo, cómo se construyó a través de la propaganda y la educación, y hasta qué punto sigue presente en la actualidad.
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Vamos a ver, esta idea de España no surgió, no apareció de la nada, se fue construyendo a lo largo de los años a través de la educación, la propaganda y el control de los medios de comunicación. Se fue creando una narrativa. Desde pequeños, los niños y las niñas en la escuela aprendían que España era una gran nación con una historia gloriosa, que cualquier forma de diversidad interna era un problema, y que Franco, el dictador, era el salvador que había traído estabilidad y orden. La pregunta es, ¿hasta qué punto esta visión sigue presente hoy? ¿Por qué hay tantas personas con nostalgia de este período reciente de la historia de España?
Han pasado muchas décadas desde el final de la dictadura, pero algunos debates que existen en España todavía están muy marcados por esta forma de entender el país. Lo primero que hay que decir es que este lema de una grande y libre no fue una invención de Franco, pero sí se convirtió en una de las frases más repetidas durante su dictadura. Para entender su significado, primero tenemos que ver de dónde viene. Este lema tiene su origen en La Falange, el partido político fascista fundado en 1933 por José Antonio Primo de Rivera. La falange defendía una idea muy clara de España, un país unido fuerte y sin influencias extranjeras que pudieran cambiar su esencia.
Cuando Franco ganó la Guerra Civil, tomó muchas ideas de la falange y las convirtió en la base de su régimen, incluyendo este lema. Cada palabra tenía un significado dentro del franquismo. Una significaba que España debía ser un país sin divisiones, sin conflictos internos, sin diferencias culturales o políticas. Por eso, el régimen prohibió los partidos políticos, las lenguas regionales y cualquier idea que cuestionara la unidad del país. Grande hacía referencia al pasado imperial de España, a la época en la que el país dominaba territorios en América, Asia y Europa.
Franco usó este concepto para dar la imagen de una España fuerte, aunque en realidad ya no tenía ninguna influencia internacional importante. Y libre se utilizaba de una manera un poco engañosa, porque no significaba libertad para los ciudadanos, de hecho, había mucha represión, sino que España debía ser independiente de ideologías extranjeras como el comunismo. Para que esta idea quedara bien clara en la población, el régimen utilizó la propaganda de forma muy efectiva. El lema una grande y libre aparecía en carteles, discursos, libros escolares y en los medios de comunicación. En los colegios, las niñas y niños aprendían esta visión de España desde pequeños.
Se les enseñaba que la guerra civil había sido necesaria para salvar al país, que Franco había traído paz y estabilidad, y que España era una nación fuerte y unida gracias a él. Y de esta forma, a lo largo de los años, esta idea de España se convirtió en la versión oficial del régimen. Pero ¿cómo se aplicó en la práctica? ¿De verdad España era una grande y libre bajo Franco? Pues vamos a ver cómo funcionaba realmente esta visión, empezando por la idea de la España una y el rechazo a la diversidad dentro del país.
Cuando el franquismo hablaba de una España, una no se refería solo a la unidad territorial, sino a algo mucho más profundo, la idea de que España debía ser un país homogéneo, sin diferencias culturales, lingüísticas o políticas, porque para el régimen la diversidad era un problema, una amenaza que podía romper la unidad nacional, y por eso intentó eliminar cualquier forma de identidad que no encajara en su visión de España. 1 de los aspectos más claros de esta imposición fue la represión de las lenguas regionales. Durante la dictadura, el catalán, el euskera y el gallego fueron prohibidos en las escuelas, en los documentos oficiales e incluso en la vida pública. Hablar estos idiomas podía traer consecuencias, desde multas, es decir, el pago económico por hacer algo malo, hasta problemas con las autoridades, y en muchos casos, pues los niños aprendían su lengua materna en casa, pero en la escuela solo se les permitía hablar en español. Y el objetivo era claro, ¿no?
Imponer al castellano como única lengua del país y eliminar cualquier rastro de diversidad lingüística. Pero la represión no se limitó a los idiomas, también se prohibieron muchas manifestaciones culturales que no encajaban en la idea de una España uniforme. Se censuraron libros, se eliminaron símbolos regionales y se impusieron festividades y tradiciones que reforzaban la identidad nacional promovida por el régimen. Incluso en la religión, el catolicismo se convirtió en una herramienta de control, presentado como un elemento esencial de la identidad española. La educación y los medios de comunicación, claro, fueron claves en este proceso.
En las escuelas, los niños estudiaban una historia de España completamente manipulada, en la que el franquismo aparecía como la salvación del país y cualquier forma de diversidad interna se presentaba como algo negativo. En la radio, el cine y la prensa se promovía una imagen de España en la que solo había una forma válida de ser español. Esta imposición de una identidad única tuvo consecuencias profundas, algunas de las cuales todavía se sienten hoy, porque la resistencia cultural y lingüística en muchas regiones de España no solo sobrevivió a la dictadura, sino que, en algunos casos, se hizo más fuerte como respuesta a la represión. Pero, en aquellos años, el mensaje del régimen era claro, España debía ser una, y cualquier diferencia era vista como un enemigo a combatir. Sin embargo, la idea de una España grande también jugó un papel importante en la propaganda del franquismo.
Aunque el país ya no tenía un imperio, el régimen intentó proyectar una imagen de poder y nostalgia por el pasado, y vamos a ver cómo funcionó esa parte del lema de la práctica. Cuando el franquismo hablaba de una España grande, no se refería a su poder real en el mundo, sino a una idea basada en la nostalgia del pasado. España ya no era un imperio ni una potencia internacional, pero el régimen utilizó la historia para construir un mito, la idea de que España había sido una nación gloriosa y que, de alguna manera, todavía lo era o podía volver a serlo. Y 1 de los pilares de esta visión fue la exaltación del imperio español. Durante la dictadura, la historia se enseñaba de una forma muy concreta.
España era presentada como una nación que había llevado la civilización, la religión y el orden a América y otras partes del mundo. La conquista de América se explicaba como un acto heroico y necesario sin cuestionar ninguna parte de ese proceso, y el franquismo utilizó esta narrativa para reforzar la idea de que España tenía una misión histórica y, aunque el imperio ya no existiera, su legado seguía vivo. Pero en la práctica, España no era una potencia en el siglo 20. Después de la Guerra Civil, el país quedó aislado y empobrecido. Franco intentó recuperar cierta influencia internacional, pero no tuvo mucho éxito.
Durante los primeros años del régimen, España fue marginada por gran parte del mundo, en especial por los países democráticos. La ONU, la Organización de Naciones Unidas, incluso la excluyó en 1946 por su vínculo con los regímenes fascistas de Alemania e Italia. Y no fue hasta la Guerra Fría cuando Estados Unidos empezó a ver a Franco como un aliado contra el comunismo que España volvió a tener relaciones con los países occidentales. Y a pesar de este aislamiento, el franquismo intentó mantener la idea de que España todavía era grande a través del concepto del hispanismo. La relación con América Latina se convirtió en un elemento clave de esta estrategia, y el régimen promovió la idea de que España y los países hispanoamericanos formaban parte de una gran comunidad cultural y que el español era un idioma que unía a 1000000 de personas en todo el mundo.
Se organizaban congresos, eventos y discursos para reforzar esta conexión, aunque en realidad muchos países latinoamericanos no compartían esa visión y veían a España, simplemente, como un país más dentro de la comunidad internacional. En el fondo, la España grande del franquismo no era más que una ilusión construida con propaganda. No había un imperio, no había una gran influencia en el mundo y España no era una potencia. Pero, al igual que con la idea de la España una, el régimen usó la historia para dar una imagen de fortaleza, aunque la realidad fuera muy diferente. Y vamos con la última palabra de ese lema, libre.
Si hay algo que resulta contradictorio en el lema, es precisamente esta palabra. Cuando pensamos en libertad, nos viene a la mente, pues, la idea de poder expresarnos, de tomar decisiones sin miedo, de vivir en una sociedad donde hay derechos y democracia, pero en el la España franquista, la libertad tenía un significado completamente diferente. Para el régimen, España era libre porque no estaba bajo la influencia de ideologías extranjeras como el comunismo o el liberalismo. Se presentaba al franquismo como el sistema que había salvado al país del caos y de las luchas políticas de la Segunda República. La idea era que solo con Franco España podía ser soberana, estable y protegida de cualquier amenaza externa o interna.
Pero claro, esto no tenía nada que ver con la libertad de los ciudadanos. En la práctica, España no era libre en absoluto, era una dictadura en la que no existían derechos políticos ni libertades individuales. No había elecciones democráticas, solo un sistema controlado por el régimen en el que los ciudadanos no podían elegir a sus gobernantes. La oposición estaba prohibida y cualquier forma de disidencia podía ser castigada con cárcel, exilio o en los primeros años de la dictadura, incluso con la muerte. La censura era otra de las herramientas clave para mantener esta libertad, según el franquismo, y los medios de comunicación estaban completamente controlados por el estado y solo podían publicar información que favoreciera al régimen.
Los libros, el cine y la música también pasaban por un filtro, y cualquier contenido que cuestionara la autoridad de Franco o que promoviera ideas consideradas peligrosas, como el feminismo, el socialismo o la autonomía regional, era eliminado. Además, el franquismo promovía la idea de que la democracia era algo peligroso, algo que solo traía inestabilidad y enfrentamientos. Se presentaba a los países democráticos como lugares llenos de conflictos y corrupción, mientras que España, bajo el liderazgo de Franco, era un país fuerte, ordenado y seguro. Y esta visión se enseñaba en las escuelas y se repetía constantemente en los discursos oficiales. En los libros de texto que se estudiaban en el colegio de la época, por ejemplo, como el manual de formación del espíritu nacional, una asignatura obligatoria en las escuelas durante la dictadura.
En estos textos se enseñaba que la democracia era un sistema fallido, que solo traía división y decadencia, mientras que el franquismo garantizaba unidad, estabilidad y progreso. Y también en los discursos oficiales, Franco y sus ministros repetían constantemente esta idea. Por ejemplo, en un discurso de 1947, Franco declaró, España ha conocido el desorden y el desgobierno de la democracia, y no volverá a caer en ese error. La estabilidad y la paz solo pueden garantizarse con un gobierno fuerte y unido, alejado de la demagogia y la manipulación de los políticos. Estos mensajes eran difundidos a través de la prensa controlada por el régimen, el nodo, el noticiero oficial que se proyectaba en los cines antes de las películas y la radio, asegurándose de que la población recibiera solo una versión del mundo exterior que reforzara la idea de que la democracia era peligrosa y el franquismo era la única opción viable.
Entonces, ¿en qué sentido España era libre bajo el franquismo? Pues la respuesta es que no lo era. El régimen utilizó la palabra libertad como una herramienta de propaganda, pero en realidad lo que existía era un control absoluto del Estado sobre la vida de las personas. Y ahora que hemos analizado las 3 partes del lema, la gran pregunta es, ¿qué queda hoy de esa visión franquista de España? Pues vamos a ver hasta qué punto estos conceptos siguen presentes en la sociedad actual.
Han pasado casi 50 años desde la muerte de Franco, pero su influencia no desapareció de un día para otro. Muchas de las ideas que el régimen promovió siguen presentes en algunos sectores de la sociedad española. Por ejemplo, la idea de una España, una, sin divisiones internas, todavía está en el debate político. Durante la dictadura, el franquismo impuso una visión muy centralista del país y rechazó la diversidad cultural y lingüística, y hoy en día España es un estado descentralizado con comunidades autónomas que tienen su propio gobierno y, en algunos casos, su propia lengua oficial, como Cataluña, el País Vasco o Galicia. Sin embargo, sigue habiendo tensiones entre quienes defienden una España más unida y quienes quieren más autonomía, o incluso la independencia de algunas regiones.
También está la idea de una España grande que durante el franquismo se relacionaba con el recuerdo del Imperio español, y aunque aunque hoy España no tiene la misma importancia internacional que en el pasado, todavía hay discursos que hablan de la hispanidad como una gran comunidad cultural y lingüística. La relación con América Latina sigue siendo importante en la política y la cultura española, pero con una visión más moderna y menos imperialista que la que promovía el franquismo. Y por último, la idea de una España libre. Durante la dictadura, el franquismo decía que España era libre porque estaba protegida del comunismo y de las influencias extranjeras. Hoy en día, España es una democracia con elecciones libres y derechos civiles, pero todavía hay debates sobre la memoria histórica.
Por ejemplo, algunos monumentos y nombres de calles que vienen de la época de Franco han sido eliminados, mientras que otras personas creen que deberían conservarse como parte de la historia. Como cualquier país, España está en constante evolución y su identidad no es algo fijo ni inmutable, sino que cambia con el tiempo, dependiendo del contexto histórico, social y político. Durante casi 40 años de franquismo se intentó meter con calzador la idea de que España era una grande y libre, y aquí quiero hacer una pausa para explicar esta expresión. Meter algo con calzador significa imponer una idea o situación de manera forzada, sin que encaje de manera natural. Y eso es precisamente lo que hizo la dictadura.
A través de la educación, la propaganda y la censura, trató de imponer una única visión de España, negando la diversidad y la pluralidad del país. Pero, después de la dictadura, España comenzó a redefinirse. En los 80, con la llegada de la democracia y el ingreso en la comunidad económica europea, la identidad española empezó a asociarse con la modernización y la apertura al mundo. Fue la época de la movida madrileña, de la descentralización con las autonomías y de un país que quería dejar atrás su pasado autoritario. En los 90, España se proyectó internacionalmente con eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, y la imagen del país se vinculó con el éxito económico, el turismo y la consolidación de la democracia.
España dejó de ser vista como un país periférico para convertirse en un referente en muchos ámbitos. En los 2000, con el auge de la globalización y la inmigración, la identidad española se diversificó aún más, se empezó a hablar de una España plural, multicultural y diversa, aunque no sus intenciones. Y también fue una década marcada por el auge del independentismo en algunas regiones, lo que trajo, pues, nuevos debates sobre qué significa ser español. Y ahora, pues, ahora la historia se sigue escribiendo, España sigue en proceso de cambio redefiniéndose a medida que las generaciones más jóvenes toman el relevo y nuevos desafíos aparecen en el horizonte. Lo que está claro es que no hay una única manera de ser español, la identidad de un país no se puede reducir a un lema, porque siempre está en construcción.
Nos escuchamos en el próximo episodio, estudiante. Un abrazo grande y libre, pero libre de verdad.